NUMERO 111 - noviembre

En el Arte también existen las historias de vida


“Cuando no hay energía, no hay color, ni forma, ni vida.”

Caravaggio

 

Dotado de un gran talento artístico tanto como por una polémica vida privada. Genio loco y atormentado, artista violento... El “chico malo del Barroco” que acumuló un grueso expediente con antecedentes: arrestado por llevar una espada sin permiso en 1598; demandado por golpear a un hombre con un bastón en 1600; acusado de insultar y atacar a otro hombre con una espada en 1601; implicado en un asalto a un camarero tras servirle alcauciles en una taberna en 1604; arrestado por arrojar piedras a un policía ese mismo año, etc., etc. Y finalmente, el veintiocho de mayo de 1606, sentenciado a muerte por matar y mutilar a un hombre durante una pelea en Roma (Ya sea por un asunto de honor, por una mujer o por una deuda atrasada, tras lanzarlo al suelo, Caravaggio no dudó en derribarlo y en mutilarle el pene mientras lanzaba “una carcajada cargada de ira”. La incisión no fue precisa y en vez de castrarlo, le cortó una arteria, causándole la muerte)

Emocionalmente inestable, pasaba de la agresión al insulto sin mediar opciones, derivando rápidamente en peleas, incluso con armas. Definitivamente, era pendenciero y violento .Y si se libró de pasar el resto de su vida en la cárcel, fue porque tenía importantes amigos tanto en Roma como en Milán, Nápoles y en la Isla de Malta, lugares en los que se refugiaba luego de que los hechos delictivos derivaran en su expulsión del territorio en donde se encontrara. Por ejemplo, en Nápoles fue víctima de un atentado que le dejó la cara desfigurada y el ánimo todavía más desquiciado. Algunos, incluso, lo dieron por muerto. La persecución contra el pintor se intensificaba. A esta altura de su vida había acumulado demasiados enemigos. Dormía armado y creía que todos murmuraban contra él.

Si algo puede definir la obra de Caravaggio es, precisamente, esa lucha entre la luz y la oscuridad que imperó en su propia vida, así como su capacidad de mezclar lo sagrado con lo profano a través de personajes que irradian miseria. Y es que esa fue la clase de personas que lo rodeaban, de baja escala social. Ancianos, mugrientos, mujeres públicas, niños callejeros… el pintor realizó una suerte de crónica callejera.

En el último verano de su vida, en 1610, Caravaggio recibió al fin permiso para volver a Roma con sus escasas posesiones a cuestas, gracias a un indulto papal sobre su persona (algunos autores sostienen que aún no le habían concedido plenamente el permiso). Sin embargo, haciendo escala en Porto Ercole fue encarcelado brevemente por un guardia español que le confundió con otro individuo, y el barco que lo trasladaba zarpó hacia Roma sin él. Se dice, en términos de la leyenda, que su corazón no resistió el intento desesperado por alcanzar el barco que se alejaba hacia Roma. Al llegar a un lugar de la playa, se arrojó al suelo. Sin ayuda humana, en pocos días, “murió malamente, como malamente había vivido”.

En realidad, se sospecha que pudo fallecer a consecuencia de la malaria que sufría desde su juventud, así como  por la complicación de las heridas sufridas en Nápoles. Otra hipótesis es que murió de una insolación (cabalgó bajo el sol de un julio abrasador); y que los españoles de Nápoles ocultaron las circunstancias de su muerte para poder quedarse con los cuadros que el pintor llevaba consigo. Además, el pintor padecía, con toda probabilidad, saturnismo, la llamada enfermedad de los pintores [1]

Tras su muerte, la influencia de su obra perduró e inspiró a otros muchos artistas; sobre todo, en lo relativo al uso del claroscuro, a la interpretación del realismo psicológico y al dramatismo que transmiten sus obras.


Su última obra, El martirio de santa Úrsula, es tal vez la más oscura y lúgubre de su colección, reflejando su estado de depresión en aquellos días.  En el cuadro, la santa atraviesa uno de los momentos de mayor intensidad, acción y drama en su martirio, cuando la flecha disparada por el rey de los hunos la hiere en sus senos. El entorno de los personajes desaparece en un fundido a negro total. Un foco de luz ilumina potentemente sólo los cuerpos, habitualmente en posturas tensas, duras, forzadas. Sus rostros son de expresión violenta, en ocasiones brutal, con un cierto aire canallesco muchos de ellos. El Tenebrismo por su parte es una nueva forma de construir la estructura y la composición del cuadro a partir exclusivamente de la luz, una luz de contrastes. 

 

 

La cena de Emaús

Esta pintura muestra muy bien las dos grandes características de la obra de Caravaggio. Por un lado el tenebrismo, es decir, el fuerte claroscuro o contraste de luz y sombra en un cuadro. La mayoría de la escena queda en penumbra, haciendo destacar con más fuerza las zonas resaltadas por la luz, y logrando una gran sensación de volumen en las figuras. Por otro lado el marcado naturalismo, es decir, la representación de la realidad de una forma cruda, sin omitir los detalles desagradables, sin idealizar. De tal manera que al pintar a unos viajeros de clase humilde que se disponen a cenar después de un largo viaje, lo hace mostrando unas ropas sencillas, sucias y desgarradas por el uso, con unos rostros y cuerpos de gente corriente; y no a un grupo de héroes griegos, con el torso medio desnudo y marcada musculatura, como sucedía en el Renacimiento.

 

Saturnismo: la enfermedad de los pintores.  El saturnismo, intoxicación crónica por el plomo, cólico de los pintores, plumbismo o plombismo  (de todas estas formas se la llama) es un problema de salud pública y también una enfermedad profesional. Últimamente ha disminuido su incidencia, en los países desarrollados, gracias a las medidas preventivas adoptadas por las autoridades, tanto en el ámbito laboral como en el de la salud pública; aunque todavía hay lugares donde continúa siendo una grave preocupación de salud, que afecta sobre todo a los niños porque son más susceptibles de padecer la enfermedad. En 1817, Mateo Orfila (1787-1853), el padre de la Toxicología, llegó a decir: “Si juzgásemos el interés que algún asunto médico despierta por el número de escritos que ha merecido, no tendríamos más que considerar a la intoxicación por el plomo como el más importante de todos aquellos que han sido tratados hasta hoy.”

 


[1] Por aquellos tiempos no se tenía ni idea de los problemas de salud generados por el  mercurio, por el plomo u otros metales. La mayoría de los colores para pintar  surgían a partir de diversas piedras que machacaban o molían hasta obtener polvos que, indefectiblemente, se respiraban.  Además mezclaban aceites y se añadía sustancias de cohesión, incluso secretas, pues todos los artistas aplicaban  técnicas personales, que escondían con recelo. La obtención de los pigmentos necesarios para luego combinarlos en la paleta y lograr así́ los colores buscados, constituía una tarea compleja y peligrosa. Para tener una idea, el color rojo podía lograrse tanto a partir del bermellón, es decir, del sulfuro de mercurio, del minio plúmbico (dos agentes extremadamente tóxicos), del óxido de hierro, de las raíces de determinados arbustos o bien del carmín extraído de los cuerpos disecados de algunos insectos. Y a pesar de que la mayoría  trabajaba bastante deprisa, era inevitable que pasaran muchas horas pintando a fin de cumplir con los encargos de obras en los plazos contratados, comprometiéndose la mayoría de las veces más de lo posible.

 

 

 



1

María José Goás es oriunda de La Plata. Se ha desempeñado como docente en Artes Visuales, Historia del Arte y Diseño Industrial en numerosas Instituciones de su ciudad natal y en el Atelier de las Artes que fundó en el año 1984. Por su actividad en Investigación, Gestión Cultural y Producciones Visuales interviene como colaboradora y panelista en Convenciones Nacionales e Internacionales desarrolladas en diversas Universidades del país. mariajosegoas@gmail.com