Año 3

Nº 25

Febrero 2009  
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Vericuetos de la memoria
Por  Alcides A. Greca (*)
 


 

 
 
 

Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo.

Marcel Proust

En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann (1)

 

                Los rasgos fisonómicos son conocidos, pero el nombre no acude a nuestros labios; el número telefónico que creímos tener memorizado se resiste a aparecer; nos empecinamos en buscar, insistimos, pero es inútil, el dato esquivo es cada vez más escurridizo. No hay nada que hacer, nos damos por vencidos. En el momento menos esperado, sin esfuerzo alguno de nuestra parte, aparece diáfano, como burlándose de nuestro empeño. ¿En qué recóndita conexión neuronal estaba atrapado, disimulado, amordazado? ¿Qué extraño mecanismo inhibitorio que se soltó de repente por algún azar desconocido, lo tenía prisionero?

                La atención dispersa en una multitud de hechos y situaciones diversas, establece seguramente un orden de prioridades en los mecanismos de la memoria, haciendo poner en primer plano a algunos, relegando a otros. Los sucesos dolorosos, o incómodos, o de una forma u otra perturbadores suelen ser borrados (con cierto mecanismo intencional en un principio, y luego por un medio enteramente inconsciente).

                Algunas enfermedades neurológicas o psiquiátricas resultan devastadoras para la memoria. Basta pensar en la demencia, en la que se olvidan hasta los vínculos más íntimos. Sin embargo, hasta etapas avanzadas de la enfermedad, los recuerdos lejanos como por ejemplo los grabados en la infancia se mantienen firmes como últimos baluartes contra la destrucción de las neuronas corticales. Enfermedades psiquiátricas que hacen casi imposible la vida de relación como las formas graves de esquizofrenia y autismo pueden sin embargo tener capacidades mnémicas sorprendentes, impensables en mentes sanas y en apariencia, normales.

                En una película de 1988, Rain Man, dirigida por Barry Levinson, Dustin Hoffman encarna en una actuación memorable, a Raymond Rabbitt, un autista enormemente limitado en sus capacidades neuropsíquicas, capaz sin embargo de retener en su memoria la guía telefónica o datos absolutamente inaccesibles para el común de la gente.

                Nuestra memoria es capaz de reintegrar una experiencia, buscando en la enciclopedia mental (al decir de Umberto Eco), el dato evocado a partir de mínimos estímulos que sirven como disparadores. Algunas recuperaciones son posibles solamente por un proceso activo de nuestro cerebro, como la reproducción de un poema aprendido largo tiempo atrás. Este proceso activo no es sin embargo, plenamente espontáneo. Algunos elementos facilitadores resultan de ayuda invalorable, como las rimas y otros anclajes asociativos del lenguaje. Reaprender es sin duda más sencillo que aprender. Aquello que teníamos guardado sin saberlo en alguna vía inactiva es posible que sea despertado por una reestimulación y que la vía se vea facilitada.

                Decía Borges que cuando escribía poemas en verso libre, sin prestar atención a la métrica o a la rima, sino en particular a la utilización de la metáfora, bajo la influencia de su experiencia ultraísta, se daba cuenta de que cada vez le resultaba menos espontáneo hacerlo así, a medida que su visión se iba desvaneciendo. Fue entonces que volvió al poema rimado y con cadencia métrica, porque esa estructura formal le hacía más fácil retenerla en la memoria y corregirla mentalmente sin necesidad de lectura.

                Todos recordamos los ardides memorísticos que urdíamos en nuestros tiempos de estudiantes, las mnemotecnias que nos permitieron salir airosos de más de un examen. No eran más que simples ayudamemoria que utilizábamos como estímulos de nuestros aprendizajes.

                La memoria neuropsíquica nos constituye, no menos que la genética o la inmunológica. Nuestro cerebro, nuestros genes o nuestro sistema inmune, recuerdan y evocan lo que somos y dejamos de serlo si perdemos de una  u otra forma esta capacidad. En otras palabras, la memoria nos confiere identidad.

                La neurociencia de nuestro tiempo mucho nos ha enseñado sobre las complejas conexiones que determinan el recuerdo. Sabemos hoy, por ejemplo, que los recuerdos cargados de emoción que atesoramos por siempre, se deben a una interacción profunda entre nuestro sistema límbico y áreas corticales muy específicas. Numerosos arcanos permanecen sin embargo,  impermeables  a la investigación y a  la explicación científica. ¿Por qué extraña razón recordamos tan solo una sentencia de alguien muy querido, dicha muchos años atrás? ¿Por qué nos atrapa y sigue junto a nosotros una melodía, un aroma o un rostro lejano?

                Olvidamos a menudo como una manera de poder apreciar el mundo.  Nuestra mente nuevamente señala prioridades y deja perder aquellas cosas que no fueron capaces ¿por qué?, de grabarse en nuestras conexiones neuronales. No resulta imaginable poder vivir sin olvidar.

                El memorioso Ireneo Funes, personaje borgiano paradigmático, “había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho sin embargo que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer."(2)

                Seguimos, pese a todos los avances de la ciencia y la tecnología, sin poder desentrañar los mecanismos profundos del recuerdo y del olvido. Sólo sabemos que sin duda, no seríamos quienes somos si no pudierámos disponer de ellos en nuestra vida cotidiana, y que de seguro empezaremos a morir el día en que no podamos acudir a su ayuda para darle sentido a nuestra vida y a la de nuestros semejantes.


 

(1) Traducción de Pedro Salinas

(2) Funes, el memorioso. En Ficciones. Jorge Luis Borges, Emecé, Buenos Aires, 1956.

 
 

  (*) Alcides A. Greca es Profesor Titular de la 1º Cátedra de Clínica Médica y Terapéutica, director de la Carrera Universitaria de Postgrado de Especialización en Clínica Médica, Universidad Nacional de Rosario, y Jefe del Servicio de Clínica Médica del Hospital Provincial del Centenario. Dirige el portal médico Clínica-UNR.org y este suplemento.

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