Año 1

Nº 4

Mayo 2007  
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Ludwig van Beethoven (1770-1827): una historia médica después de 180 años
Primera parte
Por Roberto Gallo (*)
 

 
 

Ludwig van Beethoven nació en Bonn el 17 de diciembre de 1770. Considerado el principal precursor de la transición del clasicismo al romanticismo, su influencia a partir del siglo XIX es imponderable. A pesar de su salud quebrantada dejó un legado musical tan preciado que logró convertirlo en el músico más importante de todos los tiempos.

 

            Se formó en un ambiente propicio para el desarrollo de sus facultades musicales aunque excesivamente rígido. Su padre, que había ingresado de niño en la capilla del príncipe como miembro del coro y, más tarde, ocupó la plaza de tenor, tenía una persistente inclinación hacia la bebida. Esta situación llevó al pequeño Beethoven a conocer muy pronto la humillación de acudir a la policía para identificar a su padre entre los borrachos capturados. La tradición nos ha legado recuerdos de momentos aciagos de su infancia como cuando el padre encerraba al niño, durante  horas, en una habitación cuyo único mueble era un clavicémbalo. Los estudios musicales eran para Ludwig algo impuesto, un deber antes que un deseo. La ausencia de predisposición innata hacia la música quedaría compensada con creces por la capacidad integradora de Beethoven quien no sólo convertiría en un refugio íntimo de su personalidad lo que en un momento determinado pudo haber sido un tormento, sino que desarrollaría su instinto creativo hasta el nivel de la genialidad.

           

La enfermedad de Beethoven ha sido estudiada por internistas, psiquiatras y otros especialistas que aportaron diferentes diagnósticos. Su historia clínica comienza alrededor de los veinte años. De su infancia, se conoce poco excepto que pudo padecer resfríos frecuentes, asma desde los cinco años y, probablemente, viruela por las marcas que quedaron en su rostro. Un antecedente importante es la muerte de su madre, en 1787, por una hemoptisis de origen tuberculoso.

 

A los veintidós años, comenzó con sus interminables problemas gastrointestinales consistentes en dolores abdominales frecuentes y diarreas. Cinco años más tarde, durante el verano de 1797, padeció nuevas diarreas. Cuando su vida empezaba a recoger los resultados de años de disciplina y sufrimientos, recibió el impacto de las primeras manifestaciones de la sordera. En julio de 1798 escribe a su amigo Carl Amenda:

 

Mi audición en los últimos dos años es cada día más pobre; los ruidos en los oídos se hacen permanentes y ya en el teatro tengo que colocarme muy cerca de la orquesta para entender al autor. Si estoy retirado no oigo los tonos altos de los instrumentos. A veces puedo entender los tonos graves de la conversación pero no entiendo las palabras ….

    

Tres años después, el 29 de junio de 1801, dirigió una misiva a Franz Wegeler, afamado médico y marido de su antigua pretendida Eleonore von Breuning:

 

Me preguntas acerca de mi situación: bien, debo decirte que no es mala en el plano profesional. Desde el año pasado, Lichnowky que, increíblemente, ha sido siempre y es todavía mi amigo más querido (ha habido, sin duda, algunos ligeros desacuerdos entre nosotros, pero éstos sólo han contribuido a reforzar nuestra amistad) me ha hecho llegar una comisión de 600 florines, la cual me garantiza una posición satisfactoria; mis composiciones me producen buenas cantidades de dinero y tengo varios encargos pendientes de realización. Aún más, para cada obra nueva tengo seis o siete editores, incluso más, entre los que escojo aquellos que más satisfacen a mis intereses; no necesito firmar contrato con ellos; expongo mis condiciones y ellos me pagan de inmediato. Pero ahora ese demonio envidioso, mi mala salud, me ha jugado una mala pasada: en los últimos tres años, mi sentido del oído se ha debilitado progresivamente y se me dice que la causa primordial de esto son mis intestinos, que tú bien sabes cuántos problemas me han causado en el pasado. Mi estado intestinal empeoró desde que llegué a Viena, pues he padecido constantes diarreas que me han dejado en una situación de extrema debilidad. El pasado invierno fue terrible para mí hasta que, hace ahora cuatros semanas, acudí a ver a Werig, el cual casi ha conseguido parar esta violenta diarrea y me ha ordenado tomar baños calientes en las aguas del Danubio, régimen al que debo añadir algunas botellas de tónico. Al principio no me dio ninguna medicina, pero hace cuatro días me prescribió unas píldoras para el estómago y unos lavados de oído; el resultado es que, ciertamente, me siento fuerte y siento que mi salud mejora…a excepción de mis oídos, que no dejan de dolerme día y noche. Llevo una vida de ermitaño: durante casi dos años he tratado de evitar toda compañía, sencillamente porque no puedo decirle a la gente que estoy sordo. Si tuviera otra profesión todo sería más fácil, pero en mi trabajo esta situación es terrible; y en cuanto a mis enemigos, que me consta que no son pocos, ¿qué dirían si supieran esto? Si estoy a cierta distancia de los instrumentistas o de los cantantes, no puedo oír las notas más agudas; en las conversaciones, es asombroso que todavía haya gente que no haya notado mi problema, habitualmente simulo estar ausente y ellos atribuyen a esto mis silencios. Aún más, debo decirte que apenas puedo oír a una persona si habla a media voz, es decir, puedo escuchar el timbre de su voz pero no distingo las palabras; por otro lado, si alguien grita, el ruido me resulta insoportable. Lo que ocurrirá después de esto, sólo Dios lo sabe. Werig dice que tiene que haber una mejora o, quizá, una recuperación completa. En los últimos tiempos he maldecido mi vida a menudo. Plutarco me ha enseñado la resignación. Debo afrontar mi destino aunque en ocasiones me sienta la más infeliz de las criaturas de Dios. ¡Resignación! ¡Resignación! ¡Qué miserable refugio es el que se me deja…!

 

Dos días después,  le envía una nueva carta a Carl Amenda:  

 

…Debes saber que mi facultad más alta, mi oído, se ha visto grandemente deteriorada…... Qué triste es lo que me tocó, debo evitar todas las cosas que me son queridas.. Oh!, qué feliz sería si mi oído fuera completamente restaurado, en ese caso me apuraría a visitarte……Te suplico que mantengas un profundo secreto del asunto de mi sordera, no lo confíes a nadie, no importa a quién… Mi oído se ha puesto mucho peor en los últimos tres años, hecho que fue causado por la condición de mí estómago…

 

A partir de las misivas de Beethoven sobre su salud, intentaremos analizar la historia clínica del compositor a la luz de la clínica moderna.

“en los últimos tres años, mi sentido del oído se ha debilitado progresivamente y se me dice que la causa primordial de esto son mis intestinos”

“he padecido constantes diarreas que me han dejado en una situación de extrema debilidad”

 

 
    La segunda y última parte de este artículo, donde se desarrollan las diferentes disquisiciones diagnósticas posibles, se publicará en el próximo número de Medicina & Cultura
 

  (*) Roberto Gallo es Profesor Adjunto de la Cátedra de Clínica Médica y Terapéutica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario, y miembro del comité editorial del portal médico: Clínica-UNR.org.

Correspondencia a:
robertogallo@fibertel.com.ar

 

 
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