NUMERO 107 - marzo

Relato


Me pasé tres meses sin ir a la zona de mi trabajo matutino. Fueron tres meses variados y movidos. Viajes, mudanzas, modificación de viejas rutinas, itinerarios habituales abandonados y descubiertos algunos nuevos. Hoy regresé. Lo primero que hago antes de ingresar al servicio médico en el que trabajo, es visitar el bar de la vuelta, Bar “Marcelo”, en la Lamadrid 921, para ser más exacto. Allí, suelo tomar mi café con leche con una tortilla calentita, uno de los placeres a los que me someto durante el día; en realidad, el primero de ellos.

Después de todo el tiempo que ha pasado y de las distancias que recorrí, ¡ella estaba allí! Me sorprendí de mi propia sorpresa, me asombré de mi propio asombro. De repente, como una ráfaga, recordé que nos hallamos en el mundo de lo incierto, de lo probabilístico, de lo mudable, de lo pasajero. Sin embargo, la Andreita estaba allí, en donde yo esperaba encontrarla, ya que en noviembre la había dejado en ese mismo lugar. Mi expectativa al levantarme de la cama era ir al bar, encontrarla a la Andreita y que ella, con su disposición habitual, me sirviera mi delicioso café con leche. Algo cotidiano, ciertamente privado de toda trascendencia; podríamos hasta considerarlo banal. Verla, sin embargo, me llenó de alegría existencial. De repente, tomé conciencia de que todo podría haber sido de otro modo, que nuestro mundo está más diseñado para la sorpresa que para la rutina. En el instante en que la vi, pensé: nuestras coordenadas espaciales de latitud y de longitud, estadísticamente, tenían más probabilidad de no coincidir; nuestras coordenadas temporales nos favorecen un poco; ése es su trabajo, y yo ingreso al mío en ese horario. 

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(*) Prof. Dr. Ricardo Teodoro Ricci • Médico Clínico • Especializado en Comunicación Humana y Sistemas Humanos • Titular interino de Antropología Médica (Grado) • Adjunto a cargo de Epistemología (Posgrado) Facultad de Medicina Universidad Nacional de Tucumán .