Año 2

Nº 17

Junio 2008  
  Números anteriores
  Acerca del comité editorial
  Contactos
 
 
 
Nombres en la historia - Nº 4
De Galeno a Korotkoff: crónica del registro de la presión arterial
Por  Mauro Tortolo (*) y Diego Bértola (**)
 

 
 
 

En la antigua Grecia, Serófilo y Erasístrato sostenían que las arterias transportaban aire. Varios años después, Galeno “completó” el postulado declarando que (junto a la innegable presencia de gases) los vasos del cuerpo estaban llenos de sangre. Lo egipcios ya lo sabían y, por ello, empleaban sanguijuelas para “desbloquear” los lechos sanguíneos cuando los creían obstruidos.

Sin embargo, fue William Harvey, en el siglo XVII, quien estableció, por primera vez, el modelo de circulación continua y unidireccional de la sangre. Según él, Galeno se había equivocado al asegurar que ésta era producida ininterrumpidamente en el corazón. Demostró, en cambio, que existía una cantidad finita de este fluido esencial cuestionando seriamente los supuestos beneficios de las flebotomías, una práctica muy difundida por entonces que, a diferencia de las indicaciones específicas de la actualidad, se empleaba indiscriminadamente para la cura de numerosas enfermedades.

 

El primer documento histórico de la medición de la presión de la sangre data de 1733. Fue el reverendo Stephen Hales, un veterinario inglés, quien diseñó el siguiente experimento: ató una yegua a una tranquera puesta en el suelo, y conectó una cánula de cobre y cinc en una de las arterias del cuello del animal. La misma estaba unida a un tubo de vidrio, a través del cual observó cómo la columna de sangre se elevaba hasta una marca de 2 metros aproximadamente, con leves oscilaciones que se correspondían con las pulsaciones de las arterias. Hales concluyó que este comportamiento se debía a la presión ejercida por la sangre en el interior de los vasos.

Más tarde, Jean Poiseuille – un fisiólogo francés - modificó el tubo dándole forma de “U” y reemplazó el agua por mercurio (13,6 veces más denso) para que la elevación no sea tan pronunciada y la medición más acertada.

 

Recién en 1847, Karl Ludwig logró el primer registro de la presión arterial en humanos, conectando al manómetro de Poiseuille catéteres insertados en las arterias del antebrazo. Colocó un flotador de marfil en el interior del tubo, que se continuaba con una delgada varilla metálica en cuya punta insertó una pluma. La misma se encargaba de imprimir las oscilaciones de la columna sobre un papel, que al ser dispuesto sobre un tambor giratorio permitía evaluar la dimensión temporal de dichas ondas. Éste era el Kimógrafo (“escritor de ondas”, en griego) de Ludwig. Entre sus limitaciones se destacaba la inercia de inscripción de la pluma, que no abarcaba el verdadero rango entre la presión máxima y la mínima sino que oscilaba entre un valor aproximado de presión media. Además, resultaba un método sumamente invasivo, por lo que se destinaron muchos esfuerzos a buscar mejores alternativas.

 

Por su parte, en 1855, un médico alemán llamado Karl Vierordt describió cómo desaparecía el pulso al aplicar una presión suficiente sobre la arteria correspondiente. Y, en 1855, Samuel Siegfried Karl Ritter von Basch, de origen austríaco, inventó el esfingomanómetro, un aparato que consistía en una bolsa inflable con agua que se conectaba a un manómetro, y servía para determinar la presión necesaria para obliterar el pulso de la arteria.

Fue a fines del siglo XIX que un internista italiano dio un paso fundamental en la medición de la presión arterial; era  Scipione Riva Rocci quien, en 1896, propuso medir la presión arterial por medio de la palpación de la arteria radial a medida que el manguito se insuflaba. Diseñó, además, un esfingomanómetro con elementos de la vida cotidiana (por ejemplo, el manguito era una cámara de bicicleta) que acercó esta técnica a la actividad diaria del médico de la época. Tan significativo fue su aporte que, en su honor, los valores de presión obtenidos muchas veces se indicaban junto a las siglas “RR” (Riva Rocci).

 

En esos años sobresalía, en el mundo médico, la figura de un neurocirujano estadounidense: Harvey William Cushing quien, durante un viaje por la península itálica, valoró las bondades del nuevo instrumento y se encargó de promocionarlo en su país, donde rápidamente fue aceptado. Después de sufrir sutiles ajustes para adaptarse al uso clínico, la creación de Riva Rocci no tardó en ganar terreno en el resto de los países occidentales.

 Pero faltaba un aporte clave que no tardaría en llegar. En 1905, desde la Academia Imperial Médica de San Petersburgo,  Nikolai Korotkoff –pionero en la cirugía cardiovascular del siglo veinte- comprobó que la auscultación del pulso de la arteria ocluida aseguraba registros mucho más sensibles. Además, con el empleo del estetoscopio  permitió algo impensado con el método de RR: reconocer la presión diastólica. Esta modalidad se mantiene hasta nuestros días.

 

Así, podemos concluir que medir la presión que ejerce la sangre en el interior de los vasos, asumir la importancia de este acto y optimizar la técnica para  el uso diario, no fue una tarea sencilla. Decenas de siglos y nombres convirtieron esta innovación en una de las más cosmopolitas y longevas de la historia de la medicina.

 

 

 

Bibliografía:

·   Cingolani HE, Houssay AB. Fisiología Humana,. Editorial El Ateneo. 2002.

·   Lyons A; Medicine, an illustrated history. Abrams Publishers, New York, 1978; 477-593.

·   Medical Diccionary, 26a ed. Saunders & Co. Filadelfia, 1985

 
 

  (*) Mauro Tortolo es médico residente de Clínica Médica y miembro estable del consejo editorial de este suplemento.

Correspondencia a:
maurojt@hotmail.com

 

 

(**) Diego Bértola es Médico Residente de Clínica Médica del Hospital Provincial del Centenario, Rosario, Argentina.


Correspondencia a:
diegoabertola@gmail.com

 
 
 
    Medicina & Cultura es un suplemento de Clínica-UNR.org
© 2007 - 2010 Todos los derechos reservados