NUMERO 105 - Noviembre 2017

Ensayo

Anche alla voce sento: è migliorato!
Eh! a me non è mai morto un ammalato!

El médico Spinelloccio de la Opera Gianni Schichi

 

Quinto día de la semana bajo la óptica cristiana originaria, o cuarto para las culturas posteriores. Supo ser el Día de Júpiter, Jovis dies, en los tiempos de la antigua Roma, mientras que en la actualidad es uno de entre los siete, despojado de aquella dedicatoria al Dios sabio y temperamental, aunque dicho sea de paso bastante promiscuo. Cierto es que el jueves tiene su encanto probablemente porque anuncia ese viernes tan aguardado y la inminencia de alguna que otra perpetración finisemanal. Con los ánimos enaltecidos, el seminario apetece y sienta bien.

Surgido de la conjunción de dos vocablos latinos “seminis, por semen/seminal y arius/arium el sitio donde se lleva a cabo o produce algo, “seminarius/seminarium, viene a significar el lugar en que germina la semilla. Esta idea de una actividad en la cual se generaba una enseñanza para la formación de los futuros “cofrades” pasó a ser  un territorio casi exclusivo de los centros de formación religiosa, y no fue hasta bien entrado el siglo XVIII que los claustros académicos comenzaron a usar dicha estrategia para sus instancias formativas. Según la historia, el puntapié inicial le cupo a la Universidad de Göttingen. Concebido como una práctica de trabajo en grupo para el análisis sesudo de un tópico en particular, a partir de fuentes autorizadas en la materia, este espacio reunía un grupo pequeño de “educandos”, guiados por supervisores, en el que se daba un proceso de aprendizaje activo, a partir de información que ellos mismos debían recolectar. Plantada la semilla, estos jóvenes aprendices llegarían posteriormente a convertirse en gestores de su propio conocimiento, para así formar parte de la comunidad que los venía albergando. Un logro eximio de mentes preclaras y felizmente arraigado en la tradición que renueva los bríos y nos permite desplazarnos sobre basamentos más firmes o, cuanto menos, mejor sopesados.

Y porque de seminario se trata la medicina, también, cuenta con su propia liturgia[1]. El término a la postre hacía referencia a las obras que un ciudadano realizaba en favor del pueblo. Sintámonos como en casa, pues el encuentro exhibe una alta cuota de beneficencia.

Ubicados a la derecha o a la izquierda según se lo mire, con bastante anticipación o casi sobre el comienzo, aprendices y formadores concurren a la cita obligada de cada semana. Tras una enunciación del tema en cuestión a cargo del Primus Inter Pares, un joven del noviciado pasará a referir el caso. Nada que ver con fenómenos desconectados y carentes de una narrativa conductora, sino una colección de hechos concatenados con conocimiento de las consecuencias y la vinculación de un suceso con otro. Especie de racconto que, si bien se relaciona con lo empírico, es de cuño experimental y dará cuenta del qué, quién, dónde y cuándo para dar paso al ulterior tramo explicativo. Un segundo aprendiz, entrenado en las armas de las “disputatio”, irá eslabonando los hechos a la luz de eventuales procesos subyacentes, en la medida en que se va profundizando en el problema. Descripciones seguidas de hipótesis que hacen al pulimiento de una historia, el cómo y el porqué, algunas veces tentativa y en otros casos más acabada. Y de ese magma de inconsistencias, rupturas, analogías, paradojas, e inferencias, surgirá una propuesta diagnóstica. Planteo elaborado a partir de un conjunto de datos semiológicos y pruebas ad hoc que en el contexto de la singularidad, permitirá avanzar en la dirección más sensata. En posesión de esa valoración, y en función del curso natural de la enfermedad, hasta se podrá emitir una apreciación pronóstica, o la probabilidad de que ocurra tal o cual acontecimiento entre los posibles desenlaces de la enfermedad. Vaticinio enraizado en aquella sentencia hipocrática que atraviesa todos los estamentos “Si el conjunto de signos que presenta el enfermo es el que ahora te describo, tú médico, sin equivocarte, podrás decir que el futuro de ese enfermo será tal o cual”. Aunque 2.500 años de historia no han sido en vano y, por suerte, contamos con un poderoso arsenal de posibilidades terapéuticas que hacen viable ese viejo y saludable ejercicio de poner a prueba una hipótesis con agallas. Predicción y contrastación como elemento típico de una ciencia.

Un aplauso de reconocimiento hacia los expositores cierra la presentación y abre el camino para un tratamiento más ampliado. Ubicados en la prima, media o summa cávea, los más entusiastas darán a conocer sus opiniones y perspectivas. Miradas desde los diversos campos de la “res cogitans” o “extensa”, por momentos de corte reduccionista y otras veces más holísticas, que van aportando elementos para una mejor valoración de un todo, el cual excede a la sumatoria de sus partes. Ese caleidoscopio de posturas coincidentes, discordantes o complementarias, dejará entrever, sin embargo, los puntos en común para, finalmente, arribar a una decisión más consensuada. Asentimiento que en definitiva es una suerte de construcción colectiva gracias a la cual avanzaremos más tranquilos y seguros. Con todos los elementos a disposición, y ponderando el peso de cada hecho, qui conciliat positiones expondrá las conclusiones a modo de epílogo de esa lectio que cada uno llevará consigo. Figuradamente, hasta podríamos rematar con Seminario est concludit - Medicinæ Gratias.

Como en tantos escenarios y latitudes, el espacio viene a constituir una verdadera celebración de una profesión cuyo accionar va más allá que el de una ciencia aplicada o tekné a secas. Nutrida del conocimiento y método científico, la Medicina fundamentalmente se posiciona para evaluar riesgos, menguar la incertidumbre y formular una predicción basada en la evidencia, en consonancia con los paradigmas vigentes. Pero, también, entran a tallar la experiencia, las destrezas y las opiniones del paciente, en un marco de responsabilidad ética y profesional.

Contamos con muy buenas cartas, dependerá de nosotros el modo en que decidamos jugarlas.



[1]leitourguía–Λειτουργία-: láos (λάος, pueblo), y érgon (έργον, trabajo)

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(*)Oscar Bottasso es investigador Superior del Consejo de Investigaciones de la UNR, Investigador Superior de CONICET (Carrera del Inv. Clínico); Profesor Asociado del Área Instrumental Metodología de la Investigación Científica de la Carrera de Medicina y Director del Instituto de Inmunología Clínica Y Experimental (UNR- CONICET) Facultad de Ciencias Médicas, Universidad Nacional de Rosario.