NUMERO 106 - enero

Ciencia y criminalidad


A raíz de una publicación procedente de la American Association of Neuroscience Nurses (2006), sobre la posible relación entre conductas delictivas violentas y el deterioro neurológico que producen ciertas enfermedades, traumatismos cerebrales y secuelas de abusos en la infancia, escribí, hace unos años, un artículo titulado “¿Por qué Al Capone era tan violento?” [1]  Los investigadores habían encontrado asociaciones de este tipo en prisioneros con conductas de alto riesgo. Sífilis, VIH, traumatismos cráneoencefálicos y cicatrices en el rostro, podrían ser, sino determinantes, colaboradoras para que un adolescente se convierta en un criminal. En ese estudio cerca del 100% de los prisioneros tenían anormalidades neurológicas.

            Frente a estos hallazgos, el autor revisó la historia clínica del capo de la mafia Alfonso Capone quien, en 1929, perpetró la masacre del Día de San Valentín, exterminando a todos sus enemigos. Los principales detalles de su historia médica y personal eran las cicatrices en el rostro – que databan de su adolescencia - por las cuales se lo apodó Scarface, el abandono del colegio a los catorce años (como muchos prisioneros), el tratamiento de una gonococia en 1925 y un test de Wassermann positivo, en 1931.  En la profunda investigación se encontraron datos físicos compatibles con sífilis, así como episodios de convulsiones durante su encarcelamiento en Alcatraz, en 1938 Las evaluaciones psicológicas demostraron, también, confusión intermitente, deterioro neurológico, alteraciones cognitivas y conductas violentas. A pesar de la declinación en sus funciones, Capone continuó manejando actividades violentas aun desde la cárcel y después de haberla abandonado. Figuran, además, en su historia clínica, medicaciones como bismuto, compuestos yodados y algunos otros fármacos utilizados en la época para combatir la sífilis, que Capone habría recibido en su etapa de reclusión. En los últimos tiempos no se podía mantener en pie. Murió en Miami de un accidente cerebral, en enero de 1947, el mismo año en que la penicilina comenzó a utilizarse para el tratamiento de la sífilis.

Los investigadores concluyeron en que no se puede saber con certeza si las cicatrices faciales traumáticas contribuyeron a su deterioro neurológico o a su conducta criminal. Pero, en cambio, aseguran que la sífilis sí contribuyó a la  declinación neurológica del Capo de la mafia, y que sus crímenes y conductas se volvieron más problemáticas a medida de que su estado neurológico empeoraba.

Pero Al Capone no es el único. Un estudio reciente en 148 pacientes institucionalizados en sectores de alta criminalidad, evaluados por TAC y RMN, demostró que, en comparación con sujetos sanos, los criminales presentaban  lesiones estructurales en su cerebro, en un porcentaje considerablemente superior a los controles y a una edad más precoz.

El artículo recuerda un resonado caso que data de 1966: el de Charles J. Whitman, un ex marine de los EE.UU quien fue el criminal que inició la historia de los asesinos masivos en ese país. Y que, por cierto, continúan hasta hoy. Whitman, tras matar a su madre y a su mujer, se subió a la torre del reloj de la Universidad de Texas, en Austin, para disparar a todo lo que se movía, asesinando a otras trece personas e hiriendo a una treintena antes de ser abatido. En la autopsia se encontró un tumor cerebral. Este hallazgo, junto a las cartas que dejó escritas sobre sus fantasiosos y extraños pensamientos, determinaron que el tumor cerebral provocó o, al menos, influyó en su conducta.

Uno de los principales autores del estudio, Ryan Darby, de la Universidad de Vanderbilt, aclara que en ninguno de los casos estudiados hubo coincidencia en la localización de la lesión; ellos sostienen la hipótesis de que las lesiones se produjeron en distintas partes de una misma red cerebral conectada. Según Darby,  en todos los casos,  las zonas lesionadas pertenecían a la misma red de conexiones neuronales, la de la toma de decisiones morales. No todos aceptan esta hipótesis, pues consideran que el cerebro, más allá de la opinión de los neurocientíficos, no es el único lugar donde se determinan las conductas y el comportamiento de las personas.

Lo trascendente de estos hallazgos es que se trata de personas que llevaban una vida normal y que empezaron a cometer terribles crímenes luego de una lesión cerebral. La novedad en este estudio radica, entonces, en que se establece una conexión temporal entre el daño y las conductas violentas.

Cuando escribí el artículo sobre Al Capone me preguntaba qué hubiera pasado con respecto a su imputabilidad si realmente se hubiera comprobado una relación causa-efecto entre los traumas físicos, la neurosífilis y las conductas violentas de Alfonso Capone. ¿Su imputabilidad sería dudosa? O, tratándose de un enfermo mental, ¿los daños neurológicos se considerarían atenuantes? Estas preguntas son, sin duda, inquietantes; tanto como la criminalidad de estos monstruosos asesinos. Y nunca resueltas.

La preocupación de los investigadores se debe a la alta prevalencia de patología cerebral en reclusos de una institución de salud mental de alta seguridad, que previamente no se había considerado que padecían un síndrome cerebral orgánico. Esta situación plantea dudas sobre la necesidad de realizar evaluaciones neuroradiológicas de rutina en pacientes recién ingresados.

Mi duda de entonces, que conservo todavía, es ¿cómo explica la ciencia que las espiroquetas de Robert Schumann, Friedrich Niezstche, Charles Baudelaire y Gustav Flaubert, entre tantos artistas de un talento indescriptible, hayan tomado una dirección tan diferente? ¿Será que hay espiroquetas buenas y malas? 

 

 



[1] Véase en Medicina y Cultura,  el artículo de mi autoría sobre Al Capone;mayo de 2007; N° 4.

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Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras. Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición. Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto. Correspondencia a: amaliapati2014@gmail.com