Año 3

Nº 35

Diciembre 2009  
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Carta abierta a los estudiantes de medicina
Emociones tóxicas
Por  Guillermo F. Marín(*)
 

 
 
 

Pertenezco a una institución formadora de médicos. Me toca y me tocó convivir con estudiantes de medicina en forma diaria y durante los últimos diez años. Hace un tiempo recibí una carta firmada por un grupo numeroso de alumnos del último año de la carrera que solicitaba, a las autoridades de la facultad, “otros sitios más seguros para la realización de la rotación de APS (Atención Primaria de la Salud)”. Los futuros médicos aluden sentirse en “peligro”, dado que una parte de su capacitación transcurre en una sala sanitaria ubicada en una villa del gran Buenos Aires. Para la mayoría de los medios de comunicación masiva, “villa” es sinónimo de “inseguridad”, “violencia”, el “mundo del hampa”. Y, como en un espejo que devuelve una imagen distorsionada, se observan, se escudriñan, se automedican con el placebo del miedo los cada vez más asustados futuros galenos.

Las imágenes que ensaya mi memoria son muchas. Pero sólo extraigo unas pocas del saco roto del olvido. La veo (la siento) a la estudiante de medicina Elvira Rawson (luego de Dellepiane, y segunda mujer en recibirse de médica en el país) bajo las balas, socorriendo a los heridos de la Revolución del Parque de Artillería. Repito: mujer del siglo XIX, estudiante universitaria, esquivando plomo caliente. Todo un logro para el recalcitrante machismo argentino, toda una médica poniéndole coto al dolor. En mi película, se encadenan aquellos cuadros de guerra civil con el rostro franco de Florencio Escardó. Está tocando a un paciente a cielo abierto; en esa vastedad llamada Isla Maciel. Allí, sus alumnos aprenden medicina al igual que a ver de cerca la cara impiadosa de la pobreza; una realidad emergente que muchos de los hoy alter ego de Esculapio prefieren evitar (se). El estudiante de medicina Eduardo Wilde le pone punto final a mi tira dramática: tiene veintidós años, acaba de contraer cólera en el hospital de coléricos, pues ningún médico recibido quiso aceptar el cargo de “interno” cuando estalló la enfermedad en el Buenos Aires de 1867. Podría quedarme un tiempo más guionando un largometraje que daría para muchas horas de filmación interna, pero prefiero hablar de nuestros alumnos del siglo XXI (digo “de nuestros alumnos” porque toda la sociedad, directa o indirectamente, forma -o debería formar- a sus médicos, abogados, arquitectos, policías, etc.). Si bien el ejemplo de aquéllos héroes románticos de la medicina sólo sirve para atraer el soplo moral de la entereza, quiero hablar de los jóvenes de hoy que, muy pronto, se alzarán con un título universitario, y que formarán fila detrás de la estadística que dice que la Argentina exhibe una de las mayores proporciones de médicos por habitante del mundo.

Parece ser que el pánico (una patología psicológica de moda) echó raíces en la comunidad  de estudiantes de medicina, y ha abolido, sin decir agua va, con el acertado cambio de paradigmas de la OMS (Organización Mundial de la Salud), cuando, en 1978, reunida en Alma-Ata, proclamaba que “la atención primaria es el primer nivel de contacto de los individuos, las familias y las comunidades con el sistema nacional de salud, acercando la atención sanitaria el máximo posible al lugar donde las personas viven y trabajan, constituyendo el primer elemento del proceso de atención sanitaria continuada”. Semejante declaración no es comprendida o, lo que es peor, desconocida por la estudiantina. Ver a un chico pobre con parásitos y en su casa, no es lo mismo que atenderlo en un hospital. La enfermedad del niño es un desequilibrio orgánico que radica en su grupo primario (familiar), es decir, como estructura biológica, enferma en conjunto. Saber cómo vive y con quiénes, qué come, dónde juega, es tan importante como el jarabe que le mata los “bichitos”. Con todo, los prosélitos de Hipócrates, acaso sin querer, han entrado a la medicina social por la puerta chirriante de la discriminación. Los pobres, con sus pobrezas a cuestas, y los aspirantes a médicos, con sus pánicos en los maletines, quizás estén creando un cordón umbilical atrofiado, que no le está proveyendo de nutrientes a un derecho humano tan básico como lo es la atención primaria en salud. No pongo en tela de juicio el concepto teórico de “escena”, es decir, sin seguridad en el contexto, el médico no debería actuar en una situación de emergencia, pues primero debe resguardar su vida para poder salvar otras. El sentido común sugiere que al profesional le corresponde evaluar el abordaje efectivo del paciente, en el momento, debiendo descartar preconceptos. Una calle de la Villa 31 puede ser igual o menos insegura que una arteria de barrio Norte. La violencia, el crimen, el despojo, no discrimina por clases sociales. Si bien los estudiantes de medicina tienen derecho a sentirse inseguros, hacer ciertas prácticas médicas en un barrio carenciado sumerge a un aprendiz en una realidad social concreta, dura, pero modificable; y muchas veces tan gratificante como el hecho de salvar una vida. Pero, ¿cómo corregir algo que no conozco? Trabajar en villas no sólo le permite al estudiante conocer y curar  patologías de la pobreza sino también analizar los factores de riesgo a que nos expone la miseria, así como apreciar aquellas variables que hacen que un ser humano caiga en la misma indigencia.

Lamentablemente, la experiencia indica que las soluciones sanitarias, en los distritos carenciados, son implementadas por los propios médicos e, incluso, concretadas por algunos creativos alumnos. Esto es, canalizar una zanja con agua estancada para evitar que los habitantes de un barrio contraigan enfermedades infectocontagiosas. En otros términos, sin lugar a dudas, el estudiante contribuye en la mejora de las condiciones de salud de la población. Por otra parte, los políticos jamás aparecen por esas latitudes, salvo a la hora de buscar votos. Otro tanto sucede con las empresas de insumos médicos mejor posicionadas en el mercado: la donación espontánea  de sus productos es casi un acto ficcional. En la mayoría de las salas de primeros auxilios, ubicadas dentro y fuera del cordón capitalino, el agua oxigenada y las vendas son tan escasas como el platino. Daría para otro artículo deslindar cuáles son las responsabilidades del Estado en materia de salubridad social o abastecimiento de insumos y, en definitiva, de seguridad.

Lo que interviene como una pandemia nociva en el desarrollo intelectual del alumno es la sensación de incertidumbre, la angustia de saber si la vuelta al hogar se producirá en la camilla de una ambulancia. Pero quiérase o no, aprender paracaidismo también provoca sensaciones de vacilación, y no hay otra forma de enseñar la técnica del arrojo al vacío que poniéndole el paracaídas al aprendiz para hacerlo saltar. Nos cabe, entonces, a todos extirparles el efecto de inseguridad a nuestros futuros médicos. Las lecciones de ética médica deben abordar esta problemática. Si el virus de la incertidumbre se propaga, las unidades sanitarias quedarán vacías de aprendices; el trabajo de campo, tan vital para el alumnado, permanecerá enfrascado en una famélica simulación virtual de computadora, y el miedo terminará deglutiendo el principio insoslayable de la educación y de la atención sanitaria.

 
 

  (*) Guillermo F. Marín
es Licenciado en Periodismo
Profesor en Letras y Ciencias de la Comunicación
Corrector y Crítico Literario
Columnista y corrector de la Revista Conexión Abierta y Diario Cultura para la Salud, U.A.I
Secretario Técnico de la Facultad de Medicina. UAI

 
 
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