NUMERO 113 - marzo

Nuevo Libro - Capítulo 2


Mauro presentía que el momento más desgarrador estaba próximo a ocurrir. Él, a quien desde joven le tocó vivir las vicisitudes más penosas, nunca se imaginó que el destino estaba a punto de enfrentarlo a la prueba más difícil y lacerante de su vida. La puerta de los amargos recuerdos estaba abierta para que sucediera lo esperado y el nombre Tommaso no dejaba de retumbar cada vez más cerca de la capa más superficial de su cerebro.

          En ese momento, tuvo claro por qué había sido invitado al acontecimiento conmemorativo, y no sólo él había sido convocado, sino también, y era lo que más lo abrumaba, su querida Francesca. No tenía dudas de que tanto él como ella, eran los personajes que estaban retratados en la tela. Ellos, los que habían sobrevivido a la tragedia. Allí, ante la piadosa mirada de los doctores José Pérez y Manuel Argerich, estaba tirada en el piso, muerta, Ana Cristina Bristiani, la madre de Francesca, y más atrás, sobre una cama, muerto también, su padre Dino, su querido y amado amigo al que tanto le debía por haberlo ayudado a crecer sano de cuerpo y alma. A él le debía todo. Por él había llegado a ser lo que hoy era: el gerente del Mercado en donde trabajaron juntos.

         Durante esos minutos la mente de Mauro no se encontraba en el salón, estaba totalmente ensimismado. Alocadamente hurgaba en su memoria y sus recuerdos fueron más allá aún. Ahora sí, casi con seguridad, sabía quién era realmente el disertante, el doctor Tommaso Hutchinson. Recordaba con claridad lo que le habían contado Ana Cristina y Dino acerca de sus amigos Elvecio y Bruna, de su intención de viajar a Canals, adonde nunca llegaron debido a que en Rosario la muerte se les anticipó. Ese pueblo hubiera sido el destino de la existencia y donde crecería el hijo de ambos. Nunca se sabrá cómo hubiese sido su vida allí, en ese pueblo. Adoptado por el magnánimo doctor Hutchinson, la realidad, por ahora sin confirmar, era la que estaba presenciando: Tommaso, era un erudito e internacionalmente destacado doctor, pero casi con seguridad, era el hijo biológico de aquellos inmigrantes que encontraron en Rosario al vibrión que les causó la muerte en menos de una semana.

          Por esa razón, ahora entendió por qué Tommaso había dicho en su disertación que entre él y el vibrión colérico, había algo personal.  Sus padres habían fallecido a causa de la epidemia de cólera, en 1867. Si tuviera la oportunidad de ver de cerca ese broche de oro que lucía en su jabot, ya no tendría más dudas, e incluso si pudiera conversar con él seguramente sus charlas coincidirían en lo esencial y, rápidamente, conciliarían sus opiniones. Sus recuerdos se vieron interrumpidos cuando su esposa Laura lo sacó de la abstracción y le advirtió que Tommaso había preguntado si el señor Mauro Lenti, es decir él, se encontraba en la sala. Sorprendida, Francesca se olvidó del episodio de las miradas, e incrédula observaba a su tío sin poder creer que el joven médico que la había embelesado, preguntara por su tío Mauro.

          Mauro nunca había sentido su cuerpo tan tieso aferrado fuertemente a una silla. Pesado y encorvado por la tristeza de sus recuerdos, se levantó y dijo, con aplomo recuperado:

          -Yo soy Mauro Lenti.

          A una vez todas las miradas convergieron hacia él.

         Tommaso lo invitó a subir al estrado, y hacia allí fue. Caminó erguido y con seguridad. Sabía de lo que se trataba e iba a enfrentarlo con valentía, como siempre lo había hecho en todos los avatares de su vida. Sólo sentía pena por su querida Francesca. El golpe sería demasiado fuerte para ella.        

         El momento cumbre de la conferencia había llegado. Mauro subido al estrado se encontraba junto a Tommaso, quien le preguntó si estaba decidido a ayudarlo a él, al disertante, al joven y respetado médico italiano. 

        Sí, -respondió Mauro- con seguridad. Lo tenía a menos de un metro, y clavó su mirada en lo que le interesaba: la primorosa D, en el reluciente broche de oro 24K. Ya no le quedaba ninguna duda acerca de quién era Tommaso.

         Mauro se vio invadido por una angustiante incertidumbre: ¿conocería Tommaso todos los pormenores y detalles que él sabía  acerca de sus padres? ¿qué relación había entre su fugaz viaje a Rosario y la búsqueda de información acerca de su verdadera identidad? ¿estaría al tanto acerca del origen y el significado de esa primorosa D que lucía en su jabot? Increíbles coincidencias, todo tiene que ver con todo, pensó.

        Francesca no salía de su asombro, y tampoco la tía Laura. No entendían qué estaba sucediendo. Qué tenía que ver Mauro con este evento tan importante en una sala colmada a pleno. ¿Por qué lo había llamado a él?

       Tommaso se dirigió a Mauro y le dijo que le haría sólo algunas preguntas y que, si él querría agregar algo por su cuenta, libremente podría hacerlo.

          Antes de responder se preguntó:

       -¿Qué lo llevaba a exponerse a tan espantoso y dramático recuerdo, en donde Francesca sólo iba a sentir una gran tristeza y un hondo pesar, que por siempre lo llevaría con ella? 

         -¿Por qué no se disculpaba yéndose y protegía a su amada niña?

       Mauro, por su experiencia, sabía que la única versión de la verdad, por más cruel que sea, finalmente se termina imponiendo y, antes o después, nos guste o no, se sabrá la realidad. No tenía sentido postergar su respuesta. No sería natural.

          - ¡De acuerdo, respondió!

-Señor Lenti, si alguna de las preguntas le incomoda, o hace que se sienta mal afectivamente, puede no responderla -dijo Tommaso-.

          Mauro no lo escuchaba, sólo tenía la imagen de Francesca, cuando era bebé.

          El disertante debió repetir la pregunta:

 -¿Conoció usted la casa/conventillo que en el año 1871 se hallaba ubicada en la calle Balcarce 348?

          Como autómata, Mauro comenzó a responder casi sin respirar, hilando palabra tras palabra, sin sentimiento ni dolor.

 -Sí doctor, la conocí y muy bien. En varias oportunidades me he quedado a dormir en esa casa. He pasado muy buenos momentos durante mi juventud. No sólo yo, sino también mi madre.

 -Por lo que usted refiere tan detalladamente, señor Lenti, presumo que conocía a sus dueños.

 -En realidad, no eran dueños sino los encargados de la casa de inquilinato que se encontraba detrás de ella. La respuesta a su pregunta es: sí, los conocía y era como si fueran  mi familia.

 -¿Nos puede contar brevemente al auditorio y a mí, qué recuerdos tiene de lo que sucedió en esta ciudad de Buenos Aires durante los primeros meses del año 1871? En particular, durante esa dura madrugada del día 17 del mes de marzo.

 -La mayoría de la gente que se encuentra aquí reunida –respondió Mauro, no solamente lo sabe, sino que lo ha sufrido. Y yo sé por qué me ha elegido a mí, doctor, para que responda sus preguntas.

        

          Hablaba sin pausas, y mirando primero al auditorio en dirección a Francesca y, luego, a Tommaso.

  No es difícil contar lo que sucedió, fue muy trágico y doloroso. Recorrer las calles de la ciudad en aquellos meses era realmente un camino hacia el calvario. Un camino en  donde como en el “vía crucis”,  cada esquina era una dolorosa estación hacia ese ingrato destino. El haber llegado a este país cuando era muy niño y no conocer su historia no me impide asegurar que Buenos Aires vivió en esos seis meses la catástrofe humana más desoladora desde su fundación. Cerca de 200.000 personas vivíamos en la ciudad. Mucho menos de la mitad, solamente un tercio, quedamos extraviados y desorientados en un paisaje desértico, yermo, devastado, en donde sólo la muerte alada, un ángel exterminador, paseaba su macabro triunfo de 14.000 muertes por las calurosas y polvorientas calles.

El silencio con que el público escuchaba las palabras de Mauro era aterrador, realmente sepulcral. Sólo era entrecortado por penosos e incontenibles llantos y onomatopeyas de horror. La seguridad y el aplomo se apoderaron de Mauro, que estaba transportado a describir los recuerdos que fluían sin control. La historia dejó atónitas a Laura y Francesca, ambas no podían salir de su estado de alucinación; con la boca entreabierta escuchaban lo que hasta ahora sabían que había ocurrido. Lo que pronto conocería Francesca la iba a confundir y alteraría sus sentimientos. Ella era quien iba a derramar más lágrimas esa noche.

             - Sr. Lenti, -tomó la palabra Tommaso- .

    -¿Qué edad tenía usted  entonces, y a qué se dedicaba?

    -Tenía quince años y trabajaba en el mismo mercado en el que trabajo actualmente. Mi jefe directo, evitó decir el nombre, era un inmigrante como yo que, por su dedicación y esmero, había llegado a ser encargado del sector de recepción y despacho de mercaderías que provenían o salían hacia pueblos del interior de la provincia.

  -¿Qué recuerda de los días previos al día 17 de marzo de aquel año?

          No había dudas de que eran preguntas muy dirigidas. Tommaso estaba llevando a Mauro al doloroso hecho central, y             éste lo sabía.

 -Lamentablemente, lo tengo muy presente. A unas ocho leguas de esta ciudad de Buenos Aires, se estaba levantando un nuevo poblado urbano. Esa primitiva población se nucleó en torno de los primeros establecimientos fabriles. Juan Berisso había inaugurado el saladero "San Juan", ubicado al sur del pueblo de la Ensenada de Barragán. Eran aproximadamente 2000 personas a las que había que alimentar y proveerlos de los indispensables alimentos y elementos para sobrevivir, y día por medio una caravana de carretas salía por el camino real al sur con destino a ese incipiente pueblo. Era un viaje que, entre ida, descarga y vuelta, demoraba dos o tres días. Para la salida de la segunda quincena, el día 14, mi amigo y jefe me pidió que lo reemplazara, ya que por esos tiempos su mujer había tenido una beba; y prefería quedarse para ayudar en lo que pudiera. 

       

 

 

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Osvaldo René Pamparana es Bioquímico procedente de la facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata. Es autor de numerosos artículos, ensayos, cuentos y novelas breves. Por su labor cultural recibió, entre otras distinciones el premio Santa Clara de Asís y fue nombrado Ciudadano ilustre de la ciudad de La Plata. Se presentarán los capítulos sucesivos de su libro La Medicina y el Arte Correspondencia a: opamparana@lpsat.com