NUMERO 104 - Septiembre 2017

Relato


 

Con la timidez de siempre al enfrentarnos con cualquier situación  nueva, pero con el plus que nos confiere la necesidad de penetrar en la privacidad del otro, caminé con el paso firme hacia la cama 10 de la Sala de Clínica. Qué me llevó a encararlo, no lo sé; o tal vez fue la mirada fugaz que me lanzó don Mario cuando entré. Fugaz, pero, sin lugar a dudas, algo de esa mirada, que no puedo describir, llamó mi atención.

Lo saludé con una sonrisa y le tendí mi mano; me presenté como lo indica el protocolo y, cuando aceptó charlar conmigo, respiré aliviada. "Nivel uno, superado", me dije. Me senté al lado de la cama, lo más cómoda posible, con las hojas en blanco y lapicera en mano.

Don Mario se encontraba solo; llevaba un mes internado por la amputación de una pierna por gangrena. Mientras me contaba la evolución de la enfermedad, me di cuenta de que realmente se encontraba solo: no tenía un cuidador fijo; su hijo trabajaba todo el día, su hija es discapacitada, y sus hermanos van a visitarlo de vez en cuando, pero nadie se quedaba con él. Su única compañera, el amor de más de treinta años, había muerto apenas siete meses atrás.

Cuando me habló de ella, no pudo contener las lágrimas. Ahí, frente a mí, vi un hombre derrotado, desesperanzado, casi acabado. Traté de tranquilizarlo cambiando de tema y, entonces, le pregunté por sus nietos. Me contó que nació el primer varón de su hijo y que aún no lo conocía. Ése era un dato importante, no para mi historia clínica, pero sí para la charla.

Volvió a hablar de su esposa y, pude notar amor en su mirada; la recordaba con tanto cariño que volvió tangible el sentimiento. Era descendiente de árabes, y le cocinaba las mejores recetas que había heredado de su linaje. Hasta el punto de que era posible sentir el picante de sus guisados ​​solo con el relato de don Mario. Ya no lloraba; es más, parecía reconfortarlo ese recuerdo; de pronto, noté que sonreía mientras me hablaba. Era el amor que veía en su rostro.

Con un suspiro volvió a la cama 10, a la mirada profunda, casi vacía, y al rostro transformado por la tristeza.

Su estado actual estaba en íntima relación con el fallecimiento de su esposa. Me atrevo a decir que fue un caso de causa- consecuencia, aunque sin culpables, sin responsables. O quizás sí, el destino. Sacrificó su salud por la de ella; la cuidó hasta los últimos días cuando, ya cansada de tanto dolor, la pobre le confesó que quería descansar: el cáncer le había ganado.

Después de eso, todo es confuso. Días de trabajo en casa, cuidando a su hija, atendiendo a su nieto, para quien es un padre, y el dolor de su pie que lo atormentaba cada día más; y otro dolor, profundo, urente, difuso, con periodos de exacerbación y disminución, pero que no cedía con nada, ubicado en algún lugar del pecho.

Don Mario no recuerda cómo llegó al hospital, pero sabe que su familia lo llevó; solo me dijo que se encontraba muy mal. ¿Qué era muy mal? Otra vez las lágrimas ... en un impulso tomé su mano para consolarlo, con palabras dulces. Lo insté a no desanimarse, a pensar en sus nietos. Y mientras controlaba su temperatura y observaba su implantación pilosa, vi que tenía la mano de Mario sujeta a la mía; la tomaba con delicadeza, sin embargo, como intentando no caer, como un último intento de salvamento de una caída inminente.

Y me pareció haber comprendido el "muy mal": don Mario había perdido lo más preciado en su vida, se lo habían arrebatado, y no había razones suficientes para continuar prolongando ese dolor. Quizás, esta manera de ver las cosas, de interpretar su "mal", ha sido una interpretación equivocada de mi parte

Lo ayudé a acomodar en la cama, le hice un par de comentarios para sacarle una sonrisa y despejar las nubes grises de su mirada, y con mi ficha completa, me despedí de él.

La ficha completa, un trabajo aprobado seguramente, porque el examen físico ha sido perfecto, patológico, comidilla para las ansias del estudiante. Pero, ¿qué puedo hacer?

A los pocos días, volví a visitarlo, a conversar un rato, con el pretexto de averiguar si ya le habían realizado unos análisis. Para sorpresa mía, en la cama 10 se encontraba un hombre con facie compuesta, que me sonreía mientras me aproximaba. Era otro Mario, pero era él. Hablamos tendido y, cuando me disponía a despedirme, tomó mi mano: "Muchas gracias por venir a animarme, aunque sea un rato. Voy a rezar por vos.

Y me fui, con una sonrisa, comprendiendo que lo que en realidad me faltaba era una parte de mi corazón, que ahora acompaña a don Mario.

 

 

 

 

 

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Ana Paula Villagra Roldán es estudiante de medicina de la Universidad Nacional de Tucumán. Socio activo de la Sociedad Científica de Estudiantes de Medicina de Tucumán. Miembro del grupo “Medicina Narrativa FM-UNT”, perteneciente a la cátedra de Antropología Médica (UNT). Integrante de la cuerda de Sopranos del Coro de la Facultad de Medicina- UNT.