Año 3

Nº 35

Diciembre 2009  
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El horno de barro
Por  Jorgelina Presta (*)
 



 

 

 
 
 

Giovanna  y  Giuseppe  se amaron con pasión durante toda la vida. Ella tenía setenta años y él, setenta y cinco.

Giuseppe era un hombre fornido, de grandes ojos azules, bondadoso por naturaleza  y, además, el mejor carpintero del pueblo. Tenía su lugar de trabajo en un galpón contiguo a la casa.

Giovanna era una mujer de baja estatura, bellas facciones y poseedora de una ternura especial. Era modista pero también trabajaba en su quinta, la misma que había creado con sus propias manos.

Les había costado mucho tener una casa propia, un sueño que lograron cuando Giovanna ya tenía los cincuenta y Giuseppe hacía rato que los había superado. Fue una vida de sacrificios para lograr que sus hijos pudieran concretar una carrera universitaria pero, por fortuna, ya eran adultos y profesionales.

La casa no era demasiado grande, pero tenía la calidez que emana de  las personas nobles cuando se aman.  Giuseppe  había construido todos los muebles y Giovanna, las largas y suntuosas cortinas que cubrían los amplios ventanales. Era una casa muy iluminada, y de todas las ventanas se podían ver  diversos tipos de  flores, plantas y árboles frutales.

El jardín era un sector muy especial porque allí estaba el horno de barro, también construido con el afanoso trabajo de Giovanna y Giuseppe, durante largos días de otoño que la pareja disfrutaba al máximo mientras tomaba mate y conversaba sobre sus hijos y sus nietos, sobre las plantas del jardín y sobre el querido José, un pastor inglés que llevaba una década junto a ellos y a quien nunca olvidaban en sus diálogos. Pero uno de los temas preferidos de conversación, que les causaba un gran placer, era imaginar cómo sería su vida en la vejez.

 

El horno se encontraba encima de una plataforma, debajo de una arboleda; cada poste, cada travesaño, cada ladrillo, y hasta la tierra húmeda, habían sido pacientemente  ensamblados para que la obra durara  muchos años. Así fue. En él, Giovanna cocinaba  tortas fritas, pan casero y deliciosas comidas. Los fines de semana pasaban hermosos días con sus hijos y nietos conversando y saboreando variados platos. Mientras tanto, el pastor inglés  jugaba  con su pelota preferida, una pelota pequeña, de rojo gastado por los años, regalo de Giuseppe. Llegada la noche, José terminaba agotado de tanto correr y, entonces, se retiraba a dormir, en su cucha, junto al horno de barro. Por  las mañanas, a las ocho en punto, y con la pelotita en la boca, iba a despertar a su amo para que vaya a la carpintería. Una vez que lo despertaba, y que veía que Giovanna le traía el desayuno, volvía  al jardín y se reunía con los perros vecinos.

 

Pasaron los años y Giuseppe contrajo una enfermedad reumática que deformó e invalidó todas sus articulaciones, dejándolo postrado. No obstante, José seguía despertándolo todas las mañanas como si nada hubiera cambiado. Le lamía la cara y sus doloridas manos, permaneciendo con él, como siempre, hasta que Giovanna le llevaba el desayuno. Entonces, cabizbajo, volvía a su lugar, al lado del horno de barro, y no se movía de allí hasta el otro día, en que volvía a la habitación a despertar a Giuseppe.

 

Una fría mañana de julio, muy lentamente, al único ritmo que le permitían sus casi quince años y sus caderas gastadas, fue a cumplir su rutina de despertar a Giuseppe, con la pelota en la boca, para masajearle las manos. Giovanna aún estaba dormida. José lamía, con más insistencia que nunca, las manos y la cara de Giuseppe, pero él no se despertaba. Entonces, comenzó a ladrar con desesperación. Los ladridos despertaron a Giovanna quien al darse cuenta de que su esposo estaba muerto comenzó a llorar desconsoladamente. José se subió a la cama, se acomodó entre los dos, y empezó a lamerles los ojos. Después de un rato, volvió a su cucha al lado del horno de barro, donde se durmió profundamente, y  jamás despertó. Giovanna lo enterró allí mismo, cerca del horno.

 

Después de haber perdido a Giuseppe y a José, Giovanna entró en una profunda depresión; ya no se reunía como antes con su familia, tampoco prendía el horno de barro ni cuidaba la quinta. Se había abandonado completamente. A pesar de los múltiples hipnóticos y ansiolíticos que consumía, los días y las noches se hacían interminables, Una noche, cerca de las doce, la despertaron  unas voces extrañas que provenían  de la zona donde estaba la arboleda. Se sobresaltó porque sus vecinos  no acostumbraban a hacer reuniones nocturnas ni a permanecer despiertos  hasta tan tarde.

Decidió levantarse y dirigirse hacia donde estaba el horno de barro. Al llegar, se sorprendió porque el horno estaba encendido. Se acercó, y una voz, la voz de Giuseppe, le dijo: -Quedate tranquila vida mía, nosotros estamos acá, con vos, te amaremos y te cuidaremos siempre.

 

Jorgelina Presta

 
 

  (*) Jorgelina Presta es médica clínica y docente de la Cátedra de Clínica Médica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina.
Es miembro estable del Comité Editorial del portal médico Clínica-UNR.org.

Correspondencia a:
jorgelinapresta@yahoo.com.ar
 
 
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