NUMERO 113 - marzo

Ensayo



Si bien tengo varios caminos para llegar a los lugares que frecuento  habitualmente, muy a menudo, “sin querer”, paso por allí, con el auto, caminando, en colectivo, o en taxi. Y todas las veces, sin pensarlo, de forma casi automática, giro la cabeza y miro. Miro ese lugar, al que no voy a mencionar y donde pasé maravillosos momentos durante muchos años. Y otros, no tan buenos.

Sin embargo, estos últimos fueron filtrados por alguna parte de mi cerebro y, entonces, comenzaron a predominar aquellos en los que fui plenamente feliz. Y, actualmente, me enaltecen de una manera inefable.

Esto que me sucede me ha llevado a hacer varias preguntas:

-¿Tienen que ver las emociones, los sentimientos, con los recuerdos?

En cierta ocasión le preguntaron a Albert Einstein qué hacía cuando  tenía una nueva idea; si la escribía en un papel, por ejemplo… Y él respondió: “cuando tengo una idea nueva no se me olvida”. Es cierto: cuando algo nos emociona demasiado: una experiencia interesante, un momento movilizador, es casi imposible olvidarlo.

Lo que nos conmueve  no se olvida, ya que la adrenalina y los sentimientos activan el hipocampo y la corteza cerebral, implicados en la memoria.

La memoria es selectiva, y esto lleva a que se recuerde mejor aquello que ha tenido un mayor significado para cada persona. ¿Será por esta razón que algunos recuerdan con mayor precisión los eventos negativos que los positivos de sus vidas, o viceversa? ¿O habrá otras variables involucradas, tales como la personalidad, la genética, la epigenética, el ambiente socio cultural, las creencias?

Se sabe que hay un mecanismo de inhibición  que reprime el recuerdo  perturbador. Y  también se conoce  que existe el  “sesgo de negatividad!” (Negativity Blas), fenómeno psicológico por el cual  la gente pone más atención y da más peso a las experiencias negativas que a las positivas. Las malas emociones tienen, al parecer, mayor impacto que las buenas, y la mala información se procesa con preferencia a la buena.

Según algunos psicólogos que han estudiado el tema, este sesgo forma parte de una autoregulaciòn. “Si se evaporaran con mayor facilidad los malos recuerdos, la gente podría repetir errores”, explican.

Lo  que no queda claro es si este sesgo negativo tiene más influencia sobre algunos individuos que en otros  y, si así fuera, tal vez habría que pensar que influyen  las variables que mencioné anteriormente (genética, personalidad etc.).

Si bien “comprendo” todas las  explicaciones teóricas, que no son pocas, y exceden el objetivo de este texto,  sostengo que  tener el “don” de un “sesgo de positividad”, o poder  lograrlo, ayudaría al  ser humano a ser más optimista, más íntegro,  a no persistir en ciertos rencores, a ser más empático  y  a obtener una mayor capacidad de resiliencia. Aunque se trata de una tarea  compleja, vale el intento, no solo por  nuestro bienestar personal, sino para poder trasmitirlo con más facilidad y lograr en otros (pacientes, pares,..) una mente más saludable y, por ende, una mejor calidad de vida.

                                                                        

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Jorgelina Presta es médica clínica y docente de la Cátedra de Clínica Médica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina. Es miembro estable del Comité Editorial del portal médico Clínica-UNR.org.