NUMERO 108 - mayo

Nuevo libro

          

En el mundo, en general, y en Europa, en particular, el XIX fue el siglo de la Revolución Industrial y de la expansión de Occidente. En el lapso de pocas décadas la civilización europea  abarcó el planeta entero, rompió las vallas de otras civilizaciones e integró al mundo en una intrincada red económica y política.

          Una de las consecuencias fue producir un intercambio de productos manufacturados por materias primas. Así, los mares comenzaron a ser surcados en todas las direcciones; viejísimos puertos cobraron vida, otros salieron casi de la nada como bocas de expendio y recibo de las novedosas mercaderías. Pero, claro está, junto con ellas viajaron los gérmenes y muchas regiones de Asia que sufrían, desde tiempos inmemoriales, afecciones endémicas en un cierto estado de equilibrio biológico, las exportaron a poblaciones vírgenes y carentes de inmunidad en Occidente, donde estallaron violentamente con renovada fuerza. 

          Se puede concluir que el intercambio de enfermedades fue compañero inseparable del contacto entre los pueblos desde siempre, y fue -como se dijo- el siglo XIX un emblemático ejemplo de esta realidad. Europa exportó sus males a América, Asia y África, y a su vez recibió la de los tres continentes para reexpedirlas a las regiones todavía intactas del mundo, libre de gérmenes. Si el relato anterior ocurría en el siglo XIX debe imaginarse el lector qué es lo que sucede en la actualidad debido a los rapidísimos y globalizados viajes intercontinentales y al calentamiento del planeta. Se suma a esto un importante factor - condicionador epidemiológico-, el fenómeno de “El Niño” que, como era de esperar, hizo que las poblaciones de mosquitos se expandieran exponencialmente, por lo que la OMS debió declarar al zika como una emergencia internacional (2016) por su posible relación con miles de casos de microcefalia en bebés.

           Aún hoy, en los barrios pobres y en las aglomeraciones de personas que viven hacinadas y sin higiene, o de manera precaria en cualquier ciudad del planeta, las enfermedades infecciosas encuentran un eficaz y eficiente hábitat y medio conductor. Cada brote epidémico se cobra millares de vidas y se propaga de país en país sembrando estados de pánico masivo a pesar de los adelantos científicos.

          Volviendo al siglo XIX, la medicina no tenía mucho que decir y menos para evitar esas epidemias. Se ignoraban las causas de las enfermedades infecto contagiosas. Todo eran teorías e hipótesis. Por la mente de nadie pasaba la extravagante idea de que un germen microscópico pudiera provocar las terribles matanzas que ocasionaba el cólera (morbo azul), la peste bubónica (peste negra), el carbunclo o ántrax (peste verde) y la difteria (enfermedad gris). Al no conocerse las causas era imposible atacar los efectos; se trataba de luchar a ciegas contra un monstruo. Así como los virus hoy, cualquiera haya sido la patología de entonces, los culpables de todo eran los miasmas; llamando así a los efluvios o emanaciones nocivas que se suponía desprendían los cuerpos enfermos, las sustancias corrompidas, las aguas estancadas y los aires enviciados. Es decir, un concepto confuso y difuso sin fundamento para explicar lo inexplicable.

          Recién en 1850, en países avanzados, surgió una conciencia sanitaria que alcanzó importante incremento antes de iniciarse la era bacteriológica,  a la que abrió paso. Sí, esa conciencia afloró en países ya desarrollados, pero no en nuestro medio en donde ni siquiera existía el país. Deberían pasar unos cuantos años, pues lo que prevalecía entonces eran las luchas entre Unitarios y Federales quienes no pocas veces, aquellos Unitarios devinieron en feroces Federales y éstos en acérrimos Unitarios. Marca registrada que, desde el siglo XIX, fue una indeleble señal que se proyectó a los argentinos de la actualidad en general y a la clase política en particular.

La epidemia azul o morbo cólera

          La esencia de este libro está relacionada con una feroz epidemia de fiebre amarilla sufrida en la ciudad de Buenos Aires, en el año 1871. No fue la única, y por eso requiere dedicar y sumar algunas breves líneas a otro flagelo que azotó a la población, el llamado morbo azul.

          El Vibrio cholerae, fue aislado y determinado como responsable del cólera por el anatomista italiano Filippo Pacini, en 1854. Este descubrimiento será ignorado por el predominio de la teoría de los miasmas, atribuyendo la responsabilidad del cólera (y de otras enfermedades que eran de origen desconocido) a la mala calidad del aire.

          Treinta años más tarde (1884), Robert Koch que no conocía los resultados de Pacini, publicó las conclusiones de sus trabajos y los medios para luchar contra la enfermedad. Como homenaje al investigador italiano, en 1965, la bacteria fue renombrada como Vibrio cholerae (Pacini, 1854).

           En cuanto a los cinco golpes aniquiladores del cólera que se abatieron sobre el planeta en el siglo XIX, cada uno de ellos fue más fuerte y expansivo que el anterior. El tercero fue una pandemia que abarcó el mundo entero y la Argentina  no estuvo exenta. Un barco procedente de la India trasladó esa enfermedad, originaria del delta del Ganges, al puerto de Bahía Blanca, donde se dio el primer brote de cólera morbo en nuestro país. Eso ocurrió en 1856  y afortunadamente no se expandió más allá de la puerta de entrada.

          Luego de los anteriores episodios, la ciudad de Buenos Aires vivió tranquila, sin recibir la terrible visita de enfermedades exóticas. Hubo epidemias, sí, de enfermedades que eran viejas conocidas por los porteños: brotes de viruela, sarampión, fiebre tifoidea, que no alcanzaron proporciones alarmantes.

          Aquella tranquilidad, aquella paz sanitaria finalizaría abruptamente en el año 1865 cuando se generó la cuarta pandemia que se extendió durante diez años por todo el mundo. Llegó a América del Sur en 1867 mientras se estaba desarrollando la guerra del Paraguay.  En nuestro país comenzó en Paso de La Patria y se caracterizó por la intensidad, la rapidez de propagación y la enorme cantidad de casos fulminantes. Se expandió por todos los campamentos aliados y saltó a las filas paraguayas. El morbo fue tan letal que hasta la misma guerra entró en receso. La cantidad de muertos por el cólera fue superior a la provocada por las armas. Jóvenes robustos y de gran físico se transformaban en temblorosos esqueletos recubiertos de piel reseca y quebradiza, en pocas horas, y finalmente morían entre diarreas y vómitos que exprimían sus cuerpos.

          El mal descendió por el Paraná, principal vía de comunicación de los ejércitos aliados, y llegó a la pequeña, entonces, ciudad de Rosario, donde creó un serio problema sanitario. Fue en esa ocasión que se produjo la muerte de Elvecio y Bruna; su pequeño hijo Tommaso, huérfano de toda orfandad, fue adoptado por el doctor Hutchinson quien vivía en esa ciudad y asistió, con calidez humana y calidad profesional, a sus padres hasta el momento de sus respectivos fallecimientos. Los nombres propios de las personas utilizados en este párrafo son de tres de los  protagonistas que conforman la trama novelada de este libro y con ellos nos encontraremos más adelante.

          Desde Rosario, en muy poco tiempo más, el vibrión colérico llegó a la capital de la República donde estalló furiosamente, provocando el primer pánico colectivo en la población. Quienes pudieron o tenían donde ir salieron fuera de la ciudad, huyendo de la catástrofe. Hubo tumultos generales por la desidia y desorganización de las autoridades. El mismísimo vicepresidente de la Nación a cargo de la Presidencia, Marcos Paz (Bartolomé Mitre, el presidente, estaba como comandante en jefe de las operaciones de la guerra infame),  enfermó y murió a los pocos días, el 3 de enero de 1868. En síntesis, una enfermedad de síntomas intolerantes y terroríficos y de elevada mortalidad que dejó, sólo en la ciudad de Buenos Aires entre 1867/68, más de 8.000 muertos produciendo una reacción de temor y angustia, originada por la ignorancia en que se debatía la medicina acerca de los orígenes del mal, a pesar de que ya existían estudios que los demostraban. En 1858, John Snow, destacado médico inglés, considerado el padre de la epidemiología moderna, realizó observaciones casi evidentes que determinaban que los excrementos humanos eran portadores del germen que originaba la enfermedad, e informaba que la suciedad y la falta de higiene eran causantes primordiales de su propagación, y el agua era el vehículo en que esos gérmenes se trasladaban.

           Muy lejos de la Alemania de R. Koch, la Italia de Pacini y la Inglaterra de Snow, en el mismo lapso de tiempo de la irrupción del cólera en la Argentina (1867/68), una epidemia similar sacudió a La Habana. Era un tiempo de escasas comunicaciones científicas y Cuba, un pequeño país, colonia de otro, sin peso científico en Europa. Allí, en esa pequeña isla, un ignoto médico, Carlos Finlay, razonaba sobre la base de la experiencia recogida a diario. Antes que lo hiciera el prestigioso médico alemán, éste había planteado la hipótesis, o tenía la fundamentada sospecha, de que el agua era de letal importancia en la propagación de la enfermedad.

          Finlay no era entonces un científico puro, no era hombre de laboratorio sino de consulta, y la medicina la leía más en los enfermos que en los libros. De tan sólo treinta y cuatro años, formal e inexplicablemente, su especialidad era la oftalmología. Con perspicacia y agudeza extrema, propia de lo que más adelante serán los epidemiólogos, observó que en determinada calle los casos de cólera se producían sobre una de las aceras y no sobre la vereda de enfrente. Sobre la que se produjeron los casos vivían familias pudientes que se abastecían de agua corriente extraída de un río cercano, y una zanja comunicaba a todas sus propiedades. En la acera ¨sana¨ vivía gente pobre que se proveía de agua individualmente de otras fuentes. Esta situación podría haberlo confundido porque se daba a la inversa de lo que era de esperar. Aquella zanja ¨pudiente¨ o acequia proveedora de agua, comenzaba justo en la desembocadura, y fue allí donde había caído la primera víctima del cólera. Procediendo con lógica, la deducción que hizo fue que éste era el punto inicial del contagio que se había realizado por vía oral y que el vehículo en que viajó el germen era el agua de consumo. El importante consejo sanitario que surgió de esta observación fue que había que hervir el agua antes de consumirla. Ni él ni las personas que consumieron agua hervida enfermaron de cólera.

          Lamentablemente, las observaciones de Finlay no tuvieron eco en las autoridades sanitarías, médicas o gubernamentales. Estas descartaron tan relevantes observaciones para atenerse a las clásicas teorías miasmáticas o a las influencias atmosféricas y la porosidad del suelo, para explicar algo que por ese camino era fatalmente inexplicable. Nada de esto hizo mella en el espíritu y en las convicciones de Finlay, al contrario, él no tenía dudas de que por sus estudios estaba predestinado para destacarse en importantes investigaciones y descubrimientos epidemiológicos. No se equivocaría. Un capítulo de este libro está dedicado a destacar las vicisitudes de su vida y de sus investigaciones, y las importantes líneas de observaciones propias de un epidemiólogo cuando esta especialidad no existía formalmente en la medicina.

 

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Osvaldo René Pamparana es Bioquímico procedente de la facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata. Es autor de numerosos artículos, ensayos, cuentos y novelas breves. Por su labor cultural recibió, entre otras distinciones el premio Santa Clara de Asís y fue nombrado Ciudadano ilustre de la ciudad de La Plata. Se presentarán los capítulos sucesivos de su libro La Medicina y el Arte Correspondencia a: opamparana@lpsat.com