Año 1

Nº 8

Septiembre 2007  
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¿Por qué el ajenjo?
Segunda parte
Por  Amalia Pati (*)
 
   

Porque “conocí el ajenjo” a través de un poema de Ernest Dowson (1867 –1900), esta segunda parte pretende ser un homenaje, y un reconocimiento, al autor de Absinthia taetra: un pequeño poema en prosa mediante el cual descubrí la extraordinaria importancia del ajenjo en la poesía, la pintura y la música, así como parte de la historia de la bebida. Para este fin, y porque creo que el mejor homenaje para un poeta es siempre la lectura de su obra, ensayaré, después de algunas consideraciones sobre el autor, una lectura del poema.

  

A raíz de la familiaridad de Dowson con los efectos del ajenjo, los críticos sostienen que su poema dedicado a la bebida no debería subestimarse como un simple ejercicio de retórica. Quienes lo frecuentaron en los últimos años de su vida aseguraban que, para el invierno de 1897, cuando se agravó la tuberculosis que padecía y profundizó su alcoholismo, el poeta había experimentado todo lo que registró en Absinthia Taetra, recogido en un conjunto de cinco poemas en prosa, con el título general de Decorations in Prose (1899).(1) El título en latín es una constante en Dowson quien, además, solía usar, para este fin, citas provenientes de las Odas de Horacio.

Absinthia Taetra se puede traducir como “los abominables o repugnantes ajenjos”. A continuación se copia el poema traducido al español.(2)

 

El verde cambió al blanco, la esmeralda al ópalo: nada había cambiado.

El hombre dejó fluir gentilmente el agua dentro de su vaso y como el verde opaco, una nube surgió de su mente.

Luego tomó opalino.

Recuerdos y terrores lo invadieron. El pasado pasó ante él como una pantera y a través de la oscuridad del presente vio los ojos luminosos del tigre de las cosas que iban a pasar.

Pero tomó opalino.

Y aquella noche oscura del alma, y el valle de la humillación a través del cual se movió con pasos inseguros fueron olvidados.

Tuvo visiones azules de países imaginarios, elevadas premoniciones, y un mar tranquilo y acariciador: el pasado derramó su perfume sobre él y hoy le tomó su mano como cuando era un niño pequeño, y mañana brillará como una blanca estrella: nada había cambiado.

Él tomó opalino.

El hombre había conocido la oscura noche del alma y yacía aún en el valle de la humillación; y el tigre amenazante de las cosas que fueron rojas en el cielo.

Pero por un momento él había olvidado.

El verde cambió al blanco, la esmeralda al ópalo: nada había cambiado.

 

En una primera lectura, impacta la plétora de imágenes visuales. El poema es puro color, ya sea directamente como tal: blanco, rojo, verde, azul, o a través de un objeto que puede ser una gema, como la esmeralda y el ópalo, que se distingue, precisamente, porque cada una de ellas tiene un color propio; en otros casos, el color se manifiesta mediante expresiones que lo contienen, tales como la oscuridad del presente, “los ojos luminosos del tigre” o “la oscura noche del alma”.

Nos podemos imaginar que estas imágenes son alucinaciones visuales producto del aguardiente; imágenes que cambian constantemente de color y de forma y que pueden ser, alternativamente, la experiencia de un “paraíso recobrado”: “el pasado derramó su perfume sobre él y hoy le tomó su mano como cuando era un niño pequeño [...]” o, en contraposición, lo “abominable” del título en la vivencia de “los recuerdos y los terrores”, “el valle de la humillación” y el pasado fugaz “como una pantera”, símbolos de la negrura del alma y del dolor de la vida. Lo “abominable” del ajenjo se puede pensar, también, como la esclavitud al veneno del paradis par la pharmacie, tal como antes que él lo vieron sus predecesores - adictos al opio -, S. T. Coleridge y T. De Quincey, y también por lo evanescente de las visiones, en consonancia con aquello que dijo un poeta contemporáneo de Dowson, de que lo “horrible” del ajenjo es su transitoriedad y la vuelta a la realidad..

 

Es sabido que, en general, los poetas se iniciaban en el consumo de drogas con fines paliativos, sin embargo, nunca dejaron de pregonar su uso como medio para lograr un mundo poético nuevo. En  palabras de Ch. Baudelaire, el hashish ofrece el placer de “un paraíso artificial” que bien podría ser el regreso al mundo de la infancia de esas líneas de Absinthia, y que es producto de “un desarreglo de todos los sentidos”, idea que en A. Rimbaud llegará a su máxima expresión, y de la que se harán eco los escritores decadentistas – lectores y admiradores de Baudelaire - que rebeldes ante el horror y el aburrimiento de la etapa anterior, buscaron algo nuevo siguiendo la prescripción del poeta francés.

 

El primer parágrafo del poema es una estructura en paralelo cuya intensidad está dada por un juego de colores, denotados primero explícitamente y luego connotados a través de las gemas, y por la elipsis verbal: El verde cambió al blanco, la esmeralda al ópalo”, y una conclusión que es, a su vez, la negación de la mencionada estructura, expresada por una antítesis que se repite textualmente al final del poema: “nada había cambiado”. Sólo en el universo cerrado del poema, el verde es blanco y la esmeralda es ópalo, es y no es al mismo tiempo o mejor, es ambas cosas al mismo tiempo. Una vez que ha pasado el efecto del ajenjo, la ilusión de cambio se desvanece y sobreviene, en consecuencia, la “horrible” realidad.

 

Este primer parágrafo continúa con otra imagen en la que persiste el juego de las oposiciones: la transparencia del “agua”, que lentamente se torna en la verde opacidad del ajenjo y que, simultáneamente, nos remite al título como núcleo generador del poema, es decir, de visiones nebulosas producidas por la bebida: “como el verde opaco, una nube surgió de su mente”. Y finalmente, el cierre (estribillo), en el que el ajenjo es nombrado con un término que es nuevamente un color o, al menos, una de sus cualidades: “opalino”, en un juego de imágenes en el que “opalino” repite al “ópalo del primer verso, haciendo referencia a la piedra cuya principal característica son las múltiples variaciones no sólo de color sino también de brillo, entre vítreo y mate y desde la transparencia hasta la opacidad. 

 

Al comienzo del segundo parágrafo descubrimos en qué consisten los nebulosos pensamientos; son “recuerdos y terrores”, reminiscencias de un pasado que vuelve a través de una imagen preñada de significaciones, expresada, en este caso, por el símil, “como una pantera”; animal que sugiere el color negro, en íntima consonancia con los terrores que lo invadieron y la oscuridad del presente que, de pronto, se ilumina en “los ojos [...] del tigre que, simultáneamente, por su fiereza y su intensidad, puede ser otra forma de imaginar el terror y la oscuridad del futuro.

 

El tercer parágrafo comienza con dos imágenes, la primera probablemente tomada de San Juan de la Cruz, la oscura noche del alma” (3) y el valle de la humillación, las que aluden a “los recuerdos y terrores que lo invadieron” de la primera parte pero que, por obra del ajenjo, fueron olvidados, dando paso a imágenes visuales placenteras y coloreadas, visiones azules de países imaginariosy un mar tranquilo y acariciador”, imágenes que se cierran en nuevas reminiscencias, pero de signo diferente: un pasado remoto que vuelve idéntico en el presente del poema.

 

Dice Octavio Paz que la poesía es una de las tres experiencias en las que late la nostalgia de un estado anterior que es para el hombre moderno, para el poeta moderno, una carencia. “Pero una vida anterior y una vida futura que son aquí y ahora y que se resuelven en un instante relampagueante”, el instante del poema. (4).

En “Visiones de Oxford”, Baudelaire atribuye esta reverberación de una vida en un instante a ciertas situaciones tan particulares como el momento de la muerte, y a excitaciones tan intensas como las que produce el opio. Pensamos que Dowson,  asiduo bebedor de ajenjo, pudo haber tenido, con el licor, excitaciones semejantes en las que revivió, como en un “palimpsesto”, agradables visiones de su infancia, como si nada hubiera cambiado.

 

El último parágrafo da cuenta de las facultades del licor de borrar, “por un momento, el dolor del pasado, la humillación del presente y un futuro que, a través de otra imagen preñada de color, se presiente tan salvaje y terrorífico como “el tigre [...] de las cosas que solían ser rojas en los cielos”.

 

En el “universo cerrado del poema”, hay un único elemento donde es posible aprehender la realidad - y que funciona como estribillo -, éste  es, el hombre que bebe “opalino”; el resto, y el resto es todo el poema, son imágenes que componen otro mundo, el poético, donde todo ha cambiado pero nada ha cambiado, expresión que pone en evidencia el fundamento de la poesía: la “reconciliación de los contrarios”. Pura imagen en que el verde, por un proceso que sólo compete a la imaginación, se vuelve blanco, en que la verde esmeralda se transmuta en el variado ópalo, en que la oscuridad del presente deja entrever la luminosidad del pasado y del porvenir, sólo por un instante en que “la oscura noche del alma” y el valle de la humillación” fueron olvidados.


 

(1) Para la version en inglés, véase The Letters of Ernest Dowson, Flower Desmond y Henry Mass (eds.), London, Toronto: Casell y Co., 1967, p.143.

(2)La traducción es mía.

(3)Véase San Juan de la Cruz, Poesías completas,  Barcelona: B, 1988, p.199-226.

(4) Véase Octavio Paz,  Op. cit. 1956,  p.131.

 

 
 

  (*) Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras.
Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición.
Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto.

Correspondencia a:
pastoritap@yahoo.com.ar
 
 
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