Año 3

Nº 35

Diciembre 2009  
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Un hombre apasionado
Por Amalia Pati (*)
 


 

 
 
 

[…] La mayoría de las cosas “bellas” son sexo “sublimado”. Lo que odia la moral, lo que odia la Iglesia, lo que odia la humanidad moderna – porque, después de todo… ¿qué es la “moral”? sino la reacción instintiva de la mayoría – es tan sólo la cópula. La juventud moderna, sobre todo, tiene una aversión simplemente instintiva a la cópula. Ama el sexo pero detesta íntimamente la cópula, aunque juegue a la cópula…. En cuanto a ese juego … ¿qué otra cosa pueden hacer, si tienen los juguetes?. Pero no les gusta. Lo hacen con una especie de rencor contra ellos mismos. Y se apartan con aversión y alivio de este acto de cama, para hacer de nuevo el amor con música.

D. H. Lawrence

Haciendo el amor con música

 

La crítica literaria ya casi no se ocupa de la gran literatura. Sólo de vez en cuando aparece algún comentario de algún nostálgico sobre la obra de un Proust o un Joyce, de un Flaubert o un Baudelaire. Hay una crítica abundante sobre la nueva literatura; es como si el resto hubiera caído en el olvido. Es probable que no sean redituables. Por cierto, los nombrados no son los únicos conspicuos olvidados. ¿Quién se acuerda, por ejemplo, de D. H. Lawrence, un extraño romántico del siglo XX? Yo misma, lectora y admiradora de su prolífica obra, en un tiempo no muy lejano, no he vuelto a él en varios años, exactamente cuando escribí Una enfermedad romántica, donde tiene un exiguo lugar, más por su enfermedad que por su obra.

 

 Lawrence no es un escritor tan conocido como Baudelaire o Proust, puesto que, incluso en los ámbitos académicos de nuestro medio, por razones espurias, por lo prejuiciosas, muy pocos se dedicaron en el pasado a la enseñanza de la literatura en lengua inglesa. Una carencia. Por fortuna, esta situación ha ido cambiando.

El objetivo de este artículo es desempolvar, con justicia y con mis propios recuerdos,  a un autor fuerte, apasionado, natural.

Un retrato: siempre me lo imaginé de estatura pequeña, delgado, pero fibroso; sus manos toscas, y su rostro, lo que se ve en las fotos: rasgos duros y marcados, y una mirada hosca.

 

David Herbert Lawrence nació, en 1885, en Nottinghamshire, un pueblo minero de  Eastwood, lugar en el que ha situado muchas de sus obras. Su padre era minero y prácticamente analfabeto; su madre, en cambio, se había desempeñado como docente. No sólo del lugar de nacimiento sacó tema para sus novelas sino también de la condición obrera de su familia. Y, en especial, de la relación que tuvo con su madre y las mujeres de la familia.

Lawrence tuvo una vida azarosa, de exilios y viajes casi permanentes. Aunque no es mi intención escribir una biografía del autor, sí, me interesa registrar algunos datos de su vida. Fue maestro de escuela durante varios años pero, cargo que abandonó para trabajar como empleado en una fábrica de aparatos de cirugía, ocupación que tuvo que abandonar por su mala salud. En 1908, dejó su ciudad natal y se trasladó a Londres.

 

Entre los avatares de su vida, merece destacarse que sufrió, desde muy joven, de una enfermedad pulmonar que terminó siendo, como correspondía a la época, una tuberculosis que lo llevó a la muerte; por la tuberculosis, viajó por el mundo buscando climas más favorables para la enfermedad, y por la tuberculosis y los viajes entabló amistad con otra conspicua tuberculosa de la literatura, ella es, K. Mansfield, con quien compartió además de la enfermedad, algunas ideas sobre la literatura.

Como hombre apasionado y visceral que era, D. H. Lawrence tuvo un amor tumultuoso. Se enamoró, antes de cumplir los treinta, de una mujer mayor que él y, para colmo, casada con el profesor de lengua francesa del Colegio Universitario de Nottingham, donde Lawrence se graduó de maestro. Fue ella, según se dice, su primer amor heterosexual, ya que, al parecer, tenía inclinaciones homosexuales que pudo haber admitido cuando – así se cita – aceptó que su relación erótica más perfecta la había tenido, en la adolescencia, con un joven minero.

Pero en su vida lo acompañó una mujer. La alemana Frieda von  Ritchthofen compartió la vida con el escritor hasta su muerte en 1930. Abandonó a su marido – el profesor de Lengua francesa - y a sus hijos para iniciar una aventura amorosa que le costó no pocos pesares a Lawrence: la acusación de espía británico y el arresto por los militares alemanes.

En 1914, una vez que Frieda obtuvo el divorcio de su marido, se casaron,. Regresaron a Inglaterra justo cuando estallaba la primera guerra mundial. La acogida de Lawrence por Inglaterra, en los albores de la guerra, no fue nada grata. Debido a su abierto rechazo por los militares y a su relación con una mujer alemana, Lawrence era sospechoso para las autoridades británicas, razón por la que años después fue expulsado de su país natal. A esa altura había aquilatado varios rechazos y expulsiones que le hicieron sentir que la modernidad era completamente adversa a su naturaleza. Como antes Alemania, dejaron Inglaterra buscando refugio en Italia, Australia, México y, al final, en el sur de Francia. Así Frieda y Lawrence erraron por el mundo entero.

Lawrence no lo pasó mejor con su obra. Como otros grandes, Baudelaire y Flaubert en su época, fue acusado de pornógrafo. Sí, pornógrafo!!! Sus grandes obras, The Rainbow, en 1915, y Women in Love, en las que explora poéticamente las relaciones y los sentimientos humanos, fueron incomprendidas en la época, censuradas y catalogadas de obscenas por el tratamiento que el autor hace del erotismo en el que, como un precursor, incluye el cuerpo y el sexo.  Lady Chatterley’s Lover (1928) no corrió mejor suerte. En realidad, su novelística, en gran parte autobiográfica, responde a su filosofía. Sólo unos pocos lo captaron y supieron apreciar, en vida, la portentosa imaginación y el talento de uno de los más grandes escritores ingleses. Además de numerosas novelas, poemas y relatos de viaje, así como estudios críticos, dan cuerpo a una obra vasta y singular.

D. H. Lawrence comenzó a ser valorado post-mortem. En 1955, El amante de Lady Chatterley es llevada a la pantalla grande, pero fue el primer fracaso porque estuvo muy lejos de conservar el espíritu del autor y, también, porque, respondiendo a la moral de la época, fue cercenada en sus escenas eróticas pero, lo que es peor, en las intenciones de Lawrence. Sons and lovers también fue adaptada para el cine, en 1960, con un resultado un poco más feliz que la anterior.

Para la década del 60, la moral había cambiado; la liberación sexual afectó, por cierto, al arte, en general, y también al cine. Así, Women in Love fue un éxito de público, y su protagonista, Glenda Jackson, ganadora del Oscar a la mejor actriz. El éxito continuó con The Fox, film que se estrenó en Gran Bretaña, en 1975; en él se aborda, de manera sutil, la relación entre dos mujeres. El público inglés estaba ya más preparado para aceptar las relaciones humanas.

Lawrence murió, en Francia, a los cuarenta y cuatro años.  Poco antes de su muerte, previendo seguramente el desenlace, compuso varios poemas que bien pueden considerarse de despedida. Estaba deteriorado por la tuberculosis. Algunos dicen que también había contraído paludismo. Esta última versión es dudosa, no así la de la enfermedad pulmonar que lo acosó durante veinte años.

Entre los poemas, se puede recordar el más que simbólico The Ship of Death. También muy poco antes de su muerte escribió los versos que siguen:

 

Give me the moon at my feet

Put my feet upon the crescent, like a Lord!

O let my ankles be bathed in moonlight, that I may go

sure an moon-shod, cool and bright – footed

towards my goal.

 

For the sun is hostile, now

his face is like the red lion […]

 

Estos versos tienen una importancia crucial a la hora de comprender la filosofía de Lawrence. Ellos no sólo señalan, como El barco de la muerte, que la vida del gran Lawrence se extinguía, sino también una filosofía que podría sintetizarse en una expresión, ésta es, que el hombre es Uno con el Universo. La luna, el sol, la tierra que pisamos, están en permanente comunión con el hombre. El ser humano, su carne y su espíritu, están profundamente enraizados en la Naturaleza. De ahí, la constante lucha de Lawrence con todo lo mecánico y artificial que inauguró la modernidad, de ahí su rebelión contra la hipocresía del mundo civilizado.

 
 

  (*) Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras.
Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición.
Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto.

Correspondencia a:
pastoritap@yahoo.com.ar
 
 
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