Año 3

Nº 35

Diciembre 2009  
  Números anteriores
  Acerca del comité editorial
  Contactos
 
 
 
La adúltera
Por Federico Ferroggiaro (*)
 

 
 
 

Le sudaban las manos todavía cuando se terminó de cubrir el rostro y salió a la calle. Caminó apresurada, pegándose a las fachadas calientes y a las ventanas que, cada tanto, emanaban el hedor concentrado de los olores humanos. Sólo abandonaba aquella línea recta, imaginaria, para esquivar algún puesto en el que exponían vasijas o pequeños animales. Estaba inquieta, sí, y tenía el miedo culpable de los que saben que lo prohibido es un camino sinuoso del que no se escapa. Bajo el sol, por el centro de la calle apenas concurrida, se desplazaba lento un trío de mujeres. Silenciosa, pero decididamente, se pegó a las espaldas de la más baja, y adoptó la cadencia y la velocidad que llevaba al moverse. Fue una decisión providencial porque, al alcanzar la esquina, una patrulla, con aspecto violento y fatigado, simulaba vigilar la ociosa inactividad del mediodía. Los hombres barbudos e indolentes, orgullosos de los fusiles que portaban, las observaron pasar con contenida desconfianza. Al alejarse, ella soltó un suspiro suave, imperceptible, emocionado, que alertó a la mujer que caminaba en el centro. Al girar el cuello, pareció mirarla y decir, casi en un soplido, para que la oyeran las otras, “es ella, es ella, la mujer del médico”. La intuición, que hasta entonces la protegía, le ordenó separarse del grupo, que las abandonara. Así, menguando el paso, las dejó seguir adelante, unos metros, pero continuó, a cierta distancia, para alcanzarlas si sentía que el peligro acechaba.

Las perdió recién cuando dobló en la calle de su casa. No se sintió a salvo, de verdad segura, hasta que no estuvo adentro, a oscuras, en el cálido claustro, conocido, donde los días eran todos similares. Pero había ingresado en una dimensión diferente, había cruzado la barrera de la ley y estaba, no físicamente, pero sí en sus fibras, en su sangre, la certeza de que el mundo era potencia y espasmos, y no esa negra condena que arrastraba. Se descubrió el rostro y, entre las sombras, sentada sobre unos almohadones, se acarició las mejillas y olió sus manos. Despacio, con atención, como si en aquel contacto, en el aroma tímido, solitario, pudiera recuperar una flor escondida. El placer, la fantasía, o algo semejante, desconocido e innominado, una sensación confusa, efímera, que podía bautizarse así: placer, a falta de referencias más exactas. Al acercarse a la nariz la yema de los dedos, percibió un perfume que en nada se parecía a su casa en penumbras, al verano opresivo, a su transpiración, al encierro. Era el olor de otros mundos, de otros hombres, del misterio infinito que había estado en sus manos, y seguía aún, persistente, en sus retinas. Era un enigma que reemplazaba a los enigmas anteriores. A las preguntas que su curiosidad, en un acto de osadía, había respondido con preguntas nuevas.

Había sentido que aquello era un mandato del destino. Ella no había hecho más que obedecer, más que seguir la huella que marcaba el rumbo. Su marido había vuelto con él del hospital, una noche, y en una lengua imposible habían conversado en la puerta, a la intemperie. Era el médico extranjero, aquel ser indefinible que, - su marido se lo había dicho - estaba trabajando con ellos en el hospital desde hacía un mes. Esa noche, alarmada por las voces, se había asomado en la oscuridad para ver qué sucedía, para cruzar la mirada con ese hombre lampiño como una mujer. En ese instante, frente a esos ojos remotos y tímidos, había experimentado la turbación de lo incomprensible, el ardor de lo fabuloso. Desde ese segundo fatal, una decisión, quizás la primera que cabía en su memoria, la había impulsado a la locura, al abismo que se abre ante lo vedado. Todo había sido espera hasta esa misma mañana en la que, al verlo pasar casi corriendo,  ensimismado, había salido detrás de él para seguirlo, para encontrarlo y abordarlo, sorpresivamente, antes de que entrara en la casa que ocupaba al final de una calle próxima, y a esas horas, desierta. Él, con manos firmes pero tiernas, la ayudó a quitarse el niqab y, sin ambigüedades, la obligó a sentarse en la cama porque las dos sillas, al costado, tenían bolsos, mantas y prendas extrañas. El extranjero no ocultaba su nerviosismo, como si una urgencia lo volviera torpe, y repetía, con temor a que ella desobedeciera, un gesto que pedía paciencia, que esperara. De un baúl extrajo una pila de papeles y movió la cortina para que la luz matinal hiciera brillar los colores de las páginas. Eran revistas con fotos: de hombres, de mujeres, de ciudades, de playas, de objetos desconocidos, pero que, aun así, no la asustaban. Él, fatigado pero atento, la guiaba al pasar las hojas y, con el índice extendido y las cejas arqueadas para enfatizar un detalle, la obligaba a detenerse, a mirar, a ver lo diferente que podía ser el mundo. Era, entonces, cuando en ese idioma tan sonoro y lleno de notas discordantes, él se esforzaba por explicarle algo, algo que estaba más allá, inubicable, en las antípodas de lo cotidiano. Le hablaba y, aunque ella no comprendía aquella lengua, aunque ella no se atreviera a mirarlo de frente, a la cara, imaginaba que en esos papeles, en esas fotos, latían existencias reales y lejanas, otro universo peligroso, caótico, maligno, pero que permitía a las mujeres sonreír, con el cabello teñido de colores absurdos, mostrar su desnudez, opinar, trabajar, y, sobre todo, elegir a su hombre y a sus dioses. Éso, suponía, era lo que contaba el médico en su idioma indescifrable y, si era algo distinto, otra historia, las imágenes del papel estaban allí, brillantes y concretas, para desdecirlo o confirmarlo.

Ella miró las revistas. Todas. Una y, luego, dos veces. Sus dedos recorrían las caras sonrientes de los actores, la puerta de una heladera, los edificios apiñados de una metrópoli imprecisa. Sobre la cama, exhausto, el médico dormía. No debía estorbarlo. Pensó en quedarse con aquel tesoro, pero era un riesgo y no sabía dónde ocultarlo. Igual, otra mañana podía regresar y él le contaría sobre esas mujeres que viven con el rostro expuesto, que saben leer y hasta se pintan los labios con sangre. Era posible que existieran miles de relatos sobre esos seres tan parecidos pero, a la vez, tan ajenos. No lo conseguía comprender, pero estaba a un paso del hallazgo.

 

Demudada, con las manos sobre la nariz, respirando la tinta de las fotos, olvidó sus quehaceres y permaneció absorta hasta que los golpes en la puerta la devolvieron a lo concreto y fatal de su presente. Un grupo de hombres desaforados, un par de los que estaban con la patrulla armada, las tres mujeres que había seguido y, detrás, avergonzado pero furioso, su marido que ardía como una piedra calcinada por el sol de la venganza. Vio que la estaban señalando, las mujeres, y que el castigo era el destino inminente, inevitable. No lloró. Ni cuando recibió el escupitajo lacerante de su esposo, ni cuando sus piernas, inútiles, se cubrían de rasguños y pétalos de sangre mientras la conducían, a la rastra, sobre la tierra seca, pedregosa, afilada de las calles. La sostenían por las axilas, le tiraban del cabello, la insultaban. Tras la estela que abría su cuerpo, se iban congregando otras mujeres sin rostro, y hombres que sonreían con maldad bajo las barbas sucias. Sabía lo que estaba por suceder, pero no quería convencerse de que a ella, de que era posible; si se trataba de una confusión, simplemente, no era nada. En un recodo baldío, entre zarzas quebradizas, empezaron a cavar un hoyo estrecho entre seis manos apuradas. De cara al cielo ardiente, transpirando, ahogada por las imprecaciones y la condena, recordó las fotos, las mujeres rubias o morochas, sonrientes, felices, libres de exhibir su piel, de elegir una profesión, de manejar un auto. Sí, las historias que le había contado el médico; pero ella, ella no, a ella la estaban tapando con tierra, hasta el pecho, y sus miembros enterrados se entumecían, se llenaban de calor y cosquilleo. A su alrededor, maduraba el bullicio. Desde un rincón salió disparada una piedra que rozó su sien y trajo el silencio; convirtió en una mímica horrenda la danza de esas figuras que se inclinaban a juntar rocas y, después, lanzarlas. Sus hombros, las mejillas y la frente, eran el blanco de los impactos y, con cada nuevo golpe, una certeza se volvía insoportable. Entonces sí lloró, dejó escapar un alarido que obligó a retroceder al sol, a sus verdugos, a la esperanza. Se olvidó de las fotos, de las revistas, de aquellas mujeres imposibles porque, lo supo, todo aquello que había creído entender eran mentiras, mortales mentiras de un extranjero que ignoraba que la vida era así: la lluvia de piedras que la mataba.  

 
 

  (*) Federico Gonzalo  Ferroggiaro es Periodista / Profesor Universitario en Letras (U.N.R.) Encargado de prensa de la U.T.N. - Rosario y docente. Obtuvo, entre otras distinciones, el Segundo Premio Ciudad de Rosario (2008) que consistió en publicación de su libro de cuentos "El pintor de Delirios" (Editorial Municipal de Rosario, 2009)

 
 
    Medicina & Cultura es un suplemento de Clínica-UNR.org
© 2007 - 2010 Todos los derechos reservados