NUMERO 107 - marzo

Relato


Cuando lo vio entrar, Guillermo tuvo esa sensación que denominamos “deja-vú” y que, en una posible traducción, quiere decir “volver a vivir lo ya vivido”. Palabra hermosa, por su exotismo, por su u acentuada al final, porque remite a otras religiones y culturas, a otras cosmovisiones, y porque es un acertijo para los estudiosos de la mente y del cerebro. “Este gordo”, pensó Guillermo, tras ese instante de perplejidad en el cual se sintió derrapar por los bucles del tiempo, “Por… cel, Por… tales, Por… cino, ya estuvo hoy acá”.

-Hola Doc… -lo saludó confianzudamente el tipo mientras se acercaba con la diestra extendida. En el brazo, todavía se destacaba el algodón y la cinta blanca que confirmaban que se trataba de un regreso, de una vuelta, y no de una proyección de su inconsciente o cualquiera de esas hipótesis con aromas fantásticos. –Carlos Porchia, ¿me recuerda? Estuve a las siete de la mañana… -dijo, apretando con convicción la blanda mano que el bioquímico le ofreció en un acto reflejo. La presión, en parte inesperada, anticipó en su cabeza la inminencia de una situación intimidante.

-Dirá usted… ¿en qué puedo ayudarlo?

-Verá… quiero pedirle algo, una nada, una nadita: los análisis me tienen que dar bien, ¿entiende? Colesterol, Trigli, Glicemia, todo, todo tiene que darme como si fuera una de Las Leonas…

Guillermo sonrió desconcertado. El pedido era ingenuo, por no decir absurdo o estúpido, y quien lo formulaba no parecía poseer ninguno de esos tres atributos o defectos.

─ De acuerdo. Ojalá ─dijo manifestándole sus buenos deseos, porque era claro que no dependía de él.

─ Ojalá ─repitió Carlos Porchia.

─  Ojalá ─insistió Guillermo.

─ ¡Ojalá! ─se exaltó el paciente. y su voz, su deseo, su invocación a Alá sonaron como una extraña amenaza.

Pero no era el bioquímico un hombre temeroso, cobarde, de esos que se dejan doblegar por las impresiones. Vio marcharse, bamboleándose, el cuerpo desmedido, obeso, de Carlos Porchia, y sus pensamientos solamente se dirigieron a esa manía de la gente así a deformarse, a arruinarse por ingerir cantidades desmedidas de alimentos. Luego, por lógica, volvió a su trabajo y sepultó aquella escena curiosa, al punto de olvidarla pocas horas después.

Tampoco la recordó a los tres días, en parte porque no fue él quien entregó el informe si no su secretaria, y también porque la persona que los retiró, después se supo, no fue el mismísimo Carlos en persona. Dicha misión había sido asumida por una cuarentona delgada y llamativa, de largas piernas terminadas en tacones que sonaron como cadenciosos martillazos en las baldosas del laboratorio. Guillermo la vio de reojo, mientras ella se dirigía a la oficina donde se retiraban los estudios, y ni se le pasó por la cabeza asociarla con el gordo aquel, ése que, como dije, había sido exiliado de su memoria. Por desgracia porque la tercera vez que lo vio, al día siguiente, no lo reconoció al primer vistazo. Por dicha razón, no tuvo tiempo de correr hacia el interior de la clínica y refugiarse en la sala de extracción, la única con la cerradura en buenas condiciones. En cambio, se quedó ahí, con unas probetas en la mano, observando cómo el recién llegado avanzaba hacia él con actitud hostil, intimidante.

─ ¿No le dije, Doc? ¿No se lo pedí claramente? ─protestó Carlos Porchia antes de anudar los dedos de su mano derecha en las solapas de la blanca chaquetilla de Guillermo. ─ ¿Qué parte no entendiste de que tenía que darme todo perfecto?

El bioquímico no consiguió reaccionar. Quizá no esperaba una agresión física, precisamente porque no se consideraba merecedor de esta, aunque también porque su profesión solía asignarle el rol de agresor cuando ataba con firmeza cánulas de goma en los brazos y pinchaba con delicada precisión las venas ajenas. Sin embargo, estaba ocurriendo que era el agredido y el gordo lo empujaba contra la pared, mientras él, tratando de sujetarse de algo, desparramaba Erlenmeyers, tubos y jeringas descartables que caían al suelo.

-Pero qué quiere que haga… ¿qué puedo hacer si sus resultados no fueron los ideales? –lloriqueó Guillermo mientras su nuca rebotaba contra algo sólido y el dolor del impacto se esparcía por su cuerpo.

-¿Qué? ¿Qué dice? ¿Ideales? –lo increpó Carlos Porchia - 300 de colesterol, triglicéridos, usted es una basura. Vengo acá a que me haga un control de rutina y usted me pone todos los valores para la mismísima mierda.

-Eso será lo que tiene, así habrán dado los análisis… si quiere los hacemos de nuevo para confirmar que no me equivoqué…

-No, no, no… nosotros habíamos quedado en que me iban a dar bien. ¿No se acuerda? ¿O yo no fui claro? Si usted dijo “Ojalá”, dijo “ojalá” y me guiñó el ojo… ¡Hipócrita! –se embraveció Carlos, volviendo a hacer chocar la laxa fisonomía del bioquímico contra la pared del fondo del laboratorio.

Guillermo pensaba en que nada malo, nada peor, iba a ocurrirle: había actuado con ética, cumplido su labor, había hecho su trabajo irreprochablemente. El equivocado era el otro, el enfermo que, de pronto, lo golpeaba sin piedad en el abdomen, en el vientre, y provocaba que él cayera, de rodillas, frente a esas piernas gruesas, grasosas, macizas.

-Ahora mi esposa va a ponerme a dieta, hijo de puta. Con el discurso de que quiere cuidarme, de que tengo que cuidarme, me la voy a pasar a puré de calabaza y filet de pechuga sin sal… por tu culpa… van a matarme…- se lamentó el gordo, una imagen patética, francamente, que daba vergüenza ajena tener que escuchar a semejante bestia quejarse por algo que, en el fondo, no es tan grave. Peor es el glifosato, o estar jubilado.

Antes de que el puño cayera, letal, contra su tabique, Guillermo sopesó dos descubrimientos divergentes. El primero, que si su secretaria fuera más despierta, quizá consiguiera salvarse y, el segundo, aunque le parecía absurdo,  si le ofreciera a Carlos Porchia cambiarle los resultados de sus análisis por los de un paciente sano, tal vez, aunque fuera ridículo y una mentira, el gordo dejaría de golpearlo.  

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Federico Gonzalo Ferroggiaro es Periodista / Profesor Universitario en Letras (U.N.R.) Encargado de prensa de la U.T.N. - Rosario y docente. Obtuvo, entre otras distinciones, el Segundo Premio Ciudad de Rosario (2008) que consistió en publicación de su libro de cuentos "El pintor de Delirios" (Editorial Municipal de Rosario, 2009).