NUMERO 104 - Septiembre 2017

Historia de dos mujeres de nuestra Historia (continuación)


 

              A pesar de que Mariano detestaba las reuniones sociales, los saraos, las fiestas y, sobre todo, las vacuas tertulias de la cerrada y extremadamente rígida sociedad de las familias opulentas de Chuquisaca, no pudo evitar la argucia que su amigo, el perspicaz canónigo Terrazas, le tendió con el objetivo de que un librepensador como Moreno no tomara los hábitos. Lo llevó al lugar donde se reunían las muchachas de mayor alcurnia. Ahí estaba ella, con sus ojos aterciopelados, su piel suave y los rubios bucles cubriendo parte de su frente y ese gesto que siempre lo conmovería, su extremada timidez. Durante el baile que ella le aceptó pudo percibir el temblor de todo su cuerpo. Al finalizar la danza, Lupe, con gracia, le hizo una reverencia, momento en que Mariano pudo ver el nacimiento de sus pequeños pechos; pero la joven que descubrió de soslayo la mirada, se cubrió de inmediato con su abanico de marfil. Desde ese momento, no le quitó los ojos de encima durante toda la velada. Ella disimulaba y departía con sus amigas, como ignorándolo. Sin embargo, todo era un gran disimulo porque en ella también se desataría una loca pasión. Terrazas se sintió satisfecho; Moreno nunca sería sacerdote de la iglesia católica.

          Otro hecho determinante de la relación entre la señora de Cuenca, Guadalupe y Mariano, ocurrió luego de la exposición pública de Mariano para su doctorado en leyes. Debemos recordar que estamos a principios de un nuevo siglo (XIX), y la revolución de Túpac Amaru y sus nobles descendientes había dejado hondas huellas en todo el norte del Virreinato, particularmente en el Alto Perú. La influencia de su dramática muerte, en pos de la causa americana, se haría sentir incluso en parte de la elite criolla que comenzaba a cuestionar el “orden colonial” y que, influida por las ideas de la Ilustración, buscaba poner fin a sus injusticias. En los sectores más revolucionarios, la transformación incluía a los “indios” o “naturales”. En este aspecto, la actuación pública de Mariano Moreno cada vez era más notoria. Se destacaba por su preparación, por su elocuencia y por sus fundamentos que no dejaban duda en los jueces de los Tribunales. Precisamente, uno de los textos más expresivos de esos cambios anunciados haya sido su monografía, ya mencionada, acerca del servicio personal de los indios en general, y sobre el particular de yanaconas y mitayos, en la que exponía la defensa de las igualdades de todas las personas y el honor de los indios. En este escrito, leído en agosto de 1802, en pleno régimen colonial, Moreno tomaba el toro por las astas desde el inicio. La sociedad pro monárquica y virreinal de entonces, que se sentía cómoda y gozando de privilegios, se sintió desorientada ante el joven estudiante llegado desde el sur a quien comenzaron a llamar “el doctorcito”. Simultáneamente Mariano era objeto de devoción de las clases más desposeídas, de manifestaciones de gratitud explícita y unción casi religiosa. Él respondía con abrazos y sonrisas y entre esos saludos que Moreno repartía, hubo uno, el que dispensó a la señora de Cuenca, que a Guadalupe le pareció un tanto especial. La niña miró a su madre también de una manera especial. Viejos rencores comenzaban a aflorar en Lupe. En otra oportunidad, en ocasión en que una monja felicitó a Mariano, Guadalupe vio temblar los labios de su madre cuando, sin bajar los ojos frente a la mirada de Moreno, le dijo:

          --Todas las mujeres, hasta las monjas, parecen estar festejando sus palabras, doctor Moreno.

          --¿Todas….?--preguntó Moreno.

          --Sí. Todas, –-contestó la señora, mientras un rubor sonrojaba su cara y delataba su inclusión en el “todas”.

         --No todas, doctor Moreno. No todas…..--dijo Guadalupe……todas no.

          --¿Qué dices Guadalupe?

          --¿Le importa acaso lo que estoy diciendo, mamá? Nunca le importa demasiado lo que yo digo.

          --No mientas Guadalupe.

          --Yo no miento, mamita…. Nunca le importó, y creo que mucho menos le importa de los indios o de la gente que defiende el doctor Moreno.

          --Por Dios, hijita --dijo la señora de Cuenca, pretendiendo acariciar la cabeza de Guadalupe.

          --No me toque, mamita no me toque. No me toque, mamita –-repitió Guadalupe.

          --Doctor Moreno, por favor no le haga caso, Guadalupe está un poco nerviosa y, además, es una niña.

          --Hizo hincapié en lo de niña, lo que desmadró la situación. 

          --Nunca fuiste una buena madre. Pretendes recluirme de nuevo en un convento para que puedas hacer la vida que quieras, pero no mamita. Aquí me quedaré. Aunque sea una niña, también ya soy mujer.

          La expresión en la cara de la señora de Cuenca se desangeló.

          --¿Qué quieres decir con eso?

          Conciliador, Moreno les sonrió.

          --Quiere decir que las mujeres no tienen edad. Una niña de trece años y una viuda joven pueden discutir de igual a igual.

          En resumen, tanto su desempeño público como sus asuntos privados comenzaron a incomodar a personas en las que había generado fuertes expectativas. Su amistad con el padre Matías Terrazas permaneció incólume; la relación con la señora de Cuenca comenzó a transitar por nuevas sendas y, como el intacto poder de intuición femenina que ella poseía le sugería que estaba a punto de perder una batalla con quien jamás podría haber sospechado, antes de que eso ocurriera decidió dar un paso al costado. Sus necesidades no estaban, precisamente, relacionadas con el amor, como sí ocurría con su ¨contrincante¨. Esta sabia acción de la señora de Cuenca evitó despecho y rencores y, como pudo, aceptó lo que el destino tenía decidido.

 

 

 

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Osvaldo René Pamparana es Bioquímico procedente de la facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata. Es autor de numerosos artículos, ensayos, cuentos y novelas breves. Por su labor cultural recibió, entre otras distinciones el premio Santa Clara de Asís y fue nombrado Ciudadano ilustre de la ciudad de La Plata. Se presentarán los capítulos sucesivos de su libro La Medicina y el Arte Correspondencia a: opamparana@lpsat.com