¿Quiénes viven más?

 
 
Longevidad y conventos de clausura

Por Jorgelina Presta (*)

 
 

 

 
 
 

              

La vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil que cuando uno empieza a aprenderlo ya hay que morirse

E. Sábato.

                                                              

 

Para introducirme en el tema, recordaré algunos factores que habitualmente asociamos con la longevidad:

 

1- Factores Genéticos  y 2. de Género: es bien sabido que, en reglas generales, las mujeres viven más que los hombres; parece ser que la testosterona produce un efecto negativo sobre la variable en cuestión, ya que aumenta el comportamiento agresivo y la competitividad, entre otras cosas. Además, la transición desde el empleo hasta la jubilación, de la salud al déficit y del matrimonio a la viudez, tienen distintas consecuencias para la mujer que para el hombre. Éste último tiene menos tolerancia y menos capacidad para desarrollar mecanismos de defensa. Estadísticamente, entre los centenarios de todo el mundo, las mujeres superan en número a los hombres en nueve a uno.

 

3-Factores ambientales: el nivel económico y de educación, la ocupación, el ejercicio  físico y mental, el no consumo de sustancias tóxicas (tabaco, alcohol, etc.), vivienda estable, nutrición adecuada, experiencias gratas en la infancia, buenas relaciones interpersonales etc., influyen en la calidad de vida y, por ende, en la longevidad.

 

Se ha visto que en los monasterios y en los conventos de clausura, las monjas tienen mayor longevidad y menos probabilidad de desarrollar Alzheimer (ver números anteriores de M&C) comparadas con la población general.

La profesora Emilia Serra, de la Universidad de Valencia, quién llevó a cabo una investigación con monjas de clausura, encontró que los siguientes aspectos influyen en la mayor esperanza de vida de este grupo: *el perfil psicológico (diferente al de las casadas y solteras no consagradas), *la fe y la oración, porque favorecen una forma más positiva de ver la vida y representan una mayor protección frente a la sobrecarga,* la forma de vida en comunidades, que implica que están siempre acompañadas y ante cualquier circunstancia, incluida la enfermedad, se encuentran protegidas,* elemento que toma mayor relevancia en la vejez pues las más jóvenes cuidan de ellas, de tal modo que nunca están solas. De este último dato surge una pregunta fundamental para el resto de los seres humanos que no son monjas de clausura: ¿ la comunidad familiar no sirve de soporte?

Aparentemente no, ya que este factor junto a otros, como la sobrecarga, tanto si se trabaja fuera del hogar como si no se lo hace, ocasiona que la mujer casada tenga menor calidad de vida, inferior bienestar y peor nivel de madurez. Algo que, paradójicamente, se agrava con el avance de la edad y el número de hijos. Según este estudio, no hay grandes diferencias entre este grupo y el de las solteras, que aventajan a las casadas en que tienen mayor autonomía.

 

En otro estudio, llevado a cabo en un monasterio alemán, casi no hubo diferencias entre monjes versus monjas; la razón de estas similitudes podría deberse a que ambos grupos tienen estilos de vida  similares, aunque siempre sigue existiendo una pequeña brecha de género.

 

Más allá de los trabajos realizados, a mi parecer, los individuos que viven confinados en conventos de clausura, tienen una vida más tranquila, con menos stress psicofísico y con casi ningún sobresalto económico o de otra índole. Trabajan, generalmente, en actividades que les causan placer, enseñan, leen, participan en concursos y debates internos (estímulo intelectual continuo); además, tienen hobbies y tiempo para poder practicarlo (tejido, artesanías, cocina etc.). En fin, no conocen el ritmo acelerado de la vida actual pues, si bien tienen sus ocupaciones, cumplen con su descanso diario ( postprandial y nocturno) y las cuatro comidas en tiempo y forma.

 

Envejecer es un mal vicio que no se pueden permitir los que andan muy ocupados

André Maurois

                                                                                             

 

También los favorece en cuanto a la longevidad, el hecho de que no se exponen a tóxicos ambientales, ni presentan patologías asociadas a los cambios climáticos, ni accidentes de tránsito, ni riesgo elevado de enfermedades infectocontagiosas, entre otros beneficios.

Con estos antecedentes, resulta tentadora la idea de  realizar estudios prospectivos entre este grupo y la población general con la variable LONGEVIDAD, en especial, ya que no existe un número importante de análisis estadísticos acerca de lo expuesto. Independientemente de esto, parece racional y lógico tener en cuenta estos hábitos de vida y, en la medida de lo posible,  extrapolarlos y trasmitirlos a nuestros pacientes.

                                                              

No puedo cambiar la dirección del viento, pero sí ajustar mis velas para llegar siempre a destino

James Dean

           

                                                                                  Jorgelina Presta.

 
 
 
  (*) Jorgelina Presta es médica clínica y docente de la Cátedra de Clínica Médica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina.
Es miembro estable del Comité Editorial del portal médico Clínica-UNR.org.
   
    Correspondencia a:
jorgelinapresta@yahoo.com.ar
 
 
 
   
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