NUMERO 106 - enero

Relato


-Necesito desahogarme; no puedo entender. Camino por las calles y siento que algo está dentro mío. Algo inquietante. Una sombra casi física dentro de mí.

Regresé mal. Llueve. Ahora corro con los horarios. En casa nadie tiene que saber ¿Cómo ocultar que salgo de nuevo?- Ir primero a la Santería a comprar dos velones de los que se utilizan cuando, en la Semana Santa, resucita Jesús. Incienso y unos carbones. ¡Tan poco sé de estas costumbres! Juan me dijo que iba a sentir paz, de pronto, que esa entidad había ya salido de mí. Aún faltaba comprarle un costillar  de asado completo. Le dije al carnicero que era para mi casa, lo haría a la parrilla, venían amigos, mi hermano de lejos. Va a quedar muy bien, respondió al darme el pedido. Tomé un taxi, llovía mucho.

 

A una cuadra del cementerio está la casa de Juan; es un barrio de casas bajas, autos desvencijados, perros vagabundos. Allí llegué. Me esperaba. Bajo, de tez oscura y ojos pequeños y relampagueantes. Se lo entregué.

 

¿A dónde van esas ofrendas? me pregunto ¿A la puerta del cementerio? Si las toca algún inocente, ¿se le pega el mal que yo me saqué?

En el cementerio está lleno de brujos, que hacen trabajos. Sueño todas las noches y también de día, y despierta.

 Fui a acompañar a mi hermano, que tenía una urticaria que no se le iba, pero Juan me miró a mí. Usted está peor, lo dijo con la mirada. Y yo acepté que me atendiera. Y le pagué una buena suma de dinero.

Una pequeña mesa en un cuarto de dos por dos, con olor penetrante a incienso. Sobre la mesa, colocados en círculo, un rosario y varias estampitas de santos, de toda clase; en el centro, San Benito. Este es el santo que lucha contra el diablo. En un costado, un  cortinado violeta; al frente y sobre mis espaldas, un altar con una estatua de Cristo. Una de María de la Medalla Milagrosa, e infinidad de otros santos, hasta el Gauchito Gil. En la otra pared, un tapiz grande de San Jorge con su espada, y en otra repisa que separaba un ambiente, fotos comunes de criaturas, velas, estampitas, cintas.

 

Él fumaba uno tras otro; atendió a mi hermano, y acá estoy sola con él. Le cuento mi vida, algo que me atormenta  desde siempre. Empieza a fumar, yo siento que mi cuerpo no responde. Mira y penetra en mis ojos y comienza a hablarme en otra lengua. Tengo ira, me enojo, mi voz la noto lejana, no mía. Pelea conmigo, me da un cigarrillo, lo fumo con ganas, me da una cerveza, la tomo a grandes sorbos yo que nunca bebo ni fumo. Me levanto, me agito, y no sé nada de mí. Solo que caigo, oigo gritos, la voz que dice ¡alejate! Tiro el tapiz de San Jorge, dicen que corro por todo el cuarto. Que mis manos se hacen garras, me transformo en un animal. Caigo, caigo, y cuando voy despertando está la esposa de Juan y mi hermano; me arrojan agua bendita, lloro  mucho, me calman, veo a mi hermano que también llora. Juan se levanta, lleva un sombrero. El rostro risueño.

 

“Hay una entidad encerrada en ti. Aun no salió, serán varias veces más que volverás. Quiere matarte.”

A quien solo le conté fue  a mi hermano, él  me  dice que se asustó. Que no sabe si creer o no. Pero no era yo ciertamente. ¿me hipnotizó Juan?.

Rezo, rezo mucho, a la inmensidad, al universo, a Dios, a Jesús, a todos. Me vuelvo loca. Hasta el corazón lo siento que se me estruja. Me falta el aire. Será que esa entidad maligna, como dice Juan, va ocupando todo el sitio de mi propio cuerpo? Leo, navego en Internet. Los ritos Umbanda, el mar y la gente vestida de blanco arrojando al mar sus ofrendas.

 

La segunda vez fue peor. Le pegó a Juan, lo hizo trastabillar  y tomó  el cortinado, se escondió detrás de él y, luego, cuando Juan lo perseguía con una cruz, tiró fuerte hasta arrancarla; aullaba, yo estaba duplicada, porque eso lo sentí, aullaba yo como si fuera una bestia. Sentía que era un solo ser, era mi persona. En eso no me engañé.  Después caí cansada, hablé  de grandes culpas, de dolores que eran llagas en mí. Me confesé. Juan observaba, escuché su voz como si viniera de muy lejos. - Era eso, un trabajo de mucho tiempo, lo hemos sacado, se recuperará. Ahora solo falta la ofrenda – dice por lo bajo.

 

Ha pasado el tiempo. Muchos se rieron de mí. Estás loca. Lucran con los demás. Yo dialogo conmigo:- ¿No escuchas los programas de la noche?- ¿Los chamanes que siempre estuvieron en la historia de los humanos? - La magia, lo oscuro de cada ser.

Siento que ya no soy la misma. No sé si esa entidad fue un ángel maligno, o fue mi parte oscura, el lado de la luna que no se ve,  la canción de Pink Floyd. Digo fue, y titubeo, dudo. A veces percibo voces. Es el murmullo de toda la inmensidad. Me reconforta.

 

Cuando pongo la cabeza en la almohada busco la motivación del miedo que pretendo combatir. ¿Cómo luchar contra un enemigo que no conozco?

Así comienzo a enfrentar ese gigante negro, sin Juan, sin incienso. Aprendo a conocer a mis propios fantasmas. Les hablo. Los escucho. Ellos habitan ahora conmigo.

 

 

 

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((*) Marta Macias, reside en La Plata, oriunda de Tres Arroyos. Es profesional del derecho y poeta: Ha publicado poemarios, ensayos, notas, ponencias en Simposios internacionales. Ganó el Premio Consagración Roberto Themis Speroni, en 1992, por su libro Fabularia.(SEP) y el Primer Premio en el Certamen Literario Poeme, organizado por la Empresa francesa Lancome, por su poema Madre traducido a varios idiomas entre otras actividades con la música y la pintura. Es actualmente Presidente en la Sociedad de escritores de la Pcia. de Bs.Aires realizando una importante tarea de gestión. Intervino en numerosas oportunidades en la Feria del Libro del autor al Lector que se realiza anualmente en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.