Un poema en prosa

 
 
Mariposa Monarca

Por Marta Macias (*)

 
 

 
 

El departamento es luminoso. Da al contrafrente del edificio. Sobre un pozo de luz donde se ve la plaza. Las palmeras y todo el ir y venir de la gente. Está en el piso veintidós. Desde esa altura nadie puede divisar su interior. Salvo los pájaros, algunos insectos. Las mariposas escasas que llegan en el verano.

La mujer de cabellera rojiza deambula arrastrando una pierna. Casi todo el departamento está decorado con escasos muebles. Una barra que se extiende sobre la pared, un espejo trizado. Otra pared decorada con bellas fotografías de mariposas. Sobre el suelo, un equipo musical y los coros de Carmina Burana , de Carl Off. Parece que solo ella vive en ese lugar.

El espacio giró siempre a mi alrededor. El espacio era un ser para nutrirme en él. La danza, mi razón. Mi cuerpo danzaba solo con una palabra, con un sonido. El cuerpo, mi cuerpo. La danza expresó la ciencia de mi cuerpo, de todas mis células. Cada paso mío buscaba ser pájaro, hueso. Yo tomaba mi cuerpo real, como el de todos los seres, y lo llevaba al universo donde están los límites de lo concreto, lo que se ve, y lo que no se ve. Y yo sé que fui todo, estrella, gato, árbol, tiempo de invierno. Calor. Frío. Dolor. Risa.

De niña, en el patio aquel de la casa lejana, tomaba mi vara, contraía los músculos, enderezaba mi espalda; daba un giro, otro, un salto, caía, pisaba la tierra, era tierra.

Los animales domésticos se convertían en mi público. El gato observaba con sus ojos felinos, y era toda la música que estaba en mi cabeza la que daba formas y dominio a mis manos, mis brazos, las piernas, el empeine.

Bailaba descalza, doce años después volvería a descalzarme. Era feliz con mis secretos. Bailaba para todos los personajes que se inventaban en cada instante. Me transformaba. Era bucear en mí. Bucear y estudiar el espacio, eso era. El espacio.

Yo lo sabía desde muy niña. Solo la tía se dio cuenta. Me pagó la cuota para realizar los primeros estudios de danza con una profesora que venia de la capital a mi ciudad.

Mis zapatillas de punta. ¿Dónde quedaron las primeras? Creo que las perdí en tantos viajes. Eran negras, las llevaba siempre conmigo. Recuerdo el movimiento de mis manos arqueándolas para la danza, y que no duelan los pies. Las posiciones clásicas. La barra. - Siempre se vuelve a ella –

Me liberé cuando sentí que podía crear mi propia danza. Entonces no paré. Fui mujer carne, loca, hechicera, hombre de barro, pez, hormigas, todo el bestiario que está en uno. Y robé toda la música y todos los textos de todos los poetas, todo el teatro, cada pensamiento de cada gesto humano. Bailé para el color, bailé para la lluvia. Me enrosqué, me encorvé. Fui muñeca articulada. Los brazos iban donde mis ojos los guiaba. En un salto el abismo, en otro, estoy en el abismo. Todo mi cuerpo era una fibra, una cinta. Quebrar toda ley del movimiento. Las figuras se iban repitiendo una a una como pequeñas esculturas para el público. ¿Alguien sabe descubrir lo que puede hacer la danza?

Es crear, ser creadora, ser el círculo elemental del nacer y morir. Anduve por el mundo. Ustedes no me recuerdan, se olvidaron. Pasa así siempre. En esos años me llevaron en andas por las calles de París, desde el Teatro de los Campos Elíseos. Bailé en Londres, Alemania, Bélgica, Italia. España.

Fue en Berlín; era una noche especial, había otros artistas, los amigos, una atmósfera única. Mi cuerpo voló por todo el espacio, mi cabello era una llamarada roja. Era mi dominio, la lucha contra cuervos imaginarios en la cima de una montaña. Se hizo un gran silencio y luego los aplausos. Me levanté a saludar y lo supe.

No volvería a bailar. Era mi rodilla.

Regresé a mi tierra.

-¿Para qué me cuento todo esto?-

Las operaciones. La rehabilitación. Abandoné todo. Y comencé a saber de ellas. No a coleccionarlas. No me gusta ver los insectos muertos ordenados en cuadros y clasificados. Aprendí sobre los lepidópteros, frágiles y artistas de la luz y el engaño. Se mimetizan ante el peligro. Defienden su breve vida. Especies migratorias tan semejantes a mis viajes por el mundo. Y coleccioné toda fotografía que me enviaban las pocas personas que me acompañaron. Son éstas que ocupan las paredes del departamento. Siempre entablo diálogos con ellas, especialmente con la mariposa monarca.

Mi pierna se cansa de arrastrarse. Se cansa mi corazón.

Hace días dormité en el sofá. Era la hora de la siesta. Desde este lugar entra más el sol, engaña las formas de las cosas. Tengo plantas que cuido y alimento, están lozanas. Cierro los ojos. Yo creo que entraron por la ventana abierta.

Soñé el cortejo del macho a la hembra, estaban danzando frente a mí. Percibía el sonido del aleteo, como un rumor de hojas de un árbol. Se apareaban con toda la furia del sol y la vida, y el deseo de supervivencia de la especie. Soñé que los huevecillos eran depositados sobre mi planta que, siendo tropical, se yergue cercana a mi sofá.

Me siento débil, la oruga nació entre los pliegues de mi falda. La dejo estar, come la cáscara vacía. Es voraz como lo será hasta el final de su vida. No salgo de mi lugar, ya se ha transformado en crisálida, aumenta su tamaño, cubre parte de mi cuerpo. Me voy encogiendo. Soy su hábitat.

No entregué la llave a Nélida, que solo viene a limpiar una vez a la semana. No hay teléfonos, eso me da alegría.

La crisálida es inerte y está quieta, así la siento, pero es aparente; dentro de ella, y de mí, se produce una transformación más rápida. Veo su color amarillo, ¡ah mariposa monarca! las viajeras que llegan un día a la altiplanicie central de México, incendian de color los bosques y cerros de Michoacán.

Cuelga la mariposa boca abajo, con las alas arrugadas, y de pronto las extiende. Su cuerpo se llena de sangre y aire, e iniciará su viaje. No hay conexión entre el capullo, mi cuerpo y ella. Yo soy ahora parte de esa nube de mariposas anaranjadas que pueblan mi departamento.

Miro el despojo del capullo. Lo dejamos. Livianas estamos por partir, la llevamos con nosotras, arracimadas vamos ala contra ala. Es una sinfonía, somos tantas que a veces no dejamos ver la luz del sol. Llegaremos al corazón de nuestra casa, entre coníferas y bosques de oyameles a tres mil metros de altura. Buscaremos el agua donde abrevar. Restos de tu cabellera roja se confunden con nuestros colores. Danzas libre por fin con nosotras.

1 Marta Macias, la autora de este bello relato titulado Mariposa Monarca, me contó que lo escribió en homenaje a Iris Scaccheri, la gran bailarina platense, fallecida en 2014, a quien Marta admiraba.. Ella fue discípula de las grandes maestras alemanas Dore Hayer y Mary Wigman. Triunfó en Europa, especialmente en Alemania y Francia (París). Me contó también que la bailarina tuvo un final extraño; que sus últimos años los pasó prácticamente encerrada, sola, en un departamento en Buenos Aires. No recibía a nadie, excepto a un familiar y a la persona que la ayudaba en las tareas domésticas. Agrega que es un relato “casi real”. “Y después está mi vida, mi amor a la danza; yo también estudié ballet durante varios años. Y el factor de otros seres vivos, el reino animal que participa en el relato. (Nota de la Editora)

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 
 
 

(*) Marta Macias, reside en La Plata, oriunda de Tres Arroyos. Es profesional del derecho y poeta: Ha publicado poemarios, ensayos, notas, ponencias en Simposios internacionales. Ganó el Premio Consagración Roberto Themis Speroni, en 1992, por su libro Fabularia.(SEP) y el Primer Premio en el Certamen Literario Poeme, organizado por la Empresa francesa Lancome, por su poema Madre traducido a varios idiomas entre otras actividades con la música y la pintura. Es actualmente Presidente en la Sociedad de escritores de la Pcia. de Bs.Aires realizando una importante tarea de gestión. Intervino en numerosas oportunidades en la Feria del Libro del autor al Lector que se realiza anualmente en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.







 
 

 

 

   
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