NUMERO 110 - setiembre

Relato



             "El horror de mi infancia era que yo sabía que se acercaba el tiempo

              en que debería renunciar a mis juegos y eso me parecía intolerable.

                        Entonces resolví seguir jugando"

                                                      James M. Barrie

 

Domingo 15 junio 2018.

Estadio Luzhnikí, Moscú (Rusia). Plaza San Martín, Rosario (Argentina).

Caminan el terreno de juego sigilosamente. Levantan la frente y miran a su alrededor. Sus corazones laten a la misma frecuencia, separados por 13.400 kilómetros de distancia. No es una tarde más. Suspiran profundamente al unísono mientras, entre papeles multicolores y lágrimas del cielo, la pelota comienza a rodar.

Minuto 55. La selección gala se impone 2 a 1 a Croacia en la final de la Copa del Mundo de fútbol. El francés N'Golo Kanté pide el cambio. Se siente destruido física y mentalmente. Las estadísticas dirán que, hasta el inicio del partido, era el cuarto futbolista que más kilómetros había recorrido durante la competición. Sin embargo, el andar de este pequeño moreno, cuya potencia se esconde en su reducida anatomía, comenzó muchos años atrás peregrinando diariamente las calles de París, buscando tesoros perdidos entre la basura. Al mismo tiempo, endurecía el pecho y sus pies desnudos. Su madre, quien eligió aquel nombre para su hijo mayor en homenaje a un antiguo rey de Mali que, partiendo de la nada, conquistó todo, invirtió hasta lo que no tenía para vestir esas garras con un par de botines. Eludiendo piedras y remontando ilusiones, N´Golo creció a puro sacrificio. Nada lo detuvo, nadie lo dejó sobre la lona: ni su dura infancia, ni la muerte de su hermano antes del comienzo del Mundial, ni una caprichosa gastroenteritis horas previas a los noventa minutos más importantes de su vida. La historia ya es conocida por todos, la quimera se transformó en realidad. A las sombras de los flashes, Kanté toma el trofeo tímidamente y besa aquel talismán dorado con el orgullo del deber cumplido.

Se escapa el sol en la intersección de Moreno y Córdoba. El rústico reloj color musgo de la esquina, esconde la hora detrás del cristal empañado. Los últimos resabios de praliné quemado son revolcados por el frío invernal. Lorenzo, que en el pan y queso ni siquiera fue elegido, no encuentra el rumbo en aquel picado impredecible. Arrastra uno de sus tobillos cargando una mochila de decepciones, mientras gambetea las hojas de otoño sin encontrar respuestas. La camiseta apolillada con el número 13 estampado, oculta un mapa de cicatrices. Su inexorable instinto de supervivencia intenta recobrar el último aliento de energía. Hasta que sucede lo inesperado, una escena de realismo mágico que sacude el tiempo. Entrando por sorpresa desde la esquina de Dorrego y Santa Fe, una estilizada galga corre flameando un pañuelo verde en su cuello y golpeando contra el tórax una chapita con las iniciales “GK” grabadas. Apunta y tira un centro casi perfecto a la cabeza del eterno luchador. En el mismo instante, un niño de maxilar prominente, con pecas estampadas en los cachetes, tropieza soltando su globo dorado que sale despedido hacia las nubes. La pelota se amortigua impactando en el esférico cargado de aire ante la mirada atónita de Lorenzo, quien inesperadamente salta y hace una pirueta resolviendo, mágicamente de chilena, encarnado en el fantástico Oliver Atom. Gol. Pero qué digo gol, recontra golazo habrá gritado alguna radio. El autor de semejante poesía sale corriendo al encuentro de su asistidora, para fundirse en el abrazo de los invisibles. Se suman el resto de los “sin marcas”, los nadies. Un pilón de patas mestizas entrelazadas celebrando el rescate con destino a la gloria. Dicen que se sintió hasta en el último piso de la Maternidad Martin. De Rosario al Mundo. El condenado a ser eternamente nadie tuvo la osadía de los invencibles. Le ganó al desprecio y sus secuaces. Ya no achina los ojos por miedo a los golpes, sino que recibe esa mano que lo repara. Sonríe y descubre sus colmillos oxidados. El viejo “Lolo” mira a la cámara y le saca la lengua al destino. En el último cuarto de hora, casi de carambola, dio vuelta el partido más difícil: el de la vida.

Una semana más tarde, la televisión nos regala imágenes del plantel completo del nuevo campeón mundial de fútbol recorriendo la majestuosa avenida Champs-Élysées. Un colectivo descapotable desfila a paso lento desde la Torre Eiffel, en dirección al Arco del Triunfo. La multitud agita los brazos y Kanté saluda incrédulo. Veinte años atrás, su otro yo de siete años no pudo estar entre la muchedumbre festejando el primer título francés, porque las circunstancias lo empujaron a arreglarse contra el universo, sobreviviendo en los suburbios parisinos. Dice el gran Sacheri que a veces el fútbol se parece tanto a la vida, que da miedo. Y vaya que es así. Del otro lado de la pantalla, Lolo apoya su cabeza en el arco de los sueños, con el placer y la paz de sentirse victorioso. Su historia de superación escribió el mejor de los capítulos. Convirtió el gol que todos deseamos. Él ya ganó. Y el niño del globo dorado también.

Nota al pie: En las historias modernas no hay príncipes ni superhérores, siempre son “ellas” las que nos rescatan.

 

 

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(*) Esteban Crosio es Médico residente de Hemoterapia e Inmunohematología de la ciudad de Rosario. Docente de la Cátedra de Histología y Embriología de la Facultad de Ciencias Médicas (UNR)