Año 1

Nº 3

Abril 2007  
   
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Viaje siniestro hacia la noche del cuerpo
Por Daniel Flichtentrei (*)
 



 

 

 
 

Conviértete en lo que eres

Friedrich Nietzsche

 

El cuerpo ha devenido marca de identidad, contundente documento de lo que somos. Disueltos otros modos de identificación, náufragos de una comunidad que se desvanece, aislados en el interior de nosotros mismos, el cuerpo se convierte en superficie que amortigua el impacto subjetivo de la intemperie del mundo.

 

Isla de carne y de fluidos, su geografía es el frágil territorio de un inútil consuelo.

 

No siempre se dispuso - ni fue necesaria - de tecnología orientada al alivio del dolor y del sufrimiento. Durante siglos el dispositivo vigente consistió en el fortalecimiento del alma mediante una ascética y una técnica de trabajo sobre sí mismo, con el objeto de encontrar un sentido al sufrimiento de la carne. Dotado así de un significado y una trascendencia, el dolor físico se convertía en la instancia necesaria, y aceptada, mediante la cual el cuerpo asumía los golpes para proteger el alma incorruptible.

Sufrir es sentir la precariedad de la propia condición personal, en estado puro, sin

poder movilizar otras defensas que las técnicas o las morales”, D. Le Breton (1999).

Fue  recientemente, en términos de tiempo histórico, cuando el alivio del dolor y del padecimiento del cuerpo se tornó un imperativo. Perdidas las coordenadas existenciales que sustentaban aquella trascendencia, el dolor dejó de tener sentido.
 

Despojado de otras metas, el cuerpo de los hombres deviene en instrumento propicio para las nuevas y frugales utopías: ocultar las huellas del paso del tiempo e invisibilizar la permanente acechanza de la muerte. La carne es ahora objeto de una técnica compleja orientada a ocultar su inexorable naturaleza corruptible.

 

El cuerpo como única y radical verdad de la existencia. Cuerpos que hablan ante el silencio de otros discursos. Cuerpos que albergan y confortan existencias insatisfechas. Cuerpos convertidos en la tela sobre la que cartografiamos el mapa de lo que somos. Cápsula blindada de identidades en fuga.

 

El cuerpo asume el lugar de la precariedad, la muerte y el envejecimiento. Espacio de lo que hay que conjurar mediante el dominio y la manipulación para ocultar la pérdida.

 

La historia permite recorrer las sucesivas conformaciones del cuerpo como construcción social. El proceso de individuación del hombre moderno tuvo como antecedentes un cuerpo unido de modo indisoluble al cosmos, a la comunidad para, finalmente, naufragar aislado en el interior de sí mismo.

 

Una teodicea hecha de tiempo y naturaleza lo desplaza desde el cuerpo cósmico de la prehistoria al cuerpo formateable de nuestros días. El hombre sólo existe en función de su relación con el otro. Resulta, entonces, vano el sueño de extraer su legitimidad de su propia persona erigida en tótem y adorada como tal.

 

El cuerpo es una superficie de escritura. Texto que se torna legible a través de los signos del consumo, de la forma auto-construida, de la reparación quirúrgica, pero también de la somatización y el sufrimiento que se ocultan a la mirada médica.

 

Oscurecido en el interior de una anatomía simbólica, el síntoma encarna una biografía que habla la lengua elusiva y frágil de la subjetividad en la porosidad de la carne.

 

Pertrechado en la moderna pasión por lo real y en la progresiva declinación de la metáfora como instrumento del saber, el científico mira con ojos ciegos y sólo busca allí donde el objeto no se encuentra.

 

Innumerables imágenes técnicas documentan con empecinada fidelidad la ausencia de aquello cuya íntima naturaleza ni siquiera pueden concebir. La noche del cuerpo huye de la ingenua mirada de los procedimientos diagnósticos.

 

Los hombres no actuamos jamás como consecuencia de la despojada objetividad de las cosas. Son las significaciones con que las investimos las que determinan el comportamiento.

 

Desprovisto de sus significados simbólicos, el cuerpo es un pobre conjunto de engranajes y mecanismos sustituibles, reparables, modificables. Un triste repertorio de elementos sometido a la ingenua mirada analítica.

 

Abandonado a la tiranía de su propia materialidad, auto-referido y aislado, el cuerpo sólo puede deformarse. Visión monstruosa y terrorífica de la individuación radical y de la carencia de la única oportunidad capaz de repararlo. Ajeno de la mirada del otro, privado de la sensualidad y el abrigo de un semejante, el cuerpo no puede más que sucumbir como siniestro escenario de lo que no puede nombrarse.

 
 

  (*) Daniel Flichtentrei es médico cardiólogo y Jefe de contenidos médicos de IntraMed.net

 

 

 
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