Año 1

Nº 11

Diciembre 2007  
  Números anteriores
  Acerca del comité editorial
  Contactos
 
 
 
Gustave Flaubert: un personaje singular
Por  Amalia Pati (*)
 


Gustave Flaubert

 
 
 

Amo mi trabajo con un amor frenético y perverso, como ama el asceta el cilicio que le araña el vientre.

G. Flaubert

 

El 12 de diciembre se cumplió un nuevo aniversario del nacimiento de uno de los más grandes escritores del siglo XIX. Gustave Flaubert nació en Rouen, en la Alta Normandía, en 1821. Su padre era un prestigioso cirujano de Rouen y su madre pertenecía a una antigua familia normanda. Flaubert mostró desde muy temprano una gran afición por la literatura y la historia. Tanto es así que el primer texto que escribió – que ha llegado hasta nosotros - data de 1831, es decir, cuando contaba con sólo diez años.

 

En 1843, inició, en París,  la carrera de Derecho, pero la abandonó en poco tiempo a raíz de su primer ataque de epilepsia. Desde entonces, se recluyó en Croisset junto a su familia  donde transcurrió gran parte de su vida trabajando y puliendo cada palabra que escribía hasta encontrar la adecuada a su estilo. La enfermedad tuvo un notable beneficio secundario: la tranquilidad y la estabilidad que necesitaba  para dedicarse por entero a la escritura. En este sentido, el abandono de los estudios no significó una tragedia para el escritor. Sí, en cambio, supo decir que cada ataque “era atroz, como si me arrancasen el alma del cuerpo”

 

Flaubert sentía un profundo odio por su época, por la chatura de la vida burguesa, un odio que, paradójicamente, fue fructífero para sus novelas. Entre muchas otras cosas, opinaba que sus semejantes eran “montones de burgueses que para mí son como carne hervida: mucho vapor, nada de jugo, insípidos. [...] Otros son como carne blanca, pescado de río, delgadas anguilas que viven en el fango, ostras más o menos saladas, cabezas de terneras y azucaradas papillas”. Cuando pensaba en la democracia, se volvía aristocrático en extremo.

 

En 1836, conoce a Elisa Schelesinger, esposa de un editor de música alemán, y se enamora apasionadamente de ella; una pasión que lo acompaña durante gran parte de su vida y que a pesar de que seguirá comunicándose durante décadas con la mujer, nunca es correspondido. Sin embargo, la pasión dio sus frutos: Mme. Arnoux, la mujer casada de la que se enamora, a primera vista, el joven Frédéric Moreau, en La educación sentimental (1869), es la señora Schelesinger.

Diez años después comienza una tormentosa relación con la famosa poetisa Louise Colet; continuas peleas y separaciones, a veces por períodos prolongados, fueron la marca distintiva de la pareja de Louise y Gustave; Louise no podía comprender cómo si él la amaba podía pasar tanto tiempo lejos de ella; Gustave podía responder a las quejas de Louise con sentencias como ésta: “¿Pides amor, te quejas de que no te mande flores? [...] Búscate un joven recién salido del cascarón, un hombre de buenos modales e ideas prestadas [...]” . Tenían una vida y gustos muy diferentes. Ni siquiera coincidían en los gustos poéticos, él solía ser muy crítico con ella y ella burlarse de los cuidados excesivos que le prodigaba su madre.  De la relación, quedaron numerosas cartas que son verdaderas joyas literarias. Pero no sólo con Louise mantuvo el escritor una activa correspondencia sino también con su madre, en los tiempos en que se encontraba lejos de ella, con su amiga George Sand, con Maxime du Camp, Louis Bouilhet, entre otros escritores famosos. Las cartas a la madre ya trasuntaban el cariño especial que sentía por ella; era sobreprotectora hasta la obsesión por la enfermedad de su hijo. Pero a juzgar por sus cartas, parece haber sido una obsesión mutua: “Mi vida está clavada a otra y esto seguirá siendo así mientras dure esa otra vida. Alga marina azotada por el viento, sólo me sostiene a la roca un solo hilo firme. Si se rompiera, ¿a dónde sería arrastrada esa pobre planta inútil?”, escribe Flaubert en una carta.

Como es de esperar en estos casos, la muerte de la madre, lo sumió en una profunda tristeza. Dijo de ella, en esa oportunidad: “hace quince días que me he dado cuenta que mi mamá, esa buena y pobre mujer, era el ser que más he querido. Es como si me hubieran arrancado parte de mis entrañas”.

 

Flaubert nunca se casó; tenía fama de ser muy activo sexualmente y podía frecuentar tanto los salones como los prostíbulos. Antes de su primer ataque de epilepsia, viajaba mucho: Italia, Suiza, Palestina, Turquía, Siria, Egipto, son algunos de los lugares que visitó mostrando una gran predilección por los lugares exóticos. Se ha dicho que en uno de sus viajes, por Egipto, contrajo sífilis. Su madre lo fue a buscar a Roma y quedó impactada y sobrecogida por el estado decrépito de su hijo Gustave: probablemente por el mercurio, se le habían caído el pelo y los dientes, pero también había engordado de tal manera que en el lugar del joven apuesto, la mujer encuentra a un hombre de aspecto grosero que contrasta notablemente con el que había sido.

 

La novela de Flaubert se inscribe, junto Stendhal y Balzac, dentro del realismo francés pero, a decir verdad, el enfoque realista de los tres tiene distintos puntos de interés emergente. Con Flaubert, se liquida el romanticismo de la primera parte del siglo XIX y, como dice Hugo Friedrich, su obra es “el primer punto culminante de la cientifización de la novela” y del “asco por la trivialización de la vida”.

Madame Bovary (1857), de la que supo decir Emma Bovary c`est moi, fue la primera novela publicada por un escritor ya experimentado y dedicado exclusivamente al arte. Fue censurada, y su autor procesado por inmoral; sin embargo, el proceso fue mucho menos penoso del que debió de soportar Ch. Baudelaire `por Las flores del mal y, como resultado de la crítica y el proceso, adquirió una gran popularidad convirtiéndose en un éxito de ventas.

 

La novela más famosa de Flaubert transcurre en una aldea lejos de París. Allí, el médico viudo, Charles Bovary, conoce a Emma, una joven y bella campesina. Tienen una niña pero Emma se aburre pronto de su marido. Emma aspira a un mundo que no le pertenece pero que tal vez haya conocido en las novelas. Comienza su vida de adúltera pero fracasa una y otra vez; se empeña y termina en la bancarrota, a espaldas de su marido y, al final, envuelta en una madeja que no puede desenredar, decide terminar con su vida tomando un polvo de arsénico. La escena que sigue a la ingesta del veneno, es una escena realista que dista en mucho de las escenas mortuorios a la que nos acostumbraron los románticos. Emma estaba pálida y sudorosa, profería gritos desesperados y su cuerpo se movía convulsivamente; tenía los ojos desorbitados y las manos crispadas. Finalmente, “su pecho comenzó a jadear rápidamente; la lengua entera se le salió de la boca; sus ojos girando se apagaban como luces que se extinguen, y se la creyera muerta a no ser por la espantosa aceleración de sus costados, sacudidos por un hálito furioso, como si el alma se debatiera a saltos para escaparse”. Hasta que una convulsión la hizo caer nuevamente sobre el lecho.

 

Después de que se levantara la condena sobre Madame Bovary, Flaubert le escribió al director de la Révue de París unas frases que patentizan su aversión por la vida burguesa:

 

¿Cree usted, pues, que esta innoble realidad cuya reproducción le repugna, no me hace saltar el corazón tanto como a usted?. Si usted me conociera más, sabría que execro la vida ordinaria. Personalmente me aparté siempre de ella cuanto pude. Mas estéticamente quise, esta vez, y únicamente esta vez, practicarla a fondo. Así me tomé la cosa de manera heroica, quiero decir minuciosa, aceptándolo todo, diciéndolo todo, pintándolo todo, expresión ambiciosa.

 

 

En 1862, publica Salambó y La tentación de San Antonio, en 1874. Tres años después, aparece Tres cuentos, una maravillosa obra integrada por Un corazón simple, Herodías y San Julián, el hospitalario.

 

El 8 de mayo de 1880, muere, en Croisset, al parecer de una hemorragia cerebral. Estaba escribiendo Bouvard y Pécuchet, novela que quedó inconclusa. Murió solo y empobrecido porque lo habían precedido no sólo su madre, proveedora de su bienestar, sino la mayoría de sus amigos, entre ellos Louise Colete y George Sand. Frente a tales acontecimientos supo escribirle a su sobrina: “mi corazón está convirtiéndose en una necrópolis”. En su necrológica, el escritor Emile Zola comentó que la mayoría de los pobladores de Rouan no lo conocían y que el resto, lo detestaba.

 

 

Bibliografía

Flaubert, G., Madame Bovary; Madrid: Sarpe; 1984.

_________, La educación sentimental; B.A.: Losada; 1980

Barnes, J; El loro de Flaubert; Barcelona: Anagrama; 1984.

Friedrich, H.; Tres clásicos de la novela francesa: Stendhal, Balzac, Flaubert; B.A.: Losada; 1969.

 
 

  (*) Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras.
Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición.
Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto.

Correspondencia a:
pastoritap@yahoo.com.ar
 
 
    Medicina & Cultura es un suplemento de Clínica-UNR.org
© 2007 - 2010 Todos los derechos reservados