Año 2

Nº 14

Marzo 2008  
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Nombres en la historia - Nº 1
“¡PER DIO! C´E´!” Nélaton, su sonda y la pierna de Giuseppe Garibaldi.
Por  Diego Bértola (*) y Mauro Tortolo (**)
 


Auguste Nélaton
(1807-1873)


Giuseppe Garibaldi
(1807-1882)

 
 
 

Cuando la primer línea de carabineros del ejército del rey de Italia abrió fuego contra las tropas de Giuseppe Garibaldi (1807-1882), en Aspromonte, el 29 de agosto de 1862, una de las tantas balas disparadas atravesó la bota de montar del general y penetró en el tobillo derecho, un poco por delante y por debajo del maléolo interno. El cirujano presente en el campo de batalla intentó localizar la bala pero, pese a los esfuerzos, no  pudo hacerlo. Fue necesario bajarlo en camilla por la ladera de la montaña, y llegando a Scilla abordó un vapor rumbo a Varignano. Al llegar fue apresado y acusado de traición, quedando prisionero allí mismo. 

Dos días después  su herida fue examinada por el profesor  Porta, de Pavia, en presencia de los profesores Rizzoli de Bologna y Zanetti de Florencia, y de otros médicos no tan notorios que conformaban el entorno de quien sería el unificador de Italia. El consenso médico fue unánime: la bala no estaba alojada en el tobillo. No obstante, dos semanas después del incidente, los partes médicos emitidos desde Varignano no eran del todo optimistas. La herida estaba empeorando y los cirujanos empezaban a creer que la bala  estaba alojada en la tibia.

Las noticias de la ausencia de mejoría causaron consternación en la Inglaterra protestante, donde la simpatía por el enemigo del Papa abundaba.  Se corría el rumor de que quizás la atención médica recibida por Garibaldi no era la mejor. Un grupo de colaboradores con la causa unificadora,  propuso recaudar fondos para pagar un médico interconsultor. Una vez recaudadas mil guineas, Richard Partridge (1805-1870), profesor de cirugía del Hospital Escuela Real de Londres, fue elegido para tal fin.

Llegado a  Varignano, el 16 de septiembre de 1862,  Partridge examinó la herida y llegó a la conclusión inequívoca de que la bala no estaba en el tobillo.  Fundamentó su diagnóstico en la ausencia de tumefacción y en otras “razones” que no detalló en su informe. Confiaba en que la herida sanaría con buenos cuidados de enfermería, reposo y tiempo.

Contrariando la esperanza de Partridge, la herida de Garibaldi no mejoró. A fines de octubre, la infección y la gangrena empezaban a asomar anunciando una posible amputación. Sin embargo, los médicos de Garibaldi  no perdían la esperanza de que la pierna pudiera ser salvada. Uno de ellos tomo la iniciativa, viajó a Paris y convenció a su profesor de cirugía para que diera su opinión. El nuevo interconsultor era Auguste Nélaton (1807-1873), quien había sido a su vez alumno del célebre cirujano Dupuytren. Nélaton llego a Varignano el 28 de octubre de 1862. A su partida de París había declarado que la amputación no sería necesaria y confirmó su pronóstico, un día más tarde, al examinar la herida.

Nélaton usó una sonda común de metal para explorar la herida. Cuando el instrumento alcanzó los dos o tres centímetros de profundidad, fue detenido por una sustancia de consistencia dura. ¿Era hueso o era metal? Según la opinión de Nélaton, el sonido sordo producido por la sonda contra el obstáculo, era muy diferente al sonido agudo producido por el contacto con hueso necrótico. Además de las cualidades sonoras obtenidas en el examen, otras circunstancias apuntaban a la presencia de la bala en el tobillo: la dirección del disparo, la presencia de un solo orificio en la bota y la media (en las cuales la bala no fue hallada) y las pequeñas tiras de cuero que fueron extraídas del interior de la herida en distintas reexaminaciones.

El cirujano francés recomendó la extracción de la bala usando pinzas. La amputación no sería necesaria, y la herida sanaría aunque la rigidez articular sería inevitable. Garibaldi, quien había soportado los exámenes sin los beneficios de la anestesia, estuvo inmensamente agradecido.

Nélaton volvió a Paris con la expectativa de que uno de los cirujanos italianos llevara a cabo la operación. No obstante, pronto se hizo notorio que los encargados de la salud de Garibaldi continuaban indecisos. Porta, quien había examinado la herida con el dedo, seguía sosteniendo que la bala no estaba alojada en el hueso. Zanetti, el primer cirujano, sugirió que la bala estaba allí pero que quizás seria propicio esperar que la lesión evolucione lentamente.

Enterado de la partida de Nélaton, Partridge volvió para visitar nuevamente al enfermo. En su segundo examen de la lesión, se convenció firmemente de que la bala estaba todavía en el tobillo; desafortunadamente, la cirugía francesa y la inglesa estaban ya embarcadas en un duelo que terminaría lastimando profundamente el prestigio de una de las partes.

Enterado de las dilaciones  de sus colegas italianos, Nélaton se convenció de que la bala no sería extraída sin una evidencia física de la presencia de metal en la herida. Comenzó a pensar en algún nuevo tipo de instrumento, que aprovechara también los nuevos conocimientos en química para aplicarlos a la cirugía.

En principio, Nélaton pensó en una sonda metálica terminada en una punta plana y filosa con la cual pudiera extraer algunas pequeñas partículas de metal. Mientras la sonda era construida y fiel a su estilo innovador, comenzó a fantasear con algún tipo de reactivo químico que permitiera poner en evidencia el metal. Consultó al químico M E Rousseau, quien le sugirió que utilizara una sustancia capaz de sacar una impronta del metal, tal como la porcelana deslustrada. Consecuentemente con lo propuesto por el notable químico, la nueva sonda metálica recubierta en porcelana deslustrada fue construida para ser enviada desde París al doctor Zanetti para que sea probada.

Con el nuevo instrumento, Zanetti, el gran cirujano de la Toscana, tuvo la certeza de la presencia de la bala, por lo que el 23 de noviembre se decidió a intentar la extracción. El mismo Garibaldi, al ver salir el tozudo proyectil por el orificio ampliado de la herida exclamó “¡Per Dio! c´e´!”. Casi tres meses habían transcurrido desde el día de la batalla.

Gradualmente Garibaldi recuperó la función de su pierna pero la herida continuó siendo un incordio para él. Le causaba dolor intermitente y le quedó como secuela una anquilosis de la articulación.

La reputación de Partridge nunca se recuperó del revés que había sufrido: con su credibilidad profesional hecha añicos murió en la pobreza en 1873.

En contraste, Nélaton obtuvo el reconocimiento mundial como el salvador de Garibaldi, aun no habiendo sido él quién personalmente extrajo la bala. Fue colmado de honores, incluyendo la Legión de Honor, y acumuló una fortuna valuada al momento de su muerte en millones de francos.

 

La famosa sonda diseñada por Nélaton.

 

Bibliografía:

1 - Laín Entralgo, P. Historia de la medicina moderna y contemporánea. 2ªed., Barcelona-Madrid, Científico-Médica, 1963.
2 - O Moscucci, Garibaldi y los cirujanos, J R Soc Med 2001;94:248-25.

 
 

  (*) Diego Bértola es Médico Residente de Clínica Médica del Hospital Provincial del Centenario, Rosario, Argentina.

Correspondencia a:
diegoabertola@gmail.com

 
  (**) Mauro Tortolo es médico y miembro estable del consejo editorial de este suplemento.

Correspondencia a:
maurojt@hotmail.com
 
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