Año 1

Nº 12

Enero 2008  
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Un irlandés errante
Por  Amalia Pati (*)
 


James Joyce

 
 
 

[...] Por qué estaba allí, arrodillado, como un niño que reza sus oraciones de la noche?. Para estar a solas con su alma, para examinarse la conciencia, para afrontar cara a cara sus pecados [...] para llorarlos. No podía llorar. Sentía sólo un dolor en el alma y en el cuerpo, todo su ser [...] entumecido y cansado.

 

[...] Aquella era  la obra de los demonios que trataban de diseminar sus pensamientos y burlar su conciencia asaltándolo por las puertas de la carne cobarde y corrompida por el pecado. Y pidiéndole tímidamente a Dios que le perdonara su debilidad, se metió lentamente en el lecho [..] había pecado. Había pecado tan gravemente contra el cielo y delante de Dios, que no era digno ya de ser llamado hijo de Dios.

James Joyce
Retrato del artista adolescente

 

Irlanda ha sido pródiga en escritores ilustres.  Oscar Wilde, Samuel Beckett, William Butler Yeats y James Joyce son los que me vienen a la memoria. Todos de Dublín y, excepto Wilde (murió en 1900), todos vivieron y escribieron sus obras en el siglo XX.

El 13 de enero se cumplió un nuevo aniversario de la muerte del autor del Ulises (1922). El nombre de Joyce está quizá más íntimamente ligado a esta obra monumental que a cualquiera de las otras. Es la obra por la cual adquirió fama mundial, la que siempre es mencionada  pero muy pocas veces leída, al menos, en su totalidad. Será porque invirtió la friolera de siete años en narrar un día en la vida de Leopoldo Bloom - y su conciencia – que sumados al mito sobre las dificultades que entraña la lectura, nos impresiona como para retacear las casi mil páginas que constituyen la obra en su idioma original. Supo decir Borges, con su habitual ironía, que le había bastado con leer algunas páginas del Ulises para saber de qué se trataba.

 

Joyce vivió gran parte de su vida exiliado de Dublín  - en Trieste, en París, en Zürich – En su exilio en París pasaba períodos de hambre y frío; solía, por aquella época, mandar cartas desgarradoras, sobre su situación, a su familia quienes hacían malabares para enviarles algunos peniques. El pedir dinero fue una constante en la vida de Joyce. Aun así, volvía a París. Había expresado, sin tapujos, el rechazo a su país de origen. En una carta a Nora, precisamente desde Dublín, le manifiesta este sentimiento: “Detesto Irlanda y a los irlandeses. A pesar de haber nacido entre ellos, en la calle me miran fijamente. Quizás leen en mis ojos el odio que les tengo. Por todos lados no veo sino la imagen del cura adúltero y sus sirvientes, y de mentirosas y taimadas mujeres”. Y en la misma carta se vanagloria de que el hijo de ambos “será siempre un extranjero en Irlanda, un hombre que hablará otra lengua y estará educado en una tradición distinta”. [1] Paradójicamente, dijo alguna vez que cuando él muriera “descubrirán que Dublín está tallada en mi corazón”; no hacía falta esperar eso, su “querida y sucia Dublín” está retratada en Dublineses (1914), una colección de cuentos, entramados entre sí, en los que Joyce revive muchos de los personajes que, con su memoria prodigiosa, recordaba de las caminatas con su padre por las calles de su ciudad natal.

 

En otro artículo de este suplemento, nombramos a Joyce entre los escritores “ciegos”, aclarando en aquella oportunidad - y ahora con las comillas - que nunca fue totalmente ciego. Sin embargo, desde 1917 su vista se fue deteriorando – por una probable iritis - de tal manera que fue sometido a once intervenciones quirúrgicas, con escasos resultados exceptuando el sufrimiento que significaban. Ya en 1920, mientras escribía El velorio de Finnegan, pasó episodios de ceguera casi completa.

Fue un niño y un adolescente muy despierto y parece ser que esta precocidad  intelectual tuvo su paralelo en lo sexual. A los quince años, ya frecuentaba asiduamente los prostíbulos de la “Villa nocturna”. Joyce narra estos episodios en  Retrato del artista adolescente,  una traducción no muy exacta de A Portrait of Artist as a Young Man (1916) - y en mi opinión, la más bella de cuantas escribió el irlandés –  obra autobiográfica (más genuinamente autobiográfica que el resto) de un joven educado bajo los preceptos rígidos de los jesuitas, situación que, al parecer, tuvo una gran influencia en su separación del catolicismo ortodoxo. Joyce descubrió a través de sus prácticas sexuales que la moral de la Iglesia no estaba a la altura de la libertad sexual.

Pero eso no es todo. Basta con leer las cartas a Nora para comprender el lugar que ocupaba la pasión sexual para el escritor. En 1904, poco tiempo después de la muerte de su madre, Joyce conoce, durante una caminata, una joven pelirroja que se desempeñaba como camarera en un hotel y queda atrapado por ella. Su nombre era Nora Barnacle. Insiste hasta que Nora cede a sus invitaciones. Fue, sin lugar a dudas, una pareja muy despareja: él, un intelectual de alto vuelo y ella, una mujer sin educación.  Sin embargo, se fueron juntos de Dublín y desde el momento en que se conocieron, en 1915, permanecieron unidos hasta la muerte del escritor. Tuvieron dos hijos – una niña y un niño - pero recién se casaron en 1931, exactamente diez años antes de la muerte de Joyce.

 

Las cartas de amor de Joyce a Nora deberían ser leídas – según R. Ellmann, su biógrafo – bajo la consigna de que el escritor se había propuesto expresar todo cuanto pensaba y sentía  aun cuando “su objetivo fue lograr satisfacción sexual y proporcionársela a Nora” mientras estaban separados. Más allá de las contingencias sexuales, se trataba de verdaderas cartas de amor. En 1909, le escribe desde Dublín: “De cualquier manera te amo, Nora. No puedo vivir sin ti. [...] Me gustaría pasar por la vida a tu lado, contándote más y más hasta llegar a formar un único ser, juntos hasta que nos llegue la hora de la muerte. [...] ahora, mientras escribo esto, las lágrimas corren por mis ojos y los sollozos me embargan. [2]

Este fragmento de carta lo muestra como un romántico enamorado sin ninguna diferencia  con un Keats muerto de amor por Fanny Brawne, más de un siglo antes.  Pero a diferencia de las cartas de Keats, Joyce es literal cuando expresa sus deseos eróticos rayanos con la perversión: [...] Castígame tanto como quieras. Me sentiría deleitado de sentir mi carne estremeciéndose bajo tu mano. ¿Sabes lo que quiero decir, Nora mía? Desearía que me pegaras o incluso que me azotaras. No jugando, querida, sino en serio, y en mi carne desnuda [...]. [3] (Dublín, 1909).

Joyce se definía a sí mismo como un hombre celosos, solitario, insatisfecho y orgulloso. De hecho, estas características de su personalidad se transparentan en sus cartas, muchas veces, llenas de reproches, disculpas, dudas, temores y toda suerte de sentimientos paralelos a las más tiernas expresiones amorosas.

 

Aunque ocupa un lugar secundario dentro de su obra, cabe mencionar que Joyce escribió también poesía. Música de cámara, de 1907, es el primer libro que publicó; luego vinieron Manzanas a un penique y Giacomo Joyce, que juntos con el anterior constituyen su pequeño poemario. Exiliados, de 1918, es su única obra de teatro.

Finnegans Wake – para él, su obra maestra – se publicó en 1939 y fue su último trabajo; le llevó el doble de años que el Ulises y si Ulises tiene sus dificultades, Finnegans las lleva a un estado hiperbólico. Desde la problemática lingüística en la que mezcla el inglés con diversos idiomas hasta la narrativa en la que se mezclan los sueños del personaje – Earwicker - con personajes oníricos, históricos y míticos, Finnegans Wake representa, en este sentido, la apoteosis de una escritura que experimenta de continuo para mostrar un realismo vital al que pocos se habían atrevido antes de James Joyce.

Su último refugio, huyendo de la Segunda guerra mundial con su hija, probablemente afectada de una esquizofrenia, fue Zürich. Llegó con su familia, en diciembre de 1940, pero en enero, el día 13, murió luego de una intervención quirúrgica por una úlcera perforada a los 58 años. Lo acompañaban Nora y su hijo George.


 

 

NOTAS

 

[1] Véase Cartas de amor a Nora Barnacle; México: Premià Editora; 1982; p. 73.

[2].Ibid. p. 75.

[3] Ibid. p. 97.

 
 

  (*) Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras.
Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición.
Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto.

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