Año 1

Nº 2

Marzo 2007  
   
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El efecto Bartleby: una parálisis del deseo
Por Daniel Flichtentrei (*)
 



Herman Melville
(1819 - 1891)

 
 

Es la alienación más profunda que existe: en mitología, por debajo del esclavo está el eunuco, el castrado.

Roland Barthes

Un tradicional cuento de Herman Melville, Bartleby el escribiente, narra la historia de un individuo carente de deseos e iniciativas. Ante cada propuesta, sin importar la naturaleza de ésta, Bartleby responde: “preferiría no hacerlo.” Así, su existencia discurre entre una nada insustancial, sin sucesos, sin acontecimientos que comprometan su voluntad ni lo proyecten hacia un futuro movido por su propio deseo. Las circunstancias que lo rodean, el micromundo en el que está físicamente inmerso, no lo comprometen como sujeto. Sus emociones se encuentran anestesiadas, algo que en psicoanálisis llaman “afánisis”, esto es, la ausencia del deseo como motor de la experiencia. Encallado en un tiempo de repeticiones infinitas igual a sí mismo, varado en un magma viscoso y anodino pero por propia decisión. Conozco ese sentimiento. Convivo con él y me resisto a sucumbir a la fascinación que sobre mí ejerce. Me enfurezco y me rebelo ante esa brutal tentación a la pereza, a la más ofensiva y brutal de las perezas, a la que nos arroja inertes al universo de lo anodino y la intrascendencia, al repugnante mundito de la resignación y el control remoto.

 

El ejercicio real de la Medicina, ese que te embarra los zapatos cada mañana, ese que te recuerda que, hagas lo que hagas, los obstáculos superarán a las buenas intenciones, los precios a tus miserables honorarios, los burócratas a tus deshilachadas inquietudes, ha ido minando, a fuerza de desilusiones y malos tratos, la voluntad de superación personal de muchos colegas. Prolifera en nuestro medio un tipo de profesional cada vez menos preocupado por la superación académica que por la subsistencia propia y de su familia, menos ávido de conocimiento que de trabajo, incluso sometido a las más humillantes condiciones laborales. No me extraña en absoluto. No podría ser de otro modo bajo las actuales condiciones sociales. No me asusta la elección de la subsistencia familiar a costa de la superación personal. Temo más a la anestesia que produce el bienestar y el despilfarro, a la inercia de quienes aceptan los repugnantes criterios del éxito banal y se recuestan a exhibirlo sobre el escenario de la corrupción y la injusticia. Temo más a la falsa sensación de sabiduría que produce el ejercicio automático de la profesión, al saber instrumental y sin preguntas, al universo del algoritmo y la mera reproducción ciega, a la información travestida en conocimiento, al pensamiento cristalizado como reproducción y asentimiento, pura destreza y funcionalidad, a la insensatez de profesar un credo dogmático; le temo a un saber, sin lugar y sin historia, hipostasiado como verdad absoluta, a la absurda sensación de omnipotencia que otorga el dominio de una técnica, a la sumisión banal a un poder que se ejerce ya no como capacidad de coacción sino como imposición de una lógica aparentemente implacable y monolítica. Satisfechos e imbecilizados, trotando al unísono tras la ingenua zanahoria del prestigio, la fama, el dinero. Sin embargo, convendría recordar (recordarnos) que el precio que no nos pagan, que los esfuerzos por compensar esa carencia, también tienen un precio. Que ese precio también es dramático y es degradante. Que no está exenta de efectos colaterales (a menudo irreversibles) la aceptación pasiva de la realidad, la frustración brutal del antiguo proyecto de personas que alguna vez encarnamos. Que la derrota es un monstruo bifronte, y es perversa, pues ofrece alternativamente la cara del éxito miserable y superficial o la de la parálisis del deseo; la prodigalidad de una vida repleta de triunfos intrascendentes o la perniciosa anemia del silencio y la resignación. No me refiero a la necesidad de respuestas comunes, a una política de resistencia que dejo librada a las convicciones personales y a las posibilidades de cada uno. Más bien aludo a la íntima recuperación de la autoestima, a la resurrección del flaco cadáver de tus sueños, a  la maltrecha voluntad de ser mejores, a la insensata decisión de rechazar los parámetros del éxito ajeno, a la decisión de construir los propios y a la empecinada ingenuidad de rectificar el rumbo en dirección hacia ese sitio sin lugar (U-topos), tan personal y tan entrañable como para que ningún precio resulte excesivo.

 

Sé, imagino, las respuestas: “no hay salvación si no es con todos”. “Nada será     individual sino colectivo”, etc. Podría ensayar argumentaciones. Podría reiterar que una cosa no excluye la otra, que hay relatos en los que ya no puedo creer; que las dimensiones de los conflictos y las direcciones de las transformaciones no son excluyentes las primeras, ni rectilíneas las segundas, etc. Pero, tan sólo al pensar en semejante esfuerzo me invade el fantasma de la pereza, cierto aliento anacrónico y cadavérico. Permítanme la insolvencia, toleren mi autonomía. Perdón, pero ciertamente… “Preferiría no hacerlo”.

 

Daniel Flichtentrei

 
 

  (*) Daniel Flichtentrei es médico cardiólogo y Jefe de contenidos médicos de IntraMed.net

 

 

 
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