Relato

 
 
Lecciones de seguridad vial

Por Federico Ferroggiaro  (*)

 
 

 

 
 
 

Sabemos que allá, en Vanderville, las chapas retorcidas cuentan sus proezas. Alcanza con colocarse a distancia, tras las pirámides de paragolpes o los collares de neumáticos descoloridos, y afinar el oído para percibir, como un murmullo catarroso, las voces orgullosas de las fatales carrocerías. Como en cualquier cementerio, el hedor en combustión es ofensivo, intolerable. Sin embargo, quien bajó hasta allí, por curiosidad científica o pasatiempo literario, sabe que debe ir vacunado contra el tétanos y prevenido, con la sangre gélida, porque va a escuchar, si no lo detectan, confesiones terribles. Diseminadas en el llano, quemándose bajo el fragor de los rayos estivales, se amontonan las metamorfoseadas figuras de los chasis muertos, horrendamente mutilados. El ojo entrenado reconoce: allá un Audi, acá un Escort, montado sobre el baúl de éste, un Corsa; invertido, como una tortuga patas arriba, el esqueleto de un colectivo, calcinado. Alguno fue rojo, otro blanco nieve, y los más sufridos lucen su coloración original, la que poseían cuando eran solo hierros desfilando por la línea de montaje.

 

En Vanderville se arrojan con vergüenza o con odio, los restos inútiles de los autos. Al principio caían cada tanto, en aquel predio del suburbio, los modelos antiguos, los coches peregrinos que, tras una vida trashumante, enfermaban y, un día, graznaban, se sacudían con una convulsiva explosión y, con una voluta de humo negro, dejaban escapar el alma. Esos servidores silenciosos permanecen sepultados, carcomidos por el óxido, oprimidos por el peso y la soberbia de los cadáveres más jóvenes y modernos, los que han superpoblado a Vanderville hasta convertirla en la actual megápolis de la chatarra. Son los que llegan a diario, arrastrados por un remolque o aupados en un grueso camión forzudo, deformados por una colisión frontal, aplastados por los tumbos o devenidos en una pesadilla de metales contorsionados. Ahí permanecen, reunidos en un caos, abandonados a un culpable olvido en la que es, y será, su última morada. Hasta que las tormentas, los inviernos y la máquina compactadora, esa mole indolente que dormita en los lindes, acaben por concluir la incierta aniquilación que comenzó el día en que la vida los dejó en Vanderville. Mientras, fingen ignorar el estigma con que los abolló el destino. Se divierten; derrochan sus menguadas energías jactándose de las aventuras que corrieron en caminos y autopistas. Muchos poseen una maldad criminal, demoníaca. Y son, no por casualidad, los más locuaces, las voces que sobresalen entre metálicos crujidos de lamentos y caños de escape apenados. Narran su fin, el choque o el accidente que los convirtió en la maraña informe de hierros que son, como si fuera una conquista épica. A la hora de la siesta, cuando los gorriones planean sobre ellos y el sol amenaza con derretirles las piezas de plástico que les quedan, cualquiera de ellos, se aclara las bujías y el radiador para empezar a compartir su historia. Yo le zumbaba que bebiera, ríe un destartalado Duna sin puertas ni tren delantero, le pedía una copa más cada vez que cruzábamos por una cantina. Y me hacía caso, la pucha, cómo le gustaba la ginebra al loquito. Andábamos de ronda, y al salir del boliche, noté que no podía ni acertarle a la cerradura. Yo lo seguía pinchando para que se tomara otra copa, y otra, y otra… y no vio la rotonda de acceso a la autopista: nos fuimos, derrapando, hasta que se soltaron las ruedas y seguí, raspándome la trompa, como un avión sin tren de aterrizaje. El Mercedes, que fue negro y arrogante, butacas tapizadas en cuerina borravino, se jacta lascivo de los traseros que abrazó el asiento del acompañante. Enumera nombres de mujeres y arriesga, con aire entendido, las medidas de las pasajeras mejor dotadas. Pero su recuerdo se detiene en la última, en la secretaria rubia con las nalgas amortajadas en un jean elastizado. Ni ella ni su patrón, un abogado notable y vicioso, se habían abrochado el cinturón de seguridad e iban, risueños y excitados, forzando el motor, imponiéndole un delicioso vértigo, surcando la avenida, a esas horas, desierta. Yo le silbaba que me pise, se responsabiliza el Mercedes, le decía que a las rubias las enloquece la velocidad, que una máquina le saque chispas al asfalto. Cómo me obedeció mi dueño… parecíamos de la fórmula uno, si no se nos hubiera cruzado ese camión de la basura. ¡Qué cagada!... más por la rubia, un poco delgada de cantos pero linda: los escupí a ambos por el parabrisas como a flemones de carne humana. Oigo, al fin, a mi 206, que habla, despacito. Buen auto, ni un service le hice, ni un cambio de aceite y filtro. Un crédito a ochenta meses, y juro que lo pagué convencido. Apenas si ronronea de tan destruido, y dice, entre los claxones que lo opacan y el temblor de un cilindro, que él era quien me provocaba, el que me hacía la cabeza para que yo pasara, sistemáticamente, los semáforos en rojo. Me emociona oírlo hablar así, aceptar un cargo que jamás le haría. 

 

Todo esto me hace pensar que fingen, que sus relatos solapan el dolor de la inocencia. Que no quieren sentirse víctimas, mártires de chapas lanzados a la desaparición y al olvido. Se pretenden los instigadores, los culpables, negándoles a los hombres que los conducían la verdadera responsabilidad en la tragedia. Lo pienso así por los indicios, y por cierta intuición que no me explico. Tal vez porque he percibido que los mismos motores que con las luces del día rugen sus proezas, por las noche chirrían como bisagras en un llanto de insondable pena. O porque sé que ninguno soñó, en sus kilómetros inaugurales, una convalecencia infinita en Vanderville, sin una mano dueña que les limpie los cromados o el parabrisas. Tengo la certeza de que mienten porque cuando andaban briosos y brillantes en sus cuatro ruedas, sólo aspiraban a lucirse en los caminos, seducir muchachas y llevar a los chicos a la escuela. Pero, por sobre todo, se manchan con una culpa ajena, porque es imposible que un hombre escuche, cuando está vivo, las voces de los autos muertos.

 
 
 
  (*) Federico Gonzalo Ferroggiaro es Periodista / Profesor Universitario en Letras (U.N.R.) Encargado de prensa de la U.T.N. - Rosario y docente. Obtuvo, entre otras distinciones, el Segundo Premio Ciudad de Rosario (2008) que consistió en publicación de su libro de cuentos "El pintor de Delirios" (Editorial Municipal de Rosario, 2009)
   
     
 
 
 
   
  Versión web 2.0
Medicina & Cultura es un suplemento de Clínica-UNR.org
© 2007 - 2011 Todos los derechos reservados