Año 2

Nº 22

Noviembre 2008  
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El olfato bajo la lupa de la investigación científica
Por Amalia Pati (*)
 


 

 
 
 

Olfato y progreso

 

No vale la pena discurrir demasiado sobre el hecho contundente de que la ciencia actualmente no deja resquicio del ser humano, y su relación con el mundo circundante, librado al azar. El amor, la tristeza – tan caros al poeta – la risa y sus beneficios, las desventajas de vivir en soledad y, por el contrario, las ventajas de vivir en pareja para dilatar la muerte, el atentado contra la salud que significa el silencio frente a las frustraciones, en una palabra, callarse pero, ¡ojo!, no tanto, porque se abalanza otro peligro: el de convertirnos en personas tóxicas, son sólo algunos de los vericuetos del hombre debajo del microscopio de la investigación.

 

Ahora le tocó el turno al olfato. Parece ser que a medida que progresamos y nos modernizamos, alejándonos de los ambientes naturales, para vivir en las grandes ciudades hiperindustrializadas, vamos perdiendo el olfato, situándonos así cada vez más lejos de las sutilezas olfatorias de los animales.

 En un artículo reciente, titulado “Biología del olor humano”, el autor asegura que, en Tanzania, los hadzabe siguen persiguiendo a sus presas con arcos y flechas pero, “sobre todo, con la nariz”. El arqueólogo de la universidad de Barcelona Jordi Serralonga lo explica de este modo: “los hadzabe son como nosotros, pero han conservado la capacidad de detectar, por el olor, la presencia de animales y sus rastros”, puesto que “mantienen una forma de vida en un medio rural que no ha sufrido la intromisión de olores industriales”.

Es probable que, tal como sostiene Serralonga, en la compleja trama del progreso, el hombre haya perdido gran parte de su capacidad olfatoria, en parte porque ya no la necesita y, en parte, por falta de entrenamiento.

 

 

Olfato y amor

 

Que la atracción de dos personas tiene mucho que ver con el olfato no es una cuestión nueva. En la elección de la pareja – dice Jordi Llorens, experto en Neurotoxicología y Fisiología de los sistemas sensoriales de la Universidad de Barcelona – interviene el olor “a través de los sistemas olfativos especializados en la detección de feromonas con significado sexual”. Pero eso no es todo. A la pregunta de por qué algunos olores como el sudor, resultan desagradables para unos y, por el contrario, pasan inadvertidos para otros, los científicos han respondido que tales diferencias se deben a que existe una variante genética que determina la percepción de una feromona presente en el sudor humano. La investigación, publicada en Nature, en el mes de setiembre, explica a través de estas diferencias genéticas que una persona pueda evocar, en el sudor, el olor a la vainilla, otra, un insoportable hedor a orina y, una tercera, tenga una percepción neutra.

Estas distinciones son fácilmente comprobables en la vida diaria con ejemplos sencillos como la diferencia de apreciación para distintas personas del olor que emana, por ejemplo, de la cocción de ciertos alimentos como el coliflor, el repollo y el brócoli.

 

 

Olfato y enfermedad

 

Pero los científicos no se dedican solamente a la investigación de las cuestiones del alma sino también a la aplicación de algunos descubrimientos al diagnóstico de las enfermedades. Tampoco es nuevo que del cuerpo o del aliento e, incluso, del sudor de de ciertos enfermos se desprenden olores característicos. Jordi Llorens  hace referencia al olor a jarabe de arce de los fluidos en un paciente afectado de leucinosis, al olor a acetona del ayuno prolongado, así como al aliento a acetona que pueden exhalar los diabéticos. Se puede agregar el fetor hepático en la insuficiencia hepática.

 

Sin embargo, hay algunas novedades. Los investigadores han detectado un aroma particular proveniente de cierto tipo de cáncer de piel que es muy distinto al de la piel normal. A esto se le suma el hallazgo, que ya lleva algunos meses, de que perros entrenados podrían detectar el cáncer de pulmón a partir del aliento de sus portadores.

La doctora Michelle Gallagher, autora del artículo sobre cáncer de piel y olor, publicado este año en el British Journal of Dermatology, apuesta a que en un futuro se puedan emplear “narices electrónicas”, para detectar de manera no invasiva el cáncer cutáneo.

 

Los avance científicos son innegables; sin embargo, ¡qué compleja se torna la vida a medida que progresamos!. ¿Llegará el momento en que ni siquiera podamos gozar del perfume de una rosa?.

 

 
 

  (*) Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras.
Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición.
Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto.

Correspondencia a:
pastoritap@yahoo.com.ar
 
 
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