NUMERO 105 - Noviembre 2017

Historia de dos mujeres de nuestra Historia (continuación)


Si quedaba alguna duda, que no la había, de que Mariano Moreno, como una vez dijo la madre de Lupe, ¨como todos los llegados del sur era pretencioso, atrevido y compulsivo¨, ese día en la casa de las Cuenca quedó definitivamente confirmado. Se encontraban, en el salón principal, la señora de Cuenca, Guadalupe, Mariano, el padre Terrazas y la Negra Keke.

          Desde la defensa de sus tesis acerca de la igualdad de los aborígenes, en todos los medios sociales no se hablaba de otra cosa y había quienes denostaban a Moreno y otros que hablaban maravillas de él. En este ámbito recoleto de la casa de las Cuenca se hablaba sin tapujos y con total sinceridad. Para ir entrando en confianza de lo que sería una larga charla, el canónigo les hablaba no sólo de Tupac Amaru sino de su legendaria y valiente mujer, Micaela Bastidas, a quien antes de matarla le habían cortado la lengua.

          --A Micaela la mataron por seguir a su marido. Se la acusó de publicar bandos y pasquines, y dar ella las órdenes más fuertes para juntar a toda la gente.

          --Era su mujer –-dijo Moreno.

          --Sí, Mariano, y dicen que era linda como un sol esa mujer. Casi tanto como vos, hijita –dijo el padre Terrazas, sin el menor atisbo de compromiso, o necesidad, de quedar bien. Sólo mencionaba un hecho por demás evidente. Lupe era tan hermosa como un sol de primavera.

Era la primera vez que Guadalupe escuchaba al canónigo decir algo relativo a su persona y más en presencia de su madre. Todavía, ninguna de las Cuenca podía conjeturar acerca de la intencionalidad del padre Matías en sus distintas acotaciones. La charla continuó.

           --¿Pero por qué tanto ensañamiento con toda la familia? –preguntó Lupe.

          --Buscaba una patria, Guadalupe; Tupac, buscaba la patria para Micaela –dijo Moreno--, él quería la tierra libre para su mujer, sus hijos y los descendientes de sus hijos, quienes comenzaron a llamarse Americanos.

          --¡Para una mujer la única patria es la casa, doctor Moreno, la casa es el país que hacemos las mujeres para guardar a los hombres y a los niños! –refutó Guadalupe, levantando la voz, mientras su rostro se ruborizaba de arrebatada pasión. Mariano y el padre Matías se miraron asombrados por el alegato. Sin embargo, Lupe no sospechaba siquiera que, en un futuro no muy lejano, su  realidad sería todo lo contrario a lo que ahora pregonaba.

          --Esos países que las mujeres hacen para guardar a los hombres y a los niños se construyen sobre esta tierra –-acotó Moreno.

          La reunión de esa tarde, en la casa de las Cuenca, se debía a que Mariano estaba decidido a blanquear su situación de una vez por todas, aunque sólo él y el perspicaz  padre Terrazas sabían de este plan. Por eso, Lupe, empeñada en su opinión acerca del papel de las mujeres en cuanto a la protección de sus hombres y sus hijos, le replicó a Mariano:

           --Sí, ya lo sé, y sé además lo que me va a decir ahora.

           Ruborizado y desorientado ante tanta seguridad, Moreno le respondió, aunque sin convicción: --No, Guadalupe, no creo que en realidad lo sepa.

          Terrazas, suponiendo que el momento decisivo había llegado, dijo: --Bueno, me parece que yo ya me voy…..

           Moreno no quería, ni podía quedarse solo ante tal acontecimiento y, para asegurarse de su compañía, le preguntó a boca de jarro:

          --¿A dónde, padre? ¡No se vaya justo en este momento! –-imploró.

          --No Mariano, si sólo voy a buscar aquel oporto sobre la mesa.

           --No era para decirles eso que vine hoy, Lupe, sino para preguntarle algo muy importante –continuó Moreno. Su principal atributo, que era la seguridad con la que siempre se expresaba, parecía haberse desvanecido.

         --Desde el primer momento, yo dije que esto iba a ser difícil –murmuró el canónigo, mientras volcaba un poco de oporto sobre la mesa al intentar servir en tres copas chicas.

          Presagiaba algo que no quería presagiar; la señora de Cuenca estaba con sus sentidos en su más bajo umbral, y podía percibir todo lo que estaba pasando. Por esa razón fue que su oído escuchó el murmuro del padre Matías.

          --¿Difícil? –-preguntó, con el ceño fruncido la señora de Cuenca, quien hasta entonces no había participado de la charla, porque íntimamente continuaba con sus elucubraciones que la llevaban a sospechar que revivir deseos postergados quedaría para otra ocasión. Sí, de la manera en que se iban desarrollando los acontecimientos, la señora de Cuenca intuía que quitarse la ropa y las ganas, en un solo acto, debería esperar otra oportunidad.

           Haciendo gala de su habilidad para salir de momentos complicados, el padre Terrazas, con una inocencia fingida, afirmó: --Sí, esto de servir en unas copas tan pequeñas ya no es para mis manos--. En otra ocasión y en otros ámbitos el padre era un experto sommelier, pero la proximidad del desenlace lo tenía un tanto alterado.

          La Negra Keke entró, trapo en mano, a secar la mesa, y recibió como reprimenda el reto de la señora Cuenca: --¡Vamos mujer. Que ya está bien y nadie te ha llamado!  Terca, la Negra no se fue, se quedó con el ceño fruncido en un rincón, semioculta, intuyendo que algo importante estaba por suceder en esa sala de la casa de las Cuenca.

          --Sí, sí…muy difícil –repitió el canónigo.

          Una ráfaga de viento se coló en la sala por la ventana que se abrió repentinamente. Siguiendo su intuición, y como llevada por una fuerza interior desconocida, Guadalupe se acercó con la intención de cerrarla. No lo hizo. El viento fresco alivió su rostro por un instante; sin embargo, allí se quedó de espaldas, estática y petrificada, casi en trance, y sintiéndose invadida sobrenaturalmente. Miraba hacia un lugar indefinido, aunque sus ojos permanecían entrecerrados. Por su pequeña nariz aguileña, parecían entrar todos los aromas del jardín. Inesperadamente, los árboles también habían comenzado a agitarse en plena calma. Unos pájaros levantaron vuelo y se perdieron en el horizonte; los perros habían desaparecido y los tinajones se bambolearon de un lado a otro. 

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Osvaldo René Pamparana es Bioquímico procedente de la facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata. Es autor de numerosos artículos, ensayos, cuentos y novelas breves. Por su labor cultural recibió, entre otras distinciones el premio Santa Clara de Asís y fue nombrado Ciudadano ilustre de la ciudad de La Plata. Se presentarán los capítulos sucesivos de su libro La Medicina y el Arte Correspondencia a: opamparana@lpsat.com