Año 2

Nº 19

Agosto 2008  
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La muerte y otros silencios
Por Daniel Flichtentrei (*)
 

 
 
 

Mirar, desde abajo...(el hijo)
 

Antes de las 7.30  del lunes llegó como todos los días a la casa de sus padres. Abrió con su propia llave y encontró a la enfermera de la noche dormida sobre la mesa. La cabeza apoyada sobre el brazo y el cabello ocultándole la cara. Suspendida sobre su falda estaba la revista que acompañaba la edición dominical del diario. Cerró la puerta intentando no hacer ruido e ingresó en la habitación de Valentina. La vio acostada, inmóvil, pero con los ojos inusualmente abiertos. Los párpados fijos y los globos oculares extáticos. Nada en ellos denotaba que su presencia fuese percibida. No obstante se colocó directamente frente a madre y la miró intensamente a los ojos. Nada. Sostuvo esa posición durante un tiempo que le pareció demasiado prolongado sin obtener respuesta alguna. Sintió algo extraño, pero no pudo saber qué.

 

Fernando dormía sobre el sillón. Descalzo y con su camisa completamente desabotonada. El abdomen subía y bajaba lentamente con los movimientos respiratorios. Pensó cuánto había adelgazado y qué agotado e indefenso lucía en esa posición. Lo cubrió con una sábana que levantó del suelo y bajó la persiana de la habitación. Salió en puntas de pie de aquella casa habitada por espectros, y silenciosa.

Antes de cerrar la puerta se detuvo afectado por una angustia inexplicable. Volvió a ingresar y se sentó sobre la cama de su madre. La miró fijamente a los ojos mientras tomaba su mano derecha entre las suyas. La mano izquierda permanecía atada a la cama con una venda blanca, apoyada sobre una tabilla para impedir que la tubuladura del suero se escapara de sus venas.

 

Durante algunos minutos, el hijo y la madre, parecieron mirarse mutuamente fascinados, hipnóticos. Pero los ojos de esa mujer ya no miraban, apenas dejaban ver.

Tuvo deseos de llorar, pero se abstuvo. Y volvió a salir.

 

La Esclerosis Sistémica fue descrita por el genial neurólogo francés Jean Martin Charcot en 1868. La bautizó con el nombre de esclerosis en placas, en base al hallazgo de zonas cicatrizales en la sustancia blanca del encéfalo cuando realizaba las autopsias de algunos enfermos del Hospital parisino de La Salpetièrre.

 

Debía dar su primera clase a las 9 por lo que decidió tomar un café en el bar de la facultad antes de dirigirse al aula. Tuvo la certeza de haber visto en algún lado a un niño que era él. No la imagen o el recuerdo. No una alucinación o un delirio. La exacta percepción de una figura que lo miraba, viva y presente, desde algún sitio que no podía recordar. Cuando logró despegarse de esa sensación tan rotunda encontró a Ana sentada a su lado. Sin decir palabra revolvía su té con lentitud, excesivamente.

 

- Perdón no te escuché llegar.

 

- Me di cuenta, no hay problema. ¿Cómo estás?


- Bien


- ¿Valentina?


- Sin novedad.


- ¿Por qué no pedís una licencia y te quedas en casa?


- Sería peor, estoy convencido.

 

Ana sentía por él un afecto antiguo y entrañable, y lo acompañaba sin estridencias cada vez que era necesario. Muchas veces se imaginó que esa mujer debía ser su mujer. Pero siempre, finalmente, desechaba la idea. No quería atarse a una persona y sabía que a ella no podría engañarla. No creyó que fuese capaz de restringir la diversidad de sus contactos por la intensidad de una pareja. No por ahora.

 

- ¿Hay algo más?

 

- Sí. Algo extraño, difícil de transmitir.


- Intentalo


- Hoy, en algún momento que no recuerdo, en algún lugar que no puedo precisar, sé que vi a alguien, una persona, un chico.

 

- ¿Y qué tiene eso de extraño?


- Que ese chico era yo, Ana. Pero no es una ilusión ni una fantasía. Era yo.


- Ahora sí que se complican las cosas.


- Sí, no me lo explico.


- Tal vez ese sea el problema. No intentes explicártelo.


- ¿Y qué hago?


- Acéptalo o déjalo, simplemente.

 

Ana podía incorporar hechos aparentemente ajenos a la realidad sin que entraran en contradicción con su criterio de lo real. No era la primera vez. Los sucesos más inexplicables ni siquiera la inquietaban. Los narraba con la misma frescura y verosimilitud que cualquier otro hecho de la vida cotidiana. A él siempre le pareció un poco extravagante pero, a la vez,  sincero. En ella resultaba natural y lo aceptaba.

 

Entró al aula a las 9 en punto. Una treintena de alumnos lo aguardaban ocupados en sus conversaciones que generaban un murmullo continuo pero sin estridencias. Una vez al frente de la clase se produjo un silencio algo más pronunciado que lo esperado, inusual. Tomó un trapo y comenzó a borrar el pizarrón bajo una nube de polvo blanco que desprendía la tiza al ser removida. Se detuvo al llegar al borde derecho y leyó una inscripción desprolija pero aún legible:  Muchos nos “escribimos” en este seminario. Ahora, después de conocer tus clases, nos “inscribimos” en él. Gracias por eso. Sabemos lo que sucede y te acompañamos.

 

Por segunda vez durante ese día sintió deseos de llorar, pero también se abstuvo. Miró al grupo sin personalizar su mirada en nadie en particular y dijo:

 

– Gracias, me hacía falta algo así.

 

Entonces decidió modificar el tema previsto para su clase del día. Se dejó llevar sin pensarlo demasiado. Sin saber claramente hacia dónde se dirigía.

Voy a hablar de la memoria. De esa sustancia tan inasible y tan etérea pero con efectos tan brutales como para generar una guerra, derrumbar una vida o impedir un amor. ¿Qué cosa será la memoria? ¿De qué estarán hechos sus átomos? ¿Dónde habitarán sus contenidos? ¿Recordamos hechos o recordamos recuerdos?

 

Decía Samuel Beckett refiriéndose a Proust: “El hombre con buena memoria nunca  recuerda nada porque jamás olvida nada”. Paul Auster hace decir a uno de sus personajes que “el misterio de lo que aún no ha ocurrido podía guardarse en la memoria”. Como el huevo de la serpiente, los rastros de lo que seremos ya están inscriptos en el presente. También las huellas de lo que fuimos. Fatalmente nos convertiremos en lo que somos. ¿Cuántos de ustedes recordarán en el futuro esta mañana de Abril? ¿Cuántos convocarán, desde las numerosas estaciones del dolor y del fracaso que les aguardan, la sensibilidad exasperada y el secreto temblor que hoy nos une? ¿Puede alguien asegurarme que los múltiples hombres y mujeres que hemos sido no circulan aún inadvertidamente entre nosotros? ¿Puede alguno afirmar que los fantasmas de lo que serán no viajaron esta mañana en el subte con ustedes? ¿Cuándo muere un recuerdo? ¿Cuándo nace? ¿Qué maldita cosa se lleva la muerte? ¿Hacia dónde? ¿Qué sucede con esa versión única que de nosotros tienen los demás cuando ellos mueren?


Habló durante más de una hora. Sin detenerse, poseído por una necesidad incontenible de palabras. Los alumnos permanecieron en silencio, absortos y conmovidos. Finalmente dijo: gracias y perdón. Luego se retiró del aula. Buscó un taxi en la puerta de la facultad pero antes de encontrarlo Ana estacionó su automóvil justo frente a él, abrió la puerta y lo invitó a subir.

 

- Te llevo, no tengo nada que hacer hasta la tarde.

 

- Gracias, acepto.


- ¿Hacia dónde vas?


- No lo sé exactamente, estoy algo confundido.


- Pensalo, mientras tanto te invito a almorzar.

 

Ana conducía lentamente mientras él la miraba con atención. Muchas veces la imaginó en distintas situaciones. Dormida bajo el sol en una playa, desnuda en su cama mirando el techo, leyendo sentada en el piso de su departamento. Ahora no podía saber qué era real y qué no lo era. De todos modos la diferencia no le pareció demasiado trascendente.

 

Se sentaron en la mesa más escondida de un viejo restaurante al que ya habían ido otras veces. Ana mordía trozos de pan, él daba pequeños sorbos a su cerveza.

 

- Creo que lo que verdaderamente tengo que averiguar es dónde vi a ese niño. Me importa mucho más saberlo que entender qué fue lo que en realidad vi.

 

- Podemos repasar juntos todas las posibilidades.


- Sé que crees en lo que te cuento, pero ¿por qué?


- No sería nada nuevo, ya  se han visto con su “doble”  Borges, Papini, Cortázar, Dostoievski, Nerval, Castillo... ¿por qué no iba a ocurrirte a vos?

 

- Es verdad. Un hecho con antecedentes se hace menos fantástico. Es casi una vulgaridad, un lugar común.


Almorzaron sin apuros. Sintió que la angustia se disipaba al saber que Ana podía observar los hechos con menos desasosiego que él. La calma de la mujer lo tranquilizaba.

 

- Sé que fue sobre una ventana, un espejo, sobre el agua, sobre alguna superficie que me permitía verlo directamente o que reflejaba con claridad esa figura.


- ¿Pudiste reconocerte de inmediato?


- Sí, no tuve ninguna duda.


- ¿Podés reconstruir la escena?

 

- Estaba sentado en el suelo. Las rodillas apretadas contra mi mandíbula y los brazos rodeando las rodillas. Asustado, creo. Estaba oscuro. Yo miraba hacia arriba, hacia mí mismo, en este caso.

 

 

Por la tarde se ocupó de las tareas habituales prestando atención a cada ventana, cada espejo, cada superficie reflectante. Antes de regresar a su casa decidió volver a pasar por la de sus padres. Ya era de noche pero aún había  un intenso movimiento en la calle. No encontró a la enfermera, tal vez por que era el horario del cambio de turno. Entonces se producía un breve intervalo en el que ya se había retirado la del turno de la tarde y no había llegado todavía la de la noche. Ingresó en la habitación de sus padres. Fernando estaba de pie, pintando frente a una tela apoyada sobre un trípode de madera. Abstraído, inusualmente enérgico en sus movimientos. Se acercó a la cama de Valentina y vio los mismos ojos desmesuradamente abiertos que había visto por la mañana. Su madre estaba sin embargo más inmóvil y más ausente que otras veces. Aproximó su cara a la de ella y mientras observaba su tórax quieto percibió claramente que Valentina no respiraba. Tomó bruscamente su mano y buscó el pulso sin encontrarlo. Soltó esa mano con espanto y llamó a los gritos a Fernando que no parecía escucharlo. De un salto, se puso de pie y tomó a su padre por los hombros. Lo sacudió con vehemencia, muchas veces. Fernando parecía no registrar ni sus gritos ni sus movimientos. Imperturbable, continuaba pintando como si estuviese en otro lugar, distante de cuanto sucedía a su alrededor. Su hijo corrió hasta el teléfono. Parecía dispuesto a hacer una llamada con urgencia pero, de pronto, se detuvo por completo. Dejó el tubo sobre la mesa sin colgar el aparato. El sonido del tono se transformó en un pitido intermitente que tampoco él escuchaba ahora. Miró hacia la cama donde estaba el cuerpo de Valentina. Miró a su padre pintando enfurecido, de pie frente a la tela. Se acercó hacia su madre y se sentó otra vez frente ella. Los ojos abiertos le daban un aspecto contradictorio e irreal. Los miró intensamente. Al hacerlo percibió con claridad la silueta de un niño en su interior. Ese niño era él durante una noche de pánico cuando tenía cuatro años. Recordó la escena de inmediato: aterrado huyó de la oscuridad de su cama pero sólo pudo llegar hasta un rincón de la habitación. Allí se sentó en el piso derrumbado por el miedo. Apretó con los brazos sus rodillas y a estas contra su mandíbula. Temblaba pero no podía llorar. De pronto se abrió la puerta y apareció Valentina apenas iluminada por la escasa luz que llegaba desde el pasillo. La miró, desde abajo. Alta, inconmensurable, bella e invencible, su madre era una diosa que llegaba para rescatarlo. Lo tomó en sus brazos sin decir palabras. Lo apretó contra su pecho. Sobre la blandura láctea de ese sitio que no era de este mundo, él se durmió de inmediato. Nunca se lo pudo agradecer. Pocas veces él mismo recordaba aquel momento. Pero, en algún oscuro lugar, siempre estuvo presente. Más allá de las palabras que la nombran esa escena se resistió a la demolición de la infancia y al ímpetu salvaje del mundo que lo capturaba.

 

Volvió a mirarla a los ojos. Volvió a ver en sus ojos al niño que había sido con toda nitidez. Comprobó con espanto que ahora el niño yacía muerto en la oscuridad de la habitación. Apoyó delicadamente sus dedos sobre los párpados helados de Valentina y se detuvo un instante atrapado entre el contacto con esa piel y la visión del cadáver de su infancia flotando en la oscuridad de sus ojos. Tuvo deseos de llorar, y lo hizo.

 

Un coche o un camión ahogaba el rugido furioso de su motor, lejos, noche arriba. Solo, como nunca jamás se había sentido, le cerró los ojos, definitivamente.

 
 

  (*) Daniel Flichtentrei es médico cardiólogo, Jefe de contenidos médicos de IntraMed.net y miembro estable del Consejo Editorial de este suplemento.

 
 
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