NUMERO 106 - enero

Relato


“Si aquello que escribí llegara a sumirse en el olvido, al menos que de mí quedara la memoria de haber dado vida a un perro en el que palpitaba el corazón del mejor de los humanos”

                                         José Saramago

- Dígame la verdad, por favor, ¿cuál es el pronóstico?

De vez en cuando nos nace ese impulso masoquista de hacer preguntas que sabemos nos devolverán las más desgarradoras respuestas. En la Facultad de Medicina intentan enseñar que el dolor de un infarto se siente “como si un elefante se estuviera sentando en tu pecho”. Aquella mañana una manada te partió el alma en mil pedazos. Mordés los dientes, respirás profundo para que no se te encharquen los ojos ante las miradas complacientes, y asentís entregado con un leve movimiento vertical de la cabeza. Y la sentencia se queda flotando en el aire. Ese estúpido orgullo machista te obliga a mostrarte duro como una piedra, aunque te estés muriendo por dentro.

No hay peor paciente que el ego médico. El ayer y el mañana se suben a un ring buscando causas y soluciones, mientras vas esquivando la tormenta de interrogantes. Etiologías, diagnósticos diferenciales, posibles tratamientos. ¿Qué diferencia existirá entre el mundo de los humanos y el de los caninos? La resignación es el paraguas que te rescata momentáneamente del naufragio. Pero el verdadero salvavidas que te empuja a mirar hacia adelante es el mismo que apareció tiempo atrás, sin permiso ni advertencias, a revolucionarte la existencia navegando en cuatro fantásticas patas.

La naturaleza es tan sabia que se encaprichó en que los animales no puedan hablar para poder así conectarnos a través de las miradas. Que la ciencia o el bendito psicoanálisis se encarguen de argumentar ese efecto terapéutico que logran casi sin proponérselo. Ansiedad, palpitaciones, sudoración, temblores, etc. Un día bajás la guardia y todo ese cóctel emocional te clava una puñalada por la espalda. Hasta que aparecen ellos, y nace ese puente extraordinario. La rutina se va quedando en penitencia, las preocupaciones se transforman en banalidades, y te secuestran los miedos pidiéndote de rescate un maletín lleno de afecto. Tenía la teoría que la solución a todo estaba en un vademécum hasta que se cruzó en mi camino un tal Gaspar. Él se encargó de cambiarme la cabeza. Y la vida. Porque el mejor analgésico no viene en comprimidos, sino corriendo a tu encuentro luego de abrir la entrada de casa.

Es aquel ritual que no por repetido pierde su encanto. Partís, sin saber cómo explicarle que vas a volver y sin ser necesario tener que pedirle que te espere. Detrás de esa puerta permanecerá erguido y expectante el monumento a la fidelidad. El reloj y su egoísmo de no correr cuando es imprescindible cobrarán protagonismo hasta que la magia se produce: un ser revolucionario, de respiración agitada y una alegre nariz húmeda viene hacia vos como un tsunami, sacudiendo el planeta con su cola. Y en ese momento se detiene el tiempo por unos instantes. En ese abrazo se nos ordena el mundo. Volvemos fugazmente a nuestra niñez, revolcándonos por el piso sin ningún terror al ridículo y expresando nuestro amor incondicional con cualquier testigo de adorno. El cortisol (hormona relacionada con la respuesta de estrés) se esconde y la oxitocina (hormona relacionada con el establecimiento de vínculos sociales y el apego) acaricia las nubes. La felicidad es ese preciso momento.

Nadie está preparado para que alguien que amamos, de la forma más pura y más allá de cualquier género o especie, se apague de un día para otro. Nadie nos enseña el ejercicio mental de escaparle al dolor en el recuerdo. Alguien me dijo una vez al oído que “los perros son como ángeles, pero en la Tierra, ángeles no con alas sino con patas, y ellos mismos se cruzan con nosotros aquí para cumplir una misión, para ayudarnos en algo muy importante que ni nosotros mismos a veces sabemos: por eso, cuando lo logran, sencillamente parten con la tranquilidad de la tarea cumplida”.

Estimado lector (parafraseando al querido Paco Maglio): si usted llegó aquí y sobrevivió a estas líneas, esquivando cursilerías o sintiéndose representado en algún recuerdo, le propongo que hagamos un pacto. Ya sea a viva voz o en silencio, en homenaje a tanta nobleza y complicidad, obliguémonos a practicar todo lo que aprendemos de estos pequeños héroes anónimos. Resumidos casi como cuatro mandamientos, uno por cada pata: a ignorar el rencor, a combinar la ternura con el coraje, a procurar no medir el tiempo, a dar todo sin pedir nada a cambio. Y así, contemplando la belleza de lo imperfecto, buscar en la memoria de lo imaginario el reencuentro en ese abrazo eterno.

-Te juego una carrera amigo

-¿Por dónde vamos Gaspar?

-Para allá

-Dale, ahora te alcanzo… 

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