NUMERO 106 - enero

Relato

                                                                                            

                                                                     Para Nelly (Gloria), una apología al amor eterno. JP

 -¡Cuántos años juntos, más de sesenta! ¡Qué difícil se hará para mamá la ausencia de papá! -murmuraba Laura, entre dientes y angustiada, mirando desde un costado la reunión   familiar.

Reunidos en el living, festejaban el cumpleaños número noventa y dos de Alberto, el padre.

Claudia, la hija menor, también allí presente, llamó a su  hermana Laura, y como si hubiese ocurrido una trasmisión de pensamiento, le dijo: -¿Qué haremos con mamá cuando papá falte?- A partir de ahí, entablaron una conversación alejadas del resto de la familia. Estaban muy preocupadas porque veían a Alberto muy deteriorado, con importantes dificultades para comer, para caminar y, lo más grave, con un deterioro cognitivo que avanzaba rápidamente a pesar de todos los cuidados y medicamentos que se le brindaban. La angustia de Laura se basaba especialmente en que su madre lo amaba profundamente,  y él a ella. Había sido así toda la vida, desde que ellas tenían uso de razón. Cada día juntos era una fiesta; ellos disfrutaban cada momento como si fuera el último.

A pesar de la edad, Gloria gozaba de buena salud, aunque en el último tiempo estaba deprimida  al ver a su esposo cada día más deteriorado. Una fría mañana de julio, la recibo en el geriátrico, acompañada por sus dos hijas. Estaba inexpresiva y en silla de ruedas. El relato de Claudia, quién guiaba el discurso, era el siguiente:

-Mire doctora, decidimos traer a mi mamá porque ya no puede seguir viviendo sola; tiene noventa años, vivió con mi papá hasta hace un tiempo, cocinaba y hacía las compras. Pero ahora,  ya no camina, no habla y se alimenta poco y nada.

Pensé: “el cuentito de siempre: mamá hasta ayer corría maratones y hoy no habla, no camina y tiene escaras” De todos modos, a pesar de mis prejuicios, escuché con atención sus palabras mientras confeccionaba la historia clínica.

- Sí, comprendo -les dije- ¿Y desde cuándo Gloria no camina y no se comunica?

- Mire  doctora, continúa Laura, mamá está así desde que papá falleció, hace tres semanas.

- Bueno, voy a intentar hablar con ella y la voy a revisar - respondí.

- Hola Gloriaaaaa!- le digo fuerte al oído- ¿Cómo estásssss? No me responde. La examino y compruebo que sus cuatro miembros se movían a la orden, pero estaban fláccidos; sus signos vitales,  estables.

Sus impactantes ojos grises se reflejaban como lanzas en los míos, como queriéndome decir lo que sus labios no podían.

Continué la charla con las hijas y concluí en que la evaluaría con análisis, electrocardiograma, interconsulta con neurosiquiatría. Y le indicaría musicoterapia, fisiokinesioterapia y terapia ocupacional.

Les aconsejé que luego de dejarle  la ropa y sus demás pertenencias, se retiraran y no volvieran hasta dentro de una semana, para permitir que Gloria se adaptara al lugar. Les expliqué también que ante cualquier contratiempo, ó cuando estuvieran los estudios, alguno de los tres médicos nos comunicaríamos con ellas.

No se fueron del todo convencidas.

Los días pasaron y las hermanas volvieron exactamente a la semana. Gloria  estaba  prácticamente igual, pero con algunos signos positivos; comía bien y se paraba con el kinesiólogo agarrada de una barra. Transcurrido un mes de internación, no había experimentado mayores cambios. Los  laboratorios y demás evaluaciones estaban perfectos.

Un lunes, cuando nos reunimos a  debatir acerca de los pacientes, les comento a mis colegas que me parecía conveniente que la mudáramos  al segundo piso, que es donde hay pacientes con cualidades similares a ella. Estuvieron de acuerdo, y sus hijas también. La presento a los asistentes  y la siento en la mesa con Elba, Bety  y Salva (Salvador).

Les explico a Laura y a Claudia que allí las visitas deberían ser más espaciadas porque los pacientes con esas características tenían que estar tranquilos, e interactuar con los terapeutas. No estuvieron muy conformes, pero acataron la sugerencia. Como allí se congregan los pacientes más complejos y con más deterioro cognitivo, en mi función, dedico buen tiempo todos los días a la observación de los residentes del sector. Después de unos días, me percaté de que Gloria y Salvador estaban siempre juntos, compartían todas las actividades y, por supuesto, las cuatro comidas. Salvador hablaba poco, debido a una enfermedad de Alzheimer avanzada, pero lo he visto comunicarse con Gloria.

Según el informe de enfermería, ella acariciaba a diario su cabeza, se paraba y le llevaba agua o jugo .Y ella misma se lo daba a beber con sumo cuidado. Yo no podía creer lo que me contaban, hasta que pude constatarlo. Comencé a prestar más atención a esa situación.

El semblante de Gloria había cambiado y, también, la expresión de su mirada. Pero no solo eso, sino que había comenzado a comunicarse con vocablos claros y precisos. Ya me identificaba como su médica y me contaba todas las dificultades que padecía Salvador: que tomaba poco líquido, que comía poco, etc etc. Era un bálsamo de dulzura escucharla. Me conmovía.

El problema surgió cuando la esposa de Salvador, que venía a visitarlo dos veces por semana, me indagaba acerca de aquella mujer que tanto molestaba a su esposo. Le expliqué que no lo alteraba y que, simplemente, ella también estaba con un grado de demencia, pero que iba a tener en cuenta su reclamo.

Las hijas de Gloria estaban contentísimas con la inesperada mejoría de su madre. Les comenté que fue casi milagroso: camina bien, se higieniza sola, se comunica perfectamente y participa de todos los talleres que brinda la institución. Les dije que la causa de tanto progreso  quizás fuera multifactorial.

-No doctora, el motivo de este cambio es esto- me responde Laura, y saca de su bolso un álbum. Me muestra las últimas fotos de su padre, las del festejo de su cumpleaños número noventa y dos. Las miré y quedé sin palabras; se me hizo un nudo en la garganta, pensé que  no era real lo que estaba viendo. Salvador tenía un increíble y admirable parecido a Alberto. En ese momento comprendí la mejoría de Gloria. Había trasladado la imagen de su esposo a Salvador.

Sus hijas no dejan de agradecer. Y yo, hasta el día de hoy no dejo de emocionarme.

           ¿Casualidad,  causalidad, o serendipidad?

           

 

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Jorgelina Presta es médica clínica y docente de la Cátedra de Clínica Médica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina. Es miembro estable del Comité Editorial del portal médico Clínica-UNR.org.