NUMERO 112 - enero

¿Qué hay de común entre las páginas de un libro y la lente de un microscopio?



Un hospital londinense estaba solicitando urgentemente permiso para separar a los gemelos y salvar a Mark, que tenía el potencial de ser un niño normal y saludable. Para hacerlo, los cirujanos tendrían que pinzar y a continuación cortar la aorta compartida, matando de este modo a Matthew. […] Sus amantes padres, católicos fervientes que vivían en un pueblo de la costa norte de Jamaica, serenos en sus creencias, se negaban a aprobar el asesinato. Dios daba la vida y solo Dios podía quitarla.

Ian Mc Ewan (2014) La ley del menor

 

Está en el origen de Medicina y Cultura. Esta necesidad de afirmar que la biología no es solo biología, que la medicina no es solo medicina, que hoy se entremezclan disciplinas de una manera que nunca nos hubiéramos imaginado antes. Lo dijo C. P. Snow en el siglo pasado y lo repite con más énfasis que nadie el prestigioso científico Diego Golombek. Así de simple: […] “vale la pena entrenarse para ser, al mismo tiempo, poeta y científico: buscador de hermosuras, explorador de la belleza escondida bajo el microscopio, en una ecuación, en las fórmulas de la química y de la vida. De eso también se trata la ciencia”

Así comienza mi comentario sobre La ley del menor, otra novela de ese escritor hacia el que ya no puedo disimular mi admiración, y que me da la oportunidad de celebrar otra coincidencia con Golombek. Hablando  de la cercanía entre el arte y la ciencia, él se pregunta en especial por la intimidad con la literatura. porque “¿qué es un paper sino un ejercicio literario, retórico, un intento de convencer al mundo […] de que tenemos la posta en cuanto a nuestros resultados?”. Y más adelante: “¿Cómo explicar si no la adicción que nos genera un Mc Ewan?” […] Y es cierto, quien lo leyó vuelve una y otra vez a buscarlo en las librerías. Y, como en otras oportunidades, en esta nueva novela, el inglés, con su maestría sin par, mezcla la literatura con la medicina, la bioética y el derecho. No hay otra manera de escribir y tampoco hay otra manera de ser médico.

La ley del menor combina es la historia de una pareja de la que la mujer, Fiona, es el personaje alrededor del cual se entrama el resto de la novela. Ella es jueza de menores, una jueza prestigiosa que, como se lee en el epígrafe, dictamina en casos de bioética en la que se juega la vida de niños; recién nacidos como los gemelos siameses de los que ya sabemos que uno, el que no tiene ninguna posibilidad de vida, debe morir definitivamente para que su hermano sobreviva.

Pero lo más atrapante de la novela es el caso en que Fiona debe decidir si Adam, un joven enfermo de leucemia, criado en la fe religiosa de los testigos de Jehová, a poco de alcanzar la mayoría de edad, debe o no recibir una transfusión que lo rescataría de un estado muy cercano a la muerte. La ley del menor es una novela; no obstante, no hace otra cosa que replicar cuestiones de la vida real; incluso, situaciones que muchos de nosotros hemos vivido durante nuestro paso por el hospital. Hoy, se respetan las religiones y las ideas (no siempre) y decisiones de los pacientes, aun aquellas en las que se les va la vida. La dignidad y el principio de autonomía, quizás el más valioso de la bioética, nos han enseñado que nada nos autoriza a decidir sobre los enfermos. Pero recuerdo el pasado. Nos hemos encontrado con situaciones muy similares a la que los médicos enfrentan en la novela de Mc Ewan, sí, con testigos de Jehová que impedían la entrada en su cuerpo de una transfusión, así fuera lo último que hicieran en la vida. Sin embargo, los médicos, en la creencia de que hacían el bien haciendo su voluntad, se las ingeniaban para transfundirlos. En otras oportunidades, se ha recurrido a la justicia.

Hay que asistir al juicio oral con los médico tratantes del hospital donde Adam deteriora cada día su hemoglobina por el tratamiento quimioterápico, único tratamiento que la religión le ha permitido. También estaban los padres del joven y los abogados que los representaban; el médico hematólogo tratando de explicar cuál sería el beneficio para Adam, que ya respiraba con dificultad, y el abogado vocero y defensor de la solicitud del hospital que autorice el tratamiento de Adam; Y allí estaba Fiona, acuciada por el tiempo que jugaba en contra de la vida del pequeño Adam.

Así es como la jueza decide entrevistarlo en el hospital. Nada más entrar en la habitación, de la que tiene un recuerdo borroso

 […] ve una cara larga y flaca, macabramente pálida, pero hermosa, con medialunas de moretones violáceos, que delicadamente se desvanecían hacia el blanco por debajo de los ojos, y unos labios llenos que a la luz también se veían algo morados […] los brazos le sobresalían como palos de la bata hospítalaria. Hablaba jadeando, con seriedad […]

Adam estaba convencido de su decisión. Fiona intentó por todos los medios de persuadirlo, y salió convencida de que a pesar de que era apenas un adolescente, sabía a qué se exponía y por qué lo hacía. No era su conducta habitual ir en contra de la autonomía de las personas y de su dignidad. Sin embargo, dijo, “A mi juicio, su vida es más preciosa que su dignidad”. Autorizando, de ese modo, a que el hospital lleve a cabo las transfusiones  para que Adam sobreviva. Así fue.

            |Adam salva transitoriamente su vida. El precio es muy alto. Ian Mc Ewan, un escritor genial, nos muestra cómo se enfrentan los dilemas éticos, a veces, en una misma persona. En Fiona, en quien se entabla la lucha entre la “ley del menor”, sus creencias y las de sus padres, y las de ella misma. Y también en Adam, en quien surge el conflicto entre el amor y la culpa.

 

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Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras. Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición. Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto. Correspondencia a: amaliapati2014@gmail.com