NUMERO 104 - Septiembre 2017

Relato


Hacía dos años que se habían mudado a la casa de su madre. Julia había vivido allí con su familia hasta los veintitrés años. Era una casa grande, en Villa Mugueta, con mucho terreno y césped.

Julia y Juan disfrutaban mucho de la naturaleza, y fuera de sus profesiones, eran aficionados a la jardinería. Las plantas  y, en especial, las flores, eran su cable a tierra. Habían armado en el fondo un lugar de descanso, ideal para los fines de semana y los días cálidos, con cómodos y elegantes muebles de jardín donde solían cenar  y disfrutar con sus hijos y con amigos.

Desde que  llegaron a la casa, intentaron plantar flores y plantas de todo tipo, pero no lograron que crezca ninguna de ellas. Buscaban artesanalmente las parcelas de tierra que  parecían, a su saber, más fértiles. Iban rotando los lugares, movilizando la tierra y,  también, cambiaban los lugares donde  compraban los plantines y las semillas. Recibían además, brotes de los vecinos para ir probando suerte. Era algo muy extraño lo que  sucedía. A pesar de los múltiples y variados intentos, no tenían éxito. Para peor, les gustaban las flores de difícil nacimiento, y a Julia le fascinaban las orquídeas. Ni fáciles ni difíciles, ninguna desarrollaba.

Empecinados, cambiaron de lugar el juego de jardín y plantaron allí donde la tierra  parecía menos fértil, por si acaso, pero tampoco lograron su cometido.

Quedaba solo un ángulo del terreno, el que elegían los niños para jugar, ya que estaba  al reparo por un cielo raso traslúcido que dejaba pasar los rayos de sol. Ese sitio, por el tipo de tierra y ubicación, era sin lugar a dudas el menos propicio para las plantaciones. Era un sector que, quién sabe por qué razón, buscaban las mariposas multicolores para pasearse con sus alas abiertas, y en donde en las noches de verano solían posarse luciérnagas iluminando los alrededores. Llamativamente, a pesar de la ausencia de flores, por las tardes, pululaban felices y veloces los picaflores.

Soslayando la negativa de Juan y  resignando el lugar de ocio de los  chicos, Julia decidió plantar  allí las últimas orquídeas blancas que le quedaban. Al cabo de un tiempo, sorpresivamente, comenzaron a aparecer rozagantes flores. Hoy es un hermoso árbol de orquídeas blancas que alegra y perfuma el lugar.

Volviendo el tiempo atrás, y visualizando su infancia, Julia recordó que en ese preciso espacio, su padre había enterrado a Jade, el perro que los había acompañado toda la vida, y cuyo retrato adorna la habitación de la pareja.

                                                                                              

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Jorgelina Presta es médica clínica y docente de la Cátedra de Clínica Médica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina. Es miembro estable del Comité Editorial del portal médico Clínica-UNR.org.