Ensayo  
 

Historia, simbología y medición del tiempo

Por Elisabetta Pagliarulo (*)

 
 

 


Reloj de hidrógeno, XIX. Roma. Colección privada


Clepsidra egipciana de Karnak (1415-1380 a.C)                 

Modelo de reloj de Galileo Galilei. Londres. Museo de Ciencia

 

 
 
 

Definir un concepto primordial como el de tiempo es muy difícil pues cada uno lo concibe en su mente pero no existen palabras exactas para expresarlo. Una primera aproximación podría ser ésta: el tiempo es lo que deviene del movimiento –aparente- del sol.

Los hombres de la antigüedad percibían la alternancia entre el día y la noche, los cambios en la naturaleza durante las estaciones, las repeticiones de las actividades habituales; en otras palabras, ese tiempo era producto de la observación del entorno natural.

Dante Alighieri, en  su obra La Divina Comedia, en el “Infierno” (Canto III, verso 29) reconoce como una dura condena  estar en ese área “sin tiempo”, con lo que podríamos afirmar  que el tiempo es una necesidad esencial para el hombre. Éste está determinado por el tiempo biológico, en el cual se reconocen etapas: nace, crece, madura, muere; pero también posee un tiempo interior, subjetivo, que depende de los acontecimientos vividos y las asociaciones de las vivencias placenteras o negativas aportadas por los mismos.

El ser humano es el único ser en el mundo que tiene conciencia del devenir, del transcurrir, de un principio y de un fin; quizás, por esta razón siempre ha sido para él una incógnita y un sostén. Lo primero, porque el tiempo es una categoría que se construye para poder objetivarlo, y un sostén, porque con su sustancia articula sincronías y diacronías que hacen posible la interrelación con los tiempos de otros seres; por ende, hace factible pertenecer a un tiempo determinado que se identifica con los lineamientos culturales de cada sociedad  y de cada época.(Kubler, G. 1988)

Donde hay vida y donde hay muerte hay misterio; éste conduce a una elevación ineludible a planos donde los diferentes pueblos han colocado a las deidades que tenían en sus  manos los hilos imperceptibles del tiempo.

El hombre necesitó asir el tiempo y, para ello, utilizó todas las formas posibles: observó mágicamente los ciclos de la naturaleza, mediante  la presencia de los astros se elaboraron las primeras predicciones, se instituyeron lugares sagrados, ceremonias y rituales propiciatorios, y, también, aceptó la creencia de seres elegidos con atributos para comunicarse con los dioses.

Los egipcios fueron maestros en cuanto a las predicciones –anticipación de tiempos futuros- y se les reconoce que, basándose en las benéficas y regulares inundaciones del Nilo, crearon un conjunto de símbolos que luego incorporaron en uno de los pasatiempos unánimemente aceptado por la humanidad: las cartas de juego.

Es interesante hacer las relaciones posibles entre las cartas de juego y las divisiones del tiempo.

Un mazo está compuesto por 52 cartas, igual que las semanas del año. Cada palo –corazones, diamantes, tréboles y picas tiene 13 cartas – equivalentes a los meses lunares. Si se realiza la suma de las cartas de la 1 a la 13 y al resultado se lo multiplica por cuatro, se obtienen 364 puntos. Se crea una carta  -la loca- de manera que se completan los 365 puntos, número similar a los días del año; a veces se incorpora otra carta, es decir, tendríamos dos cartas locas (¿año bisiesto?)

En épocas primordiales, los juegos tenían un sentido profundo; en el caso de las cartas con los cuatro reyes, éstas representan los cuatro elementos primarios: tierra, aire, agua y fuego.

El fuego era el sol, hijo de Cronos, símbolo del tiempo; su nombre era Horus, del que parece derivar, pasando por los idiomas griego y  latín, la palabra “hora”.

Las cartas de juego se difundieron por todo el mundo, atravesando todas las condiciones sociales y fueron cambiando sus símbolos o palos; por ejemplo, en Italia, tuvieron una connotación guerrera debido a los Lanzichenecchi (1), y sus palos son: oro, basto, copa y espada.

Con el transcurrir del tiempo, el hombre comprendió que debía pasar de su simple observación a patrones más regulares; reconoció además su valor económico.  Pensemos, en este sentido, en las jornadas de trabajo, en la cotización de un producto según el tiempo utilizado, en los préstamos y los intereses que devengan, en la distribución de los tiempos de trabajo y los de descanso, etcétera.

El calendario adquirió un valor simbólico social que consistía en marcar los días fastos –propicios- o calendas que ordenaban el tiempos social, que consiste en un ordenamiento de medidas de tiempo que rige la vida civil, con la división de días, meses y  años.

Cada pueblo sistematizó su calendario de acuerdo con sus fechas, por lo que resultaba casi imposible un acuerdo seguro para los encuentros o los intercambios, ya que era muy fácil que se produjeran confusiones. Por ejemplo, los días del mes se designaban con respecto a referencias numéricas, llamaban calendas a los primeros días del mes; los idus, o mediados del mes podrían corresponder a los días 13, 14 o 15 y las nonas se ubicaban nueves días antes o después de los idus.

La sistematización más antigua del calendario, 45 a.C. se la debemos a Cayo Julio César, político romano, quien por consejo del astrónomo griego Sosígenes, adoptó el calendario estrictamente solar conocido como Calendario Juliano (Año de 365 días y cada cuatro año un bisiesto de 366 días). En el año 325 d.C. se reunió el primer Concilio de Nicea en el que el Papa Gregorio XIII promulgó el decreto de un nuevo calendario que se lo llama  gregoriano o cristiano porque aparece la división en antes y después de Cristo; éste es el que nos rige en todo el mundo occidental.

El sistema de periodización del tiempo de las culturas avanzadas americanas, antes de la llegada de los españoles, era muy heterogéneo. Los pueblos de lengua náhuatl, entre los que se encuentran los Mayas, adoptaron la base solar. Estaba dividido en 18 grupos de 20 días cada uno, totalizaban 360 días, a los que se agregaban cinco días más considerados nefastos  o de mal agüero. “Un siglo indígena” estaba formado por 52 años solares o 73 rituales, denominado “rueda calendaría maya”. También existieron otros calendarios, de lo que se infiere que la división del tiempo ha sido una convención política-religiosa-social. En la actualidad, tantos sistemas de división y organización del tiempo harían imposibles las transacciones internacionales y los sistemas de comunicación.

La mirada racional sobre el tiempo nos permite asentir que el hombre trató de medirlo, dividirlo, registrarlo, recurriendo a su ingenio; así entró en la escena de la humanidad el reloj, uno de los instrumentos más esclavizantes de la evolución humana. Nuestra vida depende de los relojes, del tiempo y de los calendarios.

Desde los primeros intentos de medir el tiempo se necesitó utilizar instrumentos y métodos para su implementación. Los más rudimentarios son los relojes de sol, de agua y de arena. El primero está limitado a medir las horas del día, mientras que los otros dos son complementarios en cuanto pueden funcionar sin la presencia de la luz.

 Le sigue en la evolución los relojes, el de péndulo, que consiste  en un elemento fijado en un punto que oscila de un lado a otro bajo la influencia de la gravedad. El principio físico que rige este movimiento fue descubierto por el físico y astrónomo italiano Galileo Galilei, quien estableció que el período de la oscilación de un péndulo de longitud dada puede considerarse independiente de su amplitud, es decir, de la distancia máxima que se aleja el péndulo de la posición de equilibrio. No obstante, cuando la amplitud es muy grande, el período del péndulo sí  depende de ella. (Ross, N. 2001). El fenómeno descubierto por Galilei se denomina isocronismo. El inconveniente que presenta es que la gravedad varía según la localización geográfica, puesto que la misma es más o menos intensa según la latitud y la altitud. Puede considerarse un avance pero  no asegura la exactitud en la medición del tiempo.

Los relojes mecánicos son los que utilizan un sistema de engranajes que se regulan con un péndulo o con un volante, este tipo de mecanismos es el que condujo a los “cucu”.

En orden de perfeccionamiento aparecen los relojes eléctricos, los de cuarzo, los cronómetros y, en la actualidad, los atómicos, esto es, relojes mecánicos de alta precisión.

Los relojes, hoy  tan comunes y accesibles, en otros tiempo eran objetos tan preciados que pertenecían a la nobleza, a los monasterios; eran objeto de admiración tanto por sus dispositivos mecánicos ingeniosos, como por el efecto de poder que producían ya que, en cierto modo, dominar el tiempo era  como regular el agua que se escapa entre los dedos, COMO LA VIDA.

 

(1) Los lanzichenecchi eran soldados mercenarios de infantería provenientes de regiones sometidas por el Sacro Imperio Romano que combatieron entre fines del siglo XV e inicios del XVII. El término deriva del alemán Landsknecht (Land = tierra, patria + Knecht = servidor). Fueron instituidos  por Maximiliano I en 1487.

 
 
 
  (*) Elisabetta Pagliarulo es Doctora en Historia, Profesora Titular de Historia del Arte, Profesora Titular de la Cátedra de Ciencias Sociales y su Didáctica, Profesora titular de Política e Historia y la Educación Argentina, Profesora titular de Organización y Gestión Educativa, Profesora de Metodología y Práctica de la Enseñanza, Profesora titular de la Cátedra de Metodología de la Investigación y Seminario. Miembro estable del Consejo editorial de esta edición.
   
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