Año 3

Nº 28

Mayo 2009  
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El péndulo de la vida y la muerte
Por  Napoleón Candray (*)
 

 
 
 

El calendario colgado en la pared del recinto, donde se halla la unidad de cuidados intensivos del hospital, se desangra en días y agoniza lentamente en meses. En una de las camas, identificada por un número, un hombre vive, muere y, como el calendario, también agoniza en un tránsito de un estado hacia otro para, luego, volver hacia atrás, porque nunca se recuperará, aun cuando todas las hojas del almanaque se hayan desprendido..

Prudencio fue llevado al hospital debido al agravamiento de una enfermedad crónica. Lo internaron en la unidad de vida. El aire frío que arroja el aparato de aire acondicionado es como un  premonitorio clima pre-mortem. El pecho del enfermo expone, con patética franqueza, cicatrices de cirugías pasadas, y su torso, su boca y sus muñecas,  numerosos tubos transparentes y alambres, los dispositivos que insuflan oxígeno a sus pulmones, el suero vital a sus venas y los impulsos eléctricos a su corazón; son hiedra de múltiple ramazón adherida a un cuerpo que lucha por vivir o morir.
El médico se inclina sobre Prudencio. Lo observa como si quisiera indagar más hondo, más allá de los signos que sabe de memoria que debe controlar. Será así? Sin embargo, Prudencio parece por completo ausente de su entorno, desligado de los ruidos, colores, olores y texturas del exterior y de esa presencia que a diario lo palpa, lo ausculta y otea su semblante, sin poder develar el misterio de lo que en aquel momento pasa en el interior del paciente.

Día  a día los médicos toman decisiones de tratamientos sólo basadas en las manifestaciones sensibles de los signos vitales de los pacientes. Pero, por desgracia, no existe ningún aparato que registre el más elocuente de los signos vitales del enfermo, su razonamiento y, menos aún, algo más importante: sus deseos.

La estancia de Prudencio en el hospital está contada en las fechas sucesivas del calendario, pendiente de un clavo, en la esquina de la habitación sin ventanas; un inexorable, mudo e impotente contador de sus días, sin capacidad para decidir ni opinar sobre la vida ni sobre la muerte, sólo marcando el paso de su tiempo.
Los familiares de Prudencio llegan al hospital, siempre a la misma hora, para preguntar  "cómo sigue", y la respuesta clínica es: “Sus signos vitales son estables”.  ¡Sí! ¿Pero estables con relación a qué? ¿Sigue vivo? ¡Si! ¿Pero, su salud empeora, mejora o su gravedad sigue siendo la misma que cuando lo internaron? ¡Conteste doctor! ¡O es que no hay respuesta para esto? Y la esperanza de los familiares de mantener vivo a Prudencio, con aquella maraña de tubos y alambres, también se mantiene estable.

Hay mucho de vanidad dentro de la sala de cuidados intensivos, algo de arrogancia al intentar cambiar el designio superior que ya ha decretado la muerte. Los médicos quieren salvar una vida, lo cual es loable, pero  ¿acaso no importa más la calidad de vida, que la vida misma? El propósito de los médicos parece no ser tanto que el paciente viva, sino que no muera, lo cual marca una delicada cuestión ética. Una cosa es cierta: la vida es sagrada y el médico está obligado a preservarla. ¿Y si le dieran oportunidad al paciente de opinar? La decisión dependerá, en ese caso, de su filosofía y de su experiencia de vida y, también, de sus creencias religiosas. Y por qué no! del cansancio que experimenta el ser humano en los tramos finales de una existencia dolorosa y, a veces, indigna.

Actualmente, la legalización de la eutanasia, en algunos países, ha recrudecido en el mundo el debate sobre este controversial recurso. Se discute a la luz de la religión, el derecho, la medicina, la psiquiatría, mientras en las salas de cuidados intensivos de los hospitales, miles de otros Prudencios y Prudencias, llenos de tubos y alambres, se mantienen estables en sus camas mientras los calendarios derraman sobre ellos sus lágrimas de días.

En una de estas camas, una mujer se debate entre la vida y la muerte por un aborto fallido que pone en peligro la vida de la madre y la del feto. Los médicos tendrán que decidir, en este caso, si mantienen viva a la madre o realizan un aborto terapéutico. En el punto decisivo de la Y del camino, Prudencio trata, sin lograrlo, de morir, mientras el embrión de la mujer trata, sin lograrlo, de vivir. ¡No existe el derecho de matar; sólo existe el derecho de vivir!  Y el péndulo sigue  estable en su perpetuo movimiento de un lado a otro.

 
 

  (**) Alcydes Napoleón Candray
Graduado de médico en la Universidad Nacional de El Salvador, Centro América.
 
Título de Especialista en Oftalmología por la Clínica Barraquer de Barcelona, España, con residentazo aprobado por la Universidad de Bellaterra, Barcelona, España.
 
Ex presidente de la Cooperativa de Médicos Comedica.
 
Declarado “Hijo Meritísimo de la Ciudad de San Salvador” por el Gobierno Municipal de la Ciudad.
 
Becario por la República de Italia para el curo “Líderes en Cooperativismo en Latinoamérica”.
 
Miembro estable del Consejo editorial de esta edicíón.

Correspondencia a:
ncandray@telesal.net
 
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