Relato

 
 
Llega el cartero

Por Teresa Minhot (*)

 
 

 
 

El invierno había enmudecido el paisaje. La tenacidad de la llovizna dificultaba el avance por el sendero de la colina. Mario, el cartero, tal como lo hacía día por medio, recorría a pie los kilómetros que lo separaban de la aldea de unos doscientos habitantes. Era gente cerrada, casi inabordable, que desconfiaba de quien no fuese del lugar. Si bien Mario era un personaje conocido por todos, no tenía derecho a otra conversación que no fuese un intercambio de frases sobre el tiempo, la siembra o la cosecha. Tomaban las cartas que recibían de tanto en tanto, con el apuro de cerrar la puerta y leerlas, pero sobre todo de esconder cualquier reacción: ni alegría, ni tristeza, ni sorpresa debían traicionar aquella reserva proverbial.

Si Mario ya conocía un poco más a aquella gente, lo debía a las conversaciones con Giovanna, una joven que se ganaba la vida como modista. Vivía sola en una casa modesta que contaba con el único jardín del entorno. Cada semana recibía, de manos del cartero, una carta sin remitente. Era la letra de un hombre, no cabían dudas; se notaba en los caracteres pequeños como patas de mosca y, sobre todo, en la expresión del rostro de Giovanna. Sus ojos se iluminaban cuando veía al cartero a través de la ventana. Él nunca había podido sorprenderla con la cabeza gacha sobre la costura, y se preguntaba cómo podía saber que él estaba por llegar; es que tal vez lo esperaba desde mucho antes.

Las primeras veces, tomaba la carta con mano temblorosa y le agradecía con una sonrisa llena de luz. Poco a poco, pasó de las frases estereotipadas a una conversación más confiada; sin duda, tenía necesidad de hablar de su amor. “Cuando uno está enamorado-se dijo el cartero-siente el deseo de hablar de la persona amada”. Fue así como Mario se enteró de que aquel hombre vivía en Padua; Giovanna lo había conocido cuando fue a visitar la tumba de San Antonio. Se llamaba Saverio, y trabajaba en un restorán de la ciudad, el mismo donde ella había almorzado aquel día soleado de mayo.

Ya había ido a visitarla en tres ocasiones, pero como tenía demasiado trabajo, no podía viajar más seguido; por eso, le escribía todas las semanas. Con el paso del tiempo, las cartas se hicieron más escasas; la muchacha se volvió más ansiosa, la incertidumbre iba tiñendo su mirada de tristeza. Sin embargo, justificaba dicho silencio ante el cartero: “Tiene mucho trabajo, no le queda tiempo para escribir…” Así transcurrieron tres meses sin que llegara una sola carta. Mario prefería no pasar delante de la casa de ella y, entonces, si tenía correspondencia para algún vecino, hacía un desvío para que la joven no lo viera. Un día sintió necesidad de verla, de hablar con ella. El otoño había esparcido su óxido sobre los árboles, el jardín parecía muerto. Cuando Giovanna alzó la vista y él encontró su mirada, sintió un estremecimiento: había adelgazado, la palidez de su cara y las ojeras mostraban cuánto había sufrido. Se reprochó por crearle en vano una ilusión, y por ser la causa de un nuevo dolor. Ella abrió la puerta con una alegría desbordante pero, casi de inmediato, se dio cuenta de que no le traía la carta tan ansiada. Sus ojos se llenaron de lágrimas y debió hacer un esfuerzo para no sollozar. Poco a poco, dio un desahogo a su pena, le habló de su soledad, de su tristeza y de su espera ya sin esperanzas. Ocho meses habían transcurrido sin que llegaran unas líneas, una señal. Saverio no había respondido a ninguna de sus cartas.

Mario no sabía qué decir. Para conformarla, inventó algunas excusas, con el fin de justificar aquel silencio. Un rato después, se alejó lleno de rabia contra aquel desvergonzado que ni siquiera había hallado una palabra o un pretexto para terminar la relación. Por la noche, no pudo dormir; tenía ante sí la cara entristecida de la muchacha…Entonces, una idea surgió en su mente: escribirle una carta como si fuese aquel ingrato de Padua. Pero ¿cómo imitar su letra? Ya casi no la recordaba. Debía hallar algún motivo para semejante cambio…Hacia el alba, encontró una solución: le contaría que había tenido un accidente, que había sido víctima de una explosión en el restorán, y que había tenido quemaduras en la cara y en las manos por lo cual había pasado dos meses en el hospital. Su cara estaba desfigurada y, por esa razón, no deseaba que lo viera…Sí, le diría que seguía amándola, más que antes, pero que respetara su decisión. Para evitar que ella fuera a Padua y lo buscara, agregaría que ya no vivía en Padua; ese mismo día partía para el sur, iría a casa de sus padres. Le pediría perdón por ser la causa de aquel dolor, se excusaría por la pésima letra dado que su mano derecha también estaba muy dañada. Le diría adiós para siempre.

Viajó expresamente a Padua para despachar la carta que más tarde él mismo entregó a la modista. Luego de la breve charla, se alejó por el sendero crujiente. Le pesaba en la conciencia aquella mentira; en vano se justificaba diciéndose que de ese modo ella no esperaría más y comenzaría a olvidarlo. De pronto, una idea atravesó su mente como un relámpago: ¿y si el hombre volvía y descubría su enorme mentira? Se quedó inmóvil, en medio de la colina, mirando sin ver.

Al cabo de una semana, empujado por el temor de las consecuencias de su engaño y aprovechando una vacante providencial en Verdello, partió en el tren de las 8.12. La distancia evitaría enfrentar el reproche de aquellos ojos que viera por última vez abiertos sobre una luz de esperanza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 
Relato
Llega el cartero

Un tema de actualidad
Ancianidad: modelos mundiales paradigmáticos
Monólogo de un médico
No saber - La incertidumbre y el método de una profesión caníbal
Un comentario sobre El Quijote
El Quijote y otros papeles cervantinos, de Fredo Arias de la Canal
Historia de dos mujeres de nuestra Historia
La señora, la señorita Cuenca y Mariano Moreno (continuación)

Todos los excesos tienen algo de negativo
Infobesidad: ¿cómo manejarla?
23 de abril: la huella de Sant Jordi
Libros y rosas
   
 
 

(*)Teresa G. Minhot Profesora de Francés; ex Prof. de francés del Instituto Superior Olga Cossettini Ex. Prof. de francés en Humanidades y Arte y Escuela de Música Prof. de Literatura francesa en la Alanza francesa de Rosario. Miembro de la Asociación argentina de Literatura francesa y francófona. 5º Premio Certamen Literario Nov. 2012 del "Grupo de Escritores Argentinos" médico Clínica-UNR.org







 
 

 

 

   
  Versión web 2.0
Medicina & Cultura es un suplemento de Clínica-UNR.org
© 2007 - 2011 Todos los derechos reservados