NUMERO 107 - marzo

Relato


Mayo anticipaba el invierno con un sol agonizante y una danza de hojas secas impuesta por el viento irascible. Como cada jueves, la mujer tomaba el colectivo de las 16, y ocupaba el asiento número 8 que le reservaban en ventanilla. Parecía seguir un ritual. Había en ella algo que atraía las miradas. De edad indefinida, alta, delgada, cabellos grises, de andar casi solemne y una expresión de profunda tristeza. Sus ojos eran como el reflejo de un lago brumoso, anunciaban una profundidad de lágrimas. A veces un brillo de hielo descendía sobre el conductor, un hombre corpulento de unos cincuenta años, cabellos enrulados, barba espesa y mirada huidiza. Tenía siempre en la boca un chicle  y un no sé que de burlón. Cuando la mujer le tendía el boleto, lo miraba de un modo que le provocaba una sensación extraña. Él cortaba el papel y se lo devolvía con rapidez. Entonces ella iba a ocupar su asiento junto a la ventanilla y permanecía inmóvil.

Una hora y media más tarde, descendía en el cruce de dos rutas, en un lugar solitario. El chofer sabía que antes de bajar, buscaría su mirada en el espejo, lo hacía siempre; las primeras veces lo había sentido como una puñalada; luego, para evitar sus ojos no volvió a alzar la vista.

Al bajar en medio de la nada, permanecía inmóvil hasta que el colectivo  hubiese desaparecido en el horizonte.

Cierto día, el chofer, cada vez más intrigado, preguntó al empleado de la ventanilla si conocía o sabía algo de la misteriosa pasajera. La respuesta fue negativa; sólo sabía que cada jueves le reservaba, a su pedido, el asiento 8.

-Qué mirada de hielo!

-No me parece, yo le encuentro la expresión de alguien que ha sufrido mucho.

-¿Quién, ésa? No me parece, yo diría más bien que hizo sufrir-replicó el conductor.

El enigma crecía con el paso del tiempo. ¿Por qué lo miraba así y ni siquiera lo saludaba? Algo tenía en contra de él, pero ¿qué? Si no la había visto nunca!

La imagen de la mujer lo perseguía mientras dejaba atrás los quilómetros. Los puñales de aquella mirada volvían a su mente y hasta aparecían en la habitación del hotel antes de dormirse.

Aquella noche de insomnio decidió seguirla y hablarle para aclarar la situación. “Pero ¿qué situación?”- se preguntó. Se trataba de una hostilidad que tal vez sólo estuviese en su imaginación. De todos modos, debía hablar con ella. Aprovecharía un día franco para ir hasta el hangar de donde parten los micros hacia a la estación; le explicaría a su colega su propósito de viajar a Arequito.

Así lo hizo. Sentado en uno de los últimos asientos, la vio subir inalterable e ir a ocupar el lugar de siempre. Noventa minutos más tarde, bajó y, contrariamente a su hábito, atravesó apresurada la ruta, sin esperar que el colectivo se alejara. De pronto el hombre pidió al colega que se detuviera. Descendió, con evidente premura, sin reparar en el estupor del otro. Corrió hasta el cruce y la vio girar hacia la derecha. ¡Iba al cementerio! Apresuró el paso, la vio entrar por el portón lateral. Estaba seguro de que no sería reconocido pues llevaba gorra, anteojos oscuros y una bufanda que le cubría hasta la nariz. La siguió entre muros que apilaban cinco hileras de nichos. Todos mostraban lápidas de mármol semejantes. Observó que la misteriosa pasajera tomaba una llave y abría la puerta de un panteón. Permaneció inmóvil a pocos metros.

El cementerio aparecía desierto en aquella hora cercana al cierre. El crepúsculo había condensado allí toda su melancolía; el silencio y el aire helado parecían lo mismo.

De pronto la vio salir con un florero en la mano y desaparecer en un ángulo. Entonces, empujado por una fuerza irresistible, completamente irracional, entró en el panteón; la foto con el nombre de las muertas sobre el mármol, lo paralizó. A su espalda, la puerta se cerró con un estrépito de avalancha. No supo distinguir si había sido el pesado hierro empujado por una ráfaga, o los recuerdos que se desplomaban sobre él para aplastarlo. Los ojos de las fotos lo acusaban, y una puntada en el pecho, intensa, le impidió respirar. Todo se volvió oscuro, tétrico, amenazador.

El proceso fue largo y extenuante para Irma Danielli. Demostrar que era inocente, que no había urdido aquel encuentro, y mucho menos la muerte del chofer Ezequiel González, se transformó en una pesadilla.

El abogado de la familia de González trató de demostrar la culpabilidad de la sospechosa. ¿Por qué había ido Ezequiel al cementerio? ¿Con qué artimañas lo había llevado hasta allí? Tal vez lo había amenazado con un arma, y eso había provocado el infarto.

El hecho causó en la opinión de la gente una conmoción mayor a la de veinte años atrás cuando González había arrollado a la hija de Irma y a la niña de dieciocho meses que llevaba en brazos. Luego de la embestida brutal con el auto, lanzado a una velocidad desenfrenada, mientras corría una carrera, el culpable había huido. Detenido y juzgado, sólo había cumplido una condena de un año y tres meses por homicidio involuntario. La justicia, una vez más, había pronunciado un veredicto de ciega.

Poco tiempo después de haber quedado en libertad, González encontró un trabajo gracias a la amistad de su padre con el dueño de una empresa de colectivos de media distancia.

En los días posteriores a aquella tragedia, Irma cayó en una profunda depresión que la obligó a permanecer en su casa por mucho tiempo. Los medios pusieron en circulación el rostro de su marido, quien daba detalles sobre el caso. El culpable nunca había visto a la madre de la víctima. Ella, en cambio, lo había observado tantas veces! Y hasta conservaba una foto publicada en un diario rosarino. Por esa razón, cuando subió al colectivo, lo reconoció de inmediato a pesar de los años transcurridos y del sobrepeso del hombre.

Su hija y su nieta yacían en el cementerio de la ciudad donde había vivido la familia. Después de la muerte de su marido, Irma se había instalado en Rosario junto a una hermana, viuda como ella. No lograba entender cómo había podido subir a aquel colectivo y retener su deseo de gritar al hombre todo su dolor y su rabia. Sin embargo, algo le decía que un día se haría justicia para esos dos seres tan amados.

Ni siquiera sentía odio por el asesino, pero sus ojos se transformaban ante él. Intuía que una intervención del destino habría cambiado el rostro lleno de complacencia del chofer. Confiaba en una fuerza superior capaz de obrar con verdadera justicia. El 8 era su esperanza.

El hombre la había seguido hasta el cementerio el 8 de agosto de 1988. El 8 del 88- se dijo. Lo había encontrado al cabo de veinte años, un 8 de marzo; y había ocupado el asiento número 8. ¿Era una señal del destino o de aquella fuerza superior sin nombre?

Recordó por enésima vez el epílogo de la tarde en el cementerio: sobre el piso yacía el cuerpo del hombre; le bastó un momento para darse cuenta de quién se trataba. Miró, durante un momento prolongado, las fotos y sus labios esbozaron una sonrisa mientras colocaba las rosas en el florero. Permaneció aun varios minutos hablando con ellas, segura de que el chofer ya estaba muerto.

Con paso lento, se encaminó a la oficina del custodio, fingió gran agitación y narró lo sucedido. El hombre palideció y se precipitó hacia el teléfono, pidió una ambulancia y también llamó a la policía.

En el hospital más cercano, el médico declaró que, presumiblemente, el fallecimiento se había producido a causa de un infarto.

Las investigaciones relacionaron la tragedia del ‘68 con la muerte de González. Se desataron las más diversas conjeturas; algunos afirmaban que aquella había sido “una venganza de la pobre madre”, mientras otros se alegraban del final del hombre; pero las pruebas demostraron de modo contundente el motivo de la muerte: un infarto de miocardio. Lo que nadie logró explicarse fue por qué razón el chofer había ido a aquel lugar. La opinión del juez coincidió con la de mucha gente: la conciencia que, habiéndolo acusado sin cesar, lo empujó finalmente a presentarse delante de los féretros de sus víctimas y, entonces, el corazón no había resistido semejante impacto.

Irma sonreía, sabía que cuanto se comentaba no era verdad. Continuó con sus visitas de los jueves llevando las rosas-las flores preferidas de su hija-. Tenía la mente más serena, sus queridas muertas podrían  por fin descansar en paz.

 

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Teresa G. Minhot Profesora de Francés; ex Prof. de francés del Instituto Superior Olga Cossettini Ex. Prof. de francés en Humanidades y Arte y Escuela de Música Prof. de Literatura francesa en la Alanza francesa de Rosario. Miembro de la Asociación argentina de Literatura francesa y francófona. 5º Premio Certamen Literario Nov. 2012 del "Grupo de Escritores Argentinos" médico Clínica-UNR.org