NUMERO 105 - Noviembre 2017

Relato

Si eras culo y camisa con Linares, ¿por qué no lo traés más a nuestras reuniones?

            No recordaba yo que fuéramos tan apegados al punto de merecer dicha analogía. De hecho, tanto él como yo, usábamos la camisa o la chomba afuera de los pantalones. Linares. Buen tipo, Linares, pero algo se le había podrido en la cabeza. Se había vuelto un fanático. Supongo que fue la impresión o el contraste lo que me alejó, la causa por la que huí espantado. La imagen última de Linares discutiendo en una cena de amigos; la boca salpicando espumarajos, los ojos saltando de sus cuencas, las nervaduras del cuello tensas como cuerdas de guitarra. La diferencia al evocar a los Linares anteriores: cerebral, sarcástico, distanciado, un estoico de lentes y movimientos pausados, y cotejarlos con ese último, o los que lo habían precedido a partir de su paulatina, pero irreversible conversión al fanatismo.

            Recordé todo eso de golpe como si alguien me hubiera pasado una película en cámara rápida. Como la Betel es una anfitriona inquisitiva, a veces pesada, seguía esperando mi respuesta.

            ─Estamos un poco distanciados ─mentí recurriendo a un eufemismo. ─Nada grave: las ocupaciones de cada uno, esas cosas, los intereses distintos, ¿viste?

            Otro comensal asintió, pero su pareja, una rubia, teñida, por supuesto, aunque de una blancura eslava, observó que ella había coincidido con Linares en la marcha de la semana pasada. Me fingí sorprendido. Pero, también, Galetti, todo sabiduría y mesura, acotó que él lo había cruzado, con el torso desnudo y un palo de escoba, un poco más corto que el utilizado para barrer, propiamente, enfrentando a una columna de fanáticos de otra facción, tan encendidos y ciegos y encolerizados como Linares.

            ─Por suerte no llegaron a trenzarse ─señaló Galetti, ─pero te daba miedo verlo así, desencajado, gritando consignas e insultos contra los otros, que también gritaban.

            ─Y si vieran las cosas que sube al Facebook… ─insinuó la profesora Álvarez, mientras la Betel se tapaba los ojos espantada, como si asistiera al acoso callejero de un exhibicionista.

            Resoplé, indignado, o dando a entender que esa transformación de Linares me había afectado a mí mucho más que a ellos. Esa expresión de malestar, en vez de callarlos, provocó reacciones de comprensión y solidaridad entre los presentes.

            ─Cada uno tiene la libertad de defender sus convicciones como le parezca… ─se apresuró a afirmar la rubia quitándose con elegancia el flequillo de la frente.

─Por supuesto ─adhirió Tano─ más todavía si considera que esa es la verdad, o la forma en que las cosas deben hacerse…

─Cito a Gramsci, de memoria, así que disculpen: odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida… ─recitó Galetti, que siempre aporta referencias hasta en las charlas sobre la conveniencia o no de poner apósitos en las lastimaduras y los raspones.

─Leí que Vattimo sostiene que… ─se lanzó a refrendar la profesora.

─¡Basta! ¡Por favor! ¿Se dan cuenta de lo que dicen? ─estallé de golpe sin poder contener mi mano que dio un golpe en el borde la mesa. Las copas se tambalearon, suspirando un tintineo desacompasado, y se cayó el servilletero. Por suerte, las botellas de vino se mantuvieron incólumes. Supe y sentí que todas las miradas, asombradas, se enredaban en mi cara. Supongo que había mutado mi expresión, que respiraba agitado, que yo les devolvía una mueca descompuesta a la curiosidad o al desconcierto que mostraban. ─Entonces, ¿se puede ser violento, atacar la libertad de expresión ajena, insultar, agredir, humillar al que no comparte nuestras ideas? Ven que son ridículos. El fanatismo es una enfermedad, un mal para la convivencia democrática, ¡qué digo!: para toda la sociedad.

Un airecito frío corría por la terraza. De hecho, hacía ya un rato que las mujeres se habían puesto los abrigos o, la pareja del Tano, se había echado una chalina alrededor de los hombros, tapándome la alegría de su escote. Yo, en cambio, me quemaba, temblaba de calor. Dije varias cosas más, en el mismo tono, increpándolos, esperando que alguno me respondiera. Cuando me calmé un poco, empecé a destilar esas frases irónicas que de joven me obsequiaron una góndola de enemigos: “Ah, claro… ahora nadie te cita a Madame de Staël ni a Condorito” o “hay que ver… los progres tomando vinitos de doscientos mangos y defendiendo la libertad de hacerse extremista”. 

Alguien intentó cambiar el sentido de la conversación. Deslizó un tema seductor que, en otras circunstancias, me hubiera convencido de girar el timón de la charla. Dijo que los escritores viejos, en los últimos tiempos, ya no practicaban la invención de argumentos y que se conformaban con aplicar su oficio a narrar insulsos trozos de sus biografías. Para apoyar la afirmación, incluso, eligió dos libros que justamente yo también había leído. Pero no había caso, aunque quería hablar de eso, también, no podía dejar el otro asunto en suspenso, interrumpido, como si ya no nos importara resolver si el fanatismo era bueno, admisible, racional, o una manifestación improcedente de las propias limitaciones, de los profundos temores, del deseo de anular la voz del otro.

─ ¿Les jode?, ¿les jode que yo no sea un fanático? ¿Que no sea como ustedes que defienden a alguien que se convirtió en un loco, en un irracional, en un adoctrinado? Manga de corderos, defienden a un fanático… me dan asco, ¡fanáticos! ─grité, sintiendo que la excitación me hacía palpitar las sienes y sudar los sobacos.

Después de aquel grosero arrebato, un acto de justicia, todos parecían nerviosos, incómodos, reprimidos, y ya nadie recordaba a Linares ni por qué yo no lo había llevado conmigo. La rubia se excusó y dijo que necesitaba usar el baño: era obvio que iba a aspirarse un gramito para serenarse. Galetti y su pareja se ofrecieron a lavar los platos y la Betel los escoltó hasta la cocina, mientras pretendía convencerlos de que dejaran todo como estaba. La profesora y Tano se alejaron de la mesa, simulando conversar sobre algún asunto grave. Yo me prendí un pucho y solté el humo despacio. En el fondo, los depreciaba por defender lo indefendible: que alguien, Linares en este caso, se hubiera vuelto un fanático. ¿No entendían, podían estar tan cegados? Por eso estamos como estamos, país de mierda, porque nunca falta el payaso que defiende al fundamentalista, al dueño de la verdad, al iluminado que se cree poseedor de la posta y que los demás son imbéciles y obcecados. Yo observaba las volutas que largaba mi boca, dichoso de que me hubieran abandonado. Sin embargo, de refilón, noté que todavía quedaba, en la cabecera, la pareja de la rubia teñida que se sonreía como si una mina invisible le estuviera acariciando las partes. Sentí que el volcán interior, que con la pausa se había sosegado, vomitaba un nuevo chorro de lava.

─ ¿Qué me mirás, intolerante? ¿Vos pensás que yo estoy equivocado, que está bien que haya gente incapaz de soportar que los demás piensen diferente? ─le aullé parándome abruptamente.

Sí, me le fui al humo, dispuesto a molerlo a trompadas. Me tuvieron que agarrar Galetti y el Tano, y la Betel lloraba, la rubia me insultaba, y la profesora, como una letanía, gimoteaba que eso era inadmisible, vergonzoso, en qué nos hemos convertido, se preguntaba. No me calmé, pero me fui, irritado, diciéndoles algunas cuantas cosas más a esos payasos que no salían de su estupor, que parecían atontados por mi reacción frente al tema de Linares.

Hay que ver cómo me pone el fanatismo de los fanáticos…

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Federico Gonzalo Ferroggiaro es Periodista / Profesor Universitario en Letras (U.N.R.) Encargado de prensa de la U.T.N. - Rosario y docente. Obtuvo, entre otras distinciones, el Segundo Premio Ciudad de Rosario (2008) que consistió en publicación de su libro de cuentos "El pintor de Delirios" (Editorial Municipal de Rosario, 2009).