Año 3

Nº 30

Julio 2009  
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Viejas reacciones ante una pandemia nueva *
Por  Amalia Pati (*)
 





 

 
 
 

Escuchando los ritos de alegría que subían desde la ciudad, Rieux recordaba que esa alegría estaba permanentemente amenazada. Pues sabía lo que la muchedumbre en fiesta ignoraba y puede leerse en los libros, a saber: que el bacilo de la peste no muere ni desaparece nunca, que puede permanecer dormido durante años en los muebles y la ropa, que aguarda pacientemente en las habitaciones, las cuevas, las maletas, los pañuelos y papeles y que quizá llegue un día en que, para desdicha y enseñanza de los hombres, la peste despierte sus ratas y las envíe a morir a una ciudad alegre.
 

Albert Camus

La peste

 

En Una enfermedad romántica cité a uno de los biólogos más notables del siglo XX, el alemán Ernst Mayr, cuando decía que “los escarabajos y las bacterias son muchísimos más exitosos que los hombres en términos de supervivencia”. Por entonces, me refería al debate que, en la década del ochenta del siglo pasado, se reabrió, en los países ricos, en torno al resurgimiento de la tuberculosis de la mano del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, justamente cuando, una década antes, Susan Sontag celebraba los éxitos científicos, en su polémica contra las metáforas que generan las enfermedades, como si fueran definitivos.

Cuando el virus de la Inmunodeficiencia se expandió por todos los continentes configurando una pandemia, los médicos y los pacientes estábamos a la intemperie frente a la carencia de un tratamiento efectivo; algo similar a lo que pasaba en el siglo XIX, y gran parte del siglo XX, con la tuberculosis. Hoy, aprendimos a convivir con él porque la ciencia le ganó algunas batallas: está ahí, acorralado, silente pero dispuesto a hacerse oír ante el menor fallo del sistema inmune.

En mi defensa de la bella metáfora que generó la tuberculosis en los siglos pasados, dando lugar a un sinnúmero de obras literarias de inefable valor, argumenté en mi libro que los enfermos de SIDA no sólo se morían jóvenes sin el consuelo de la metáfora que, en el siglo XIX, distinguía a los tuberculosos como seres sensibles, creativos y, tal como dicen los médicos que atienden a Hans Castorp, en La montaña mágica, con “talento para la enfermedad, sino que también, junto al destino final irrevocable, debieron de soportar la marginación, el rechazo y el ocultamiento de la enfermedad porque detrás de ella estaba la sexualidad y las conductas “réprobas”, contra las cuales algunos grupos sociales levantaron el dedo acusador.

Pero no nos engañemos. No todas fueron rosas para los tuberculosos en el siglo XIX. Cuando se comprobó su etiología infecciosa, las aguas se dividieron. De un lado, artistas de toda índole, escritores que padecían la enfermedad, prefirieron ignorar al bacilo de Koch y seguir pensando que la tuberculosis no era una enfermedad contagiosa sino una forma de ser, un estado del alma. Tampoco faltaron los médicos que se resistieron a aceptar su transmisibilidad, anclados en las teorías hereditarias que colaboraron en la configuración de la metáfora que convirtió a la tuberculosis en una enfermedad romántica. Por el otro lado, los políticos, los higienistas y gran parte de la sociedad, pusieron en marcha una cruenta guerra contra el bacilo. Cruenta porque, a partir de entonces, la tuberculosis pasó de ser la enfermedad romántica de los poetas, a ser la enfermedad de los trabajadores inescrupulosos que escupen y diseminan sus bacilos. Pero no sólo eso. También tuvo connotaciones sexuales: las prostitutas, los cabarets y los hombres que buscaban diversión y tragos en esos lugares fueron, en algún momento del siglo, los principales blancos de la “guerra contra el bacilo”. Denuncia obligatoria, a la que muchos médicos se opusieron, noticias periodísticas que exacerbaban la paranoia, aislamiento en dispensarios para los que no tenía recursos, y en los sanatorios de la alta montaña y el mar, para una elite.

 

Las epidemias hacen que aflore lo mejor y lo peor de una sociedad. ¿Qué decir de las conductas ante la nueva gripe?. No parece haber demasiados cambios. Confusión, comportamientos que oscilan entre la incredulidad con todas sus variantes, desde aquellas sustentadas en un ideario político, algunas veces, o en el autoconvencimiento tendiente a no modificar conductas, hasta la negación de una realidad palmaria, frecuente en los más jóvenes, que se puede encuadrar dentro de la clásica omnipotencia de “ a mí no me va a pasar”.  En el otro extremo, las fobias que generan el exilio propio y la marginación del otro. Y de nuevo se escuchan, desde los medios de comunicación, expresiones tales como cordón sanitario, aislamiento social y hasta declaración obligatoria de casos por parte de los médicos con amenazas de sanción.

Cuando se inició esta epidemia, tal vez para algunos la primera que vivimos con la conciencia despierta, recordaba vagamente el final de La peste a la que volví y cito, en el epígrafe, convencida de que valía la pena, porque es Rieux, el médico de Orán, el que no puede participar del júbilo por el fin de la epidemia puesto que él sabe, porque está escrito en los libros, como lo sabía Mayr, que esos seres diminutos, invisibles a nuestros ojos, están entre nosotros, agazapados, pero dispuestos a dar el salto, más o menos agresivos, pero siempre luchando por su supervivencia. No son tiempos de metáforas, sólo de reflexiones.

 

 

* Este artículo apareció en el suplemento Señales del diario La Capital del 19 de julio de este año, con el título “Más allá de las metáforas”.

 
 

  (*) Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras.
Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición.
Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto.

Correspondencia a:
pastoritap@yahoo.com.ar
 
 
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