NUMERO 104 - Septiembre 2017

Literatura y vida



¿En qué otro lugar que no sea la novela de amor podemos leer un fragmento como éste?

Fue como una aparición. Ella estaba sentada en el centro del banco, completamente sola; al menos él no vio a nadie, deslumbrado por sus ojos. En el momento en que él pasaba, ella levantó la cabeza. Federico se inclinó voluntariamente y, cuando estuvo más lejos, se volvió para mirarla. [i]

El rapto, el flechazo, “ese episodio inicial en el curso del cual el sujeto amoroso se encuentra raptado por la imagen del objeto amado”, casi nunca falta en la novela de amor. Se podrían dar muchos y grandes ejemplos de este momento: el momento en que Werther, al ver por primera vez a Carlota, cae enamorado. Un instante, mediatizado por la mirada: el mismo que Hans Castorp recuerda en La Montaña mágica así “[…] no es otra cosa que mi amor por ti, ese amor que se apoderó de mí en el instante en que mis ojos te vieron […]”[ii]

En este sentido, dice R. Barthes que el “flechazo” es posible porque hay un tiempo anterior, un estado casi crepuscular, en el cual buscamos con los ojos a nuestro alrededor, sin darnos cuenta, a quién amar. Y Federico estaba preparado para esto. Poco antes de su encuentro con la señora Arnoux, él pensaba en “pasiones futuras” y “le parecía que la felicidad que merecía, por la excelencia de su alma, tardaba en llegar”. A partir del momento en que es “deslumbrado” por la imagen, se ha convertido en “sujeto” enamorado.  Ese “sujeto” que, a pesar de serlo en la dialéctica de la relación amorosa, es un sujeto pasivo; no ha hecho nada para enamorarse y, desde entonces, no será dueño de sí mismo. Como resultado del encuentro, la pasión amorosa no sólo será el hilo conductor de la vida del joven Moreau, sino también de la novela. Sufrirá y gozará con sus pensamientos, sus recuerdos y sus citas futuras; contemplará embelesado a la señora Arnoux y, en ocasiones, caerá en el fading [iii] del enamorado; en suma, transitará por todos los lugares que configuran la historia de amor.

Es probable que las livianas interpretaciones contemporáneas con respecto a la novela de amor se deban a las dificultades que entraña comprender, por lo pasado de moda, que el sujeto enamorado goce con la sola contemplación del objeto amado. Se podrían citar numerosos pasajes en los cuales éste es el único alimento para la pasión. Federico puede escuchar “arrobado” cada palabra de la señora Arnoux, y contemplarla sin que exista el menor roce. Esos momentos, sin ningún contacto físico, producen en el joven “uno de esos estremecimientos del alma que parecen transportarlo a uno a un mundo superior”. [iv] Como consecuencia de esta impresión extraordinaria, Federico se pregunta si llegaría a ser “un gran pintor o un gran poeta”. A pesar de que Flaubert intenta resolverle el dilema por la pintura porque es el arte que lo acercaría a la señora Arnoux, tal “vocación” no existe, y si alguna tiene el joven Moreau es la de romántico enamorado. A raíz de estas decisiones, tomadas a la ligera y nunca concretadas, es que el personaje de La Educación se ganó el calificativo  de “ser sin gravedad”; en el momento en que la multitud en París asiste a la protesta reformista, él se escabulle por temor a que la protesta haga fracasar el encuentro con su amante; frío en extremo ante París convulsionado por la Revolución: “apresado entre dos grupos, no se movía, fascinado además y extraordinariamente divertido […] tenía la sensación de que presenciaba un espectáculo”.[v] Moreau se limita otra vez a contemplar, tal como lo hace en presencia de su amada.

            Observa Barthes que el enamorado es artista, y su mundo, un mundo al revés, puesto que toda imagen es su propio fin, y no hay nada más allá de la imagen. La imagen de la amada y la imagen de los tumultos en París. ¿Acaso no es Werther también un artista, capaz de convertir a esa mujer “insulsa” que es Carlota en “figura central de la escena”? Y, sin embargo, él que en otro tiempo era un buen dibujante, “ha perdido la fuerza sagrada, vivificante, con que creaba mundos en torno suyo”[vi]

En este aspecto, es pertinente volver a Bourdieu quien, a propósito de la “fascinación” de Federico ante la escena de la Revolución, escribe: “se podrían censar (en la novela) innumerables manifestaciones de este neutralismo esteta” [vii]. Es cierto que los dos momentos, aunque de muy distinta naturaleza, muestran una misma mirada estética, pero es necesario hacer una salvedad: mientras la contemplación de la amada produce extraños efluvios en su alma, París lo deja indiferente. El desinterés del joven por los asuntos políticos, que se puede hacer extensivo a todos los pormenores de la vida social, tiene su explicación más certera en el contexto de la novela de amor: lo único que vale es ese sentimiento que nos enaltece y nos hace sentir diferentes. La idea romántica de que la pasión es una nobleza moral que nos distingue y nos eleva por encima de todo y, sobre todo, por encima de la vulgaridad de la época, la expresa Moreau en una especie de diatriba contra su amigo Deslauriers: “Acaso cree que le envidio ese amor?. ¡Cómo si yo no tuviera otro cien veces más raro, más noble y más fuerte!” [viii]

            La indiferencia del personaje es la indiferencia por el mundo, natural al amor pasión. Tal como dice Barthes, el hombre apasionado “abandona gozosamente tareas monótonas, conductas razonables impuestas por el mundo, en provecho de una tarea inútil surgida de un Deber resplandeciente: el Deber amoroso” [ix] Es el hombre que se “escabulle de sus amigos” para correr a la cita con su amante. Así se podría interpretar la indiferencia de Federico frente a los asuntos serios ya que, desde el comienzo hasta el final de la novela, él está abocado al incomprensible “deber amoroso”. Cabe recordar, en este lugar, por sus similitudes con esta idea barthesiana sobre el amor, lo que escribe Stendhal en su famoso tratado sobre el Amor: este sentimiento que sólo puede ser experimentado por unos pocos hombres es, entre todos, “el que necesita más ocio y hace más incapaz de toda ocupación razonable y ordenada” [x]

Es preciso reconocer, también, que a pesar del sentido unívoco de su análisis, a Bordieu no se le pasa por alto que la indiferencia del joven Moreau por el mundo es “un efecto segundo de su amor por la señora Arnoux [xi], quien lo interpreta a su vez como un mecanismo puesto en juego en la ficción con el objetivo de sostener el rechazo por los valores de la sociedad burguesa.

Siguiendo el análisis propuesto, nos permitimos extrapolar esta idea a la “falta de constancia y consistencia” de Moreau en sus intereses artísticos, puesto que no es disparatado pensar que, para Flaubert, el Arte como el Amor no tienen lugar en la sociedad de su tiempo.

Lo que Bordieu no considera es que en el amor hay una fuerza poderosa que impulsa al sujeto hacia un único objeto, y este objeto es la pasión misma; en esto radica “lo intratable amoroso”, en “afirmar contra viento y marea, el amor como valor”. Cito a Barthes quien clarifica este aspecto:

El mundo somete toda empresa a una alternativa: la del éxito o la del fracaso, la de la victoria o la derrota. Protesto desde otra lógica: soy a la vez y contradictoriamente feliz e infeliz: “triunfar” o “fracasar” no tienen para mí más que sentidos contingentes, pasajeros, lo que me anima sorda y obstinadamente no es táctico: acepto y afirmo, desde fuera de lo verdadero y de lo falso, desde fuera de lo exitoso y lo fracasado; estoy exento de finalidad, vivo de acuerdo con el azar. Enfrentado a la aventura, no salgo de ella ni vencedor ni vencido [xii]

 

Nadie podría haber explicado mejor la situación emocional del enamorado, solo con su discurso, segregado del mundo, obstinado como Werther en su pasión por Carlota; la alternativa que expresa el discurso del enamorado es análoga a la que le presenta a Werther, su amigo Guillermo, como representante del mundo: “O tienes alguna esperanza, con respecto a Carlota, o no tienes ninguna. En el primer caso, trata de realizarla, esfuérzate para ver cumplidos tus deseos; en el segundo, ármate de valor y haz por librarte de una pasión funesta que te aniquilará” [xiii]

Del mismo modo, el amigo de Federico, el que trabaja buscando el éxito, le reprocha su nuevo estado: “me defraudas Federico. Desearía que vuelvas a ser el muchacho de antes, siempre el mismo y que me agradaba”. Deslauriers es, como Guillermo, el hombre de “la moral, ciencia segura de las conductas” [xiv]

Insistimos, y era el propósito de este análisis de La educación sentimental, demostrar que,  junto al valioso e indiscutible análisis de Bordieu, la pasión amorosa es el centro de irradiación de la novela, que se manifiesta en la forma en que el “discurso amoroso” se despliega en ella, en el mismo momento en que el narrador suspende bruscamente el relato para concentrarlo en la imagen de la señora Arnoux, que da lugar al comienzo de este artículo y que, luego, se corrobora a través de la gravitación del sentimiento sobre el personaje.

Notas



[i] Vésase G. Flaubert; La educación sentimental; Buenos Aires: Losada; 1980; p. 10

[ii] Véase T. Mann; “Noche de Walpurgis” en La montaña mágica; Zig-Zag: Chile; 1991; p. 292.

[iii] En Fragmentos de un discurso, R. Barthes describe el fading del enamorado como la “prueba dolorosa por la cual el ser amado parece retirarse de todo contacto, sin que siquiera esa indiferencia enigmática sea dirigida contra el sujeto amoroso ni se pronuncie en provecho de quien sea otro, mundo o rival”. Procede del inglés con el significado de apagarse, de debilitarse, desvanecerse, etc.

[iv] Op. Cit.; 1980; p. 57

[v] Ibidem.; p. 59

[vi] Op. Cit; 1989; p. 119

[vii] Véase P. Bordieu; Las reglas del Arte; Barcelona: Anagrama; p. 58

[viii] Op. Cit; 1980; p. 84

[ix] Op. Cit:, p. 31

[x] Véase Stendhal; Del Amor; Madrid: Mundo Latino; 1965; p. 12.

[xi] Op. Cit; Las reglas del Arte; p. 21

[xii] Op. Cit; 1989; pp. 30 -1

[xiii] Véase Goethe; Werther; España: Salvat; 1969: p. 66

[xiv] Op. Cit.; 1989; p. 69

 

Bibliografía

1.      Barthes, R.; Fragmentos de un discurso amoroso; México: Siglo XXI; 1989

2.      Bourdieu, P.; “Flaubert analista de Flaubert” en Las reglas del Arte; Barcelona: Anagrama; s/f.

3.      Flaubert; G.; La Educación sentimental; Buenos Aires: Losada; 1980.

1.      Goethe; Werther; España: Salvat; 1969

2.      Mann, T. ; La montaña mágica; Chile: Zig-Zag; 1991

3.      Rougemont; Denis de; El Amor y Occidente; Buenos Aires: Editorial Sur; 1959

4.      Stendhal; Del Amor; Madrid: Mundo latino; 1965

 

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Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras. Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición. Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto. Correspondencia a: amaliapati2014@gmail.com