Ramón Carrillo. La grandeza y el exilio  
 
Segunda parte

Por  Guillermo F. Marín (*)

 
 

 

 
 
 

Cartas desde el exilio

 

            La catástrofe de los Carrillo comenzó en Estados Unidos. Tras haber renunciado a su cargo de ministro y  haber solicitado licencia por sus cátedras, Ramón y su familia partieron del puerto de Buenos Aires, el 15 de octubre de 1954, a bordo de la motonave “Evita”.  La decisión del periplo guardaba dos motivos: mediante una beca otorgada por un laboratorio extranjero, le habían ofrecido la posibilidad de estudiar los efectos de un nuevo antibiótico. La segunda razón respondía a motivos de salud. Ramón Carrillo sufría de hipertensión arterial maligna, (tal vez debido a las secuelas que le dejó una grave difteria padecida a los 31 años) la que lo dejaba literalmente derrumbado en la cama con fuertísimos dolores de cabeza. En los últimos años, su salud había empeorado tanto que ya no encontraba en la medicina de su país la forma de controlar las devastadoras cefaleas. Si bien en los Estados Unidos consiguió una leve mejoría, el deterioro de su humanidad seguía en aumento: Ramón llegó a tomar ocho aspirinas diarias.

El retorno de los Carillo a Buenos Aires era inminente, pero aunque la beca incluía los pasajes de regreso, una huelga portuaria le impidió el retorno. Pese a los reclamos que Ramón realizó ante la flota de ultramar norteamericana, los pasajes, vencidos,  no le fueron renovados, de modo que él y su familia, de repente, se encontraron varados a nueve mil kilómetros del hogar y con una total insolvencia monetaria. Pero aún faltaba lo peor: en cosa de una semana, la Argentina era uno más entre los países latinoamericanos violentados por una dictadura militar. Un golpe de estado, perpetrado por los generales Eduardo Lonardi y Pedro E. Aramburu, había provocado la muerte de más de dos mil personas, entre ellos civiles y militares. La Revolución Libertadora consiguió derrocar al general Juan Domingo Perón (quien huyó al Paraguay) y logró poner tras las rejas a muchos funcionarios del depuesto gobierno, incluso, a Alfredo, uno de los hermanos de Ramón. Con todo, y ante la incertidumbre que estaba viviendo en el exterior, el doctor le escribe a su hermana una desesperada carta, de tono telegráfico, pidiéndole el envío urgente de dinero:

 

A fin de mes nos echan de la pieza, departamento en el que vivimos amontonados. No tengo con qué pagar los comestibles. Nadie ayuda aquí. Vivo con dolores de cabeza. De allá la noticia más alentadora es de que en cuanto llegue me meten preso, no sé por qué carajos. No tengo plata para volver. Podría trabajar de mozo de café o de ayudante de cocina, si consigo. Pero realmente, desde el punto de vista físico no estoy capacitado”. 

 

La angustia que sintió el médico, en ese momento, es indescriptible: sabía que su apellido formaba parte de una de las “listas negras” del flamante gobierno de facto. Al doctor se lo acusaba de “malversación de fondos públicos y de enriquecimiento ilícito”: una fábula inventada para ponerlo tras las rejas como una forma de endemoniar lo hecho por la administración anterior. A Carrillo también se lo culpó de haber alojado enfermos mentales en su quinta de Adrogué, y que los hacía trabajar en su provecho. Al tiempo, Ramón se ocupó de aclarar la situación mediante una carta que envió a la Comisión Investigadora y que luego publicó en forma de folleto. No le creyeron, a pesar de que el explicaba que, cuando se planteó la remodelación del Hospital de Neuropsiquiatría (hoy José T. Borda), tuvo que alojar temporalmente, en su domicilio, a varios internos, dado que “no había nadie quien los hospedara”. Semejante acto de humanidad, le costó el descrédito de gran parte de aquella misma sociedad que lo aduló, y que luego terminó por hundirlo en el infundado mar del olvido. Cierto es que, cuando intentaron desalojar a los pacientes de la casa quinta para luego confiscarla, los ocupantes salieron a defenderla a punta de cuchillo.

            Pese a todo, en aquellas desesperantes condiciones, el doctor encontró ayuda en el polémico senador estadounidense, Joseph McCarthy. El “cazador de brujas”, le propuso a Ramón trabajar como médico en una empresa minera, de origen norteamericano, ubicada en plena selva amazónica. Aunque no hay datos que profundicen las circunstancias por las cuales se produjo la relación amistosa que ambos funcionarios mantuvieron, Arturo Carrillo, hermano y biógrafo oficial de Ramón,  admite que el doctor aceptó lo que le ofreció McCarthy. Prueba de ello son las numerosas cartas que, en forma periódica, el doctor le enviaba a su hermana, desde Belém do Pará, Brasil. Lo más cruel de esos textos es la referencia que hace Ramón al siempre postergado viaje de regreso a la Argentina.  “Esta espera se me está haciendo cada día más pesada, casi insufrible. Ya estoy prisionero aquí y no creo que me pueda mover”, confesaba. Hay algo más de toda esa abnegación: en Belém, Carrillo llegó una tarde al Hospital Santa Casa de la Misericordia con la intención de incorporase como médico de planta. Su propósito, además, era conseguir más dinero para solventar los cada vez más abultados gastos de su numerosa familia. “¿Qué especialidad hace usted?”, le preguntó el director del dispensario. “Neurología”, contestó Carrillo, sin aclarar quién era ni qué antecedentes tenía. “No hay partida para el puesto”, le disparó el funcionario”. “No me interesa cobrar un sueldo”, remató el doctor, sólo necesito  un despacho”. Le ofreció un hueco debajo de una escalera. “¿Algo más necesita, doctor?” “Una mesa y una silla, respondió sonriente Carrillo, el lápiz lo pongo yo”.

            Esa cavidad, donde Ramón instaló su consultorio, debió cobijarlo por poco menos de un año. Atrás quedaba el recuerdo de su estadía ministerial en la Argentina, en un edificio de tres pisos que ocupaba media manzana. Aquel reducido espacio, donde ejerció por última vez su medicina, una tarde lo recibió agonizante: el severo derrame cerebral, producto de su altísima presión sanguínea, lo dejó inconsciente, durante veinte días, y con la mitad de su cuerpo paralizado. El doctor Ramón Carrillo falleció en la mañana del 20 de diciembre de 1956. Tenía entonces cincuenta años. A pesar de que el general Perón le pidió, en varias oportunidades, que “se viniera a Caracas” (suponemos con la idea de que el doctor realizara un nuevo tratamiento), Ramón prefirió quedarse en Belém. En poco tiempo, había logrado que aquella comunidad (inclusive indígena)  lo venerase. La mayoría de las veces atendió a sus pacientes sin cobrarles un centavo, con lo cual hizo innumerables amistades y algunos pocos discípulos. Pero esta historia, su inquietante historia, no terminaría en Brasil. Créase o no, después de muerto, Carrillo siguió siendo un exiliado político. Recién en 1972, sus restos fueron repatriados por sus hijos y llevados a su provincia natal, en una íntima y breve ceremonia. Es probable que Carrillo hubiese querido que sus restos quedasen en aquellas tierras que lo refugiaron y que le dieron muchas veces el sustento anímico necesario para terminar con sus escritos. Pero no lo sabemos. Poco antes de morir, en una carta que le dirigió a un amigo periodista, confesó: “…yo no puedo pasar a la historia como malversador y ladrón de nafta. Mis ex colaboradores conocen la verdad y  la severidad con la que manejé las cosas dentro de un tremendo mundo de angustias e infamias”. Pero, de todos modos,  el recuerdo que queda, entre tanta grandeza y tanto exilio, es el de un hombre dueño de su propio destino, libre, coherentemente libre.

 

 

Bibliografía

 

  1. Carrillo, A., Ramón Carrillo, el hombre, el médico, el sanitarista, , 2ª edición, 2005, sin sello editor.

  2. Revista Dinámica Social, Año II Nº 19, marzo de 1952.

  3. Conferencia Dr. Raúl Matera, Aula Magna de la Facultad de Medicina, mayo de 1974.

  4. Organización General del Ministerio de Salud Pública de la Nación, Ramón Carrillo, T.G.M.S. P. N, marzo de 1952.

  5. Carrillo, R.; La medicina tecnológica en la doctrina sanitaria, M.S.P.N, 1949.

  6. Con Perón en el exilio, Américo Barrio, Crónica, Bs. As, 2 de septiembre de 1984.

 
 
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  (*) Guillermo F. Marín
es Licenciado en Periodismo
Profesor en Letras y Ciencias de la Comunicación
Corrector y Crítico Literario
Columnista y corrector de la Revista Conexión Abierta y Diario Cultura para la Salud, U.A.I
Secretario Técnico de la Facultad de Medicina. UAI
   
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