NUMERO 105 - Noviembre 2017

Relato

 

 

Las largas pestañas que rodeaban esas esferas marrones llenas de luz, y las líneas que se formaban alrededor de su amplia sonrisa, seguían provocando en ella las mismas sensaciones que cuando lo conoció, hacía ya más de sesenta años.

-Negrita, ¿cómo amaneciste hoy? ¿Querés que vayamos a caminar un rato al parque?

-¡Ay querido! Con estos achaques, apenas andamos y vos querés ir a pasear…-, dijo riendo.

Ese muchacho buen mozo, de piel tostada por el sol del campo, fue el primer y único gran amor de su vida. Cincuenta y ocho años de casados, cinco hijos, y diez nietos; juntos casi toda una vida en la que Juana y Danilo supieron batallar codo a codo contra los obstáculos que se presentaban. Superaron tiempos difíciles y lograron formar una familia de la cual se sentían orgullosos y amaban profundamente.

Solo cuando sus hijos crecieron, dejaron su tranquila y modesta casa de los valles para vivir en la capital provincial; de este modo, podían ver a sus nietos con más frecuencia, y sus hijos podían ocuparse de sus necesidades.

Llevaban una vida templada y sencilla; sus días de trabajo agotador habían quedado atrás y ahora solo restaba transitar el resto del camino juntos, como lo habían hecho desde el principio.

-Nilo, tomemos unos mates en el patio. El solcito está especial para el dolor de huesos-.

Con un poco de dificultad, pero con la vitalidad característica de su raza, Juana dispuso todo para desayunar. Con seguridad, él le preguntaría sobre su próxima visita al médico y recordarían viejas épocas, hasta que Dolores, su nieta de cuatro años, se levantara llena de energía para contarles a qué jugaría en el jardín de infantes.

-Mamá, llevo a Dolly al jardín y vengo a buscarte para ir al médico. Esperame lista.

Susana era la hija menor y la encargada de “la logística”; divorciada, llevaba sobre sus hombros una carga que, en palabras de ella misma, la superaba.

-Esa chica se ha vuelto amargada, negra. Ni una sonrisa en la cara…- dijo Danilo, sorbiendo el último mate. -¿Y? ¿Vamos?

-¡Pará, che!- contestó la anciana casi protestando. -¿No la oíste que tengo que ir al médico? Ese muchacho es un santo, siempre me trata bien,

La visita al doctor Hermes no fue distinta a las otras:

-Señora, no tiene de qué preocuparse. Doña Juana se encuentra en perfecto estado. ¡Está hecha una jovencita!- dijo sonriendo, y entregando los estudios neurológicos a Susana. -Yo, en su lugar, me preocuparía por otras cuestiones. Doña Juana, dígame, ¿está tomando las pastillas?

-Hijo, soy una buena paciente, ¿o no? Me siento bien y no tengo de qué quejarme. Te agradezco tus cuidados-

Sonriendo cálidamente, tomó las manos del joven galeno y las acarició con ternura. Había un sentido muy profundo en ese gesto que se fundaba en la confianza mutua que habían desarrollado en el transcurso de sus visitas.

Los domingos se reunía toda la familia para almorzar juntos; ni el golpe más duro, ni los acontecimientos más dolorosos, o conflictivos, destruían esa tradición. La casa se llenaba de los gritos y las risas de los más pequeños, y de las conversaciones de los más grandes, poniéndose al día sobre las últimas noticias. La cocina se inundaba de vida, y a Juana le encantaba ver todo aquel movimiento mezclado con el aroma de las empanadas o el locro.

-Se los ve a todos felices. Eso me gusta-, comentó Danilo en la habitación. -¿Estás feliz negrita?-, pero la pregunta quedó suspendida del cieloraso color marfil, cuando apareció Dolores en la puerta:

-¡Abu! ¡La comida! ¿Venís?... ¿Viene el abuelito?-, dijo, mientras avanzaba de un salto y sonreía pícaramente.

-Vamos, que nos esperan, solcito-.

Mientras algunos hacían la sobremesa, Susana decidió compartir su preocupación con su hermano. Debía decirle lo que sucedía con su madre.

-José, escuché a mamá hablar sola en su dormitorio. Creo que lo ve al viejo. Me preocupa…-, le contó en voz baja.

-Susi, escúchame,  tiene ochenta y seis años, ¿qué más esperas? ¡Da gracias que camina!-, le contestó,  mientras fumaba el quinto cigarrillo del día. –No te preocupes, la vieja está bien-.

-¡Vos no entendés! Al final sos igual que el bebé de pecho ese que dice ser médico; se cagan de risa de la situación. Mamá está mal de la cabeza.

-¿Pero, ¿vos la ves mal? A lo mejor piensa en voz alta, qué se yo… No seas tan escandalosa. Si el médico te dijo que está todo bien, es por algo. Él sabe. Además, qué queres que te diga, yo la veo mejor que nunca. Mirá… hasta juega con los chicos… Dejá de hacerte la cabeza ¿querés?

No conforme con los resultados, Susana decidió llamar a un psiquiatra, que le habían recomendado, para que atendiera a su madre. Lo último que quería era que comenzara a escuchar o ver cosas y terminase lastimándose a sí misma, o a alguien en la casa.

No había conseguido el apoyo de su hermano José, pero convenció a Yoli, la del medio. Además, ambas habían estado juntas aquella tarde en que escucharon hablar a su madre con su difunto esposo. Estaban decididas a darle fin a este circo, y devolver a Juana a la realidad.

La pequeña Dolly solía acompañar a su abuela cada vez que se retiraba a dormir su siesta de todos los días, y éste en particular, no fue la excepción.

-Abu, te amo…- las palabras de la niña sonaron como alegres campanas dentro de la blanca habitación. Se estiró para abrazarla, y la anciana correspondió de igual modo besando suavemente su dorada cabellera. Solcito, yo también te amo. Con una sonrisa cómplice que combinaba perfectamente con sus rosadas mejillas y sus característicos gestos picarescos, Dolores abandonó el dormitorio dando pequeños brincos.

-Tiene tu sonrisa, negrita. Esa sonrisa que me enamoró.- Danilo le hablaba sentado a los pies de la cama matrimonial, mientras Juana observaba el cielo azul desde su mecedora.

-Me siento feliz Nilo, mi amor. Los chicos son felices también; escuchalos allá afuera

El anciano se aproximó a su lado y, besando su nevada cabellera, con el amor de siempre, tomó su mano. Negrita, la tarde está hermosa, ¿querés ir a pasear al parque?

-Mientras sea con vos, a cualquier lado, Nilo…-, contestó con una sonrisa mientras miraba a los ojos llenos de luz de aquél hombre de piel tostada por el sol de los valles.

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Ana Paula Villagra Roldán es estudiante de medicina de la Universidad Nacional de Tucumán. Socio activo de la Sociedad Científica de Estudiantes de Medicina de Tucumán. Miembro del grupo “Medicina Narrativa FM-UNT”, perteneciente a la cátedra de Antropología Médica (UNT). Integrante de la cuerda de Sopranos del Coro de la Facultad de Medicina- UNT.