Ensayo. Primera parte  
 
La impunidad del escritor

Por Amalia Pati (*)

 
 

 


Oscar Wilde


Thomas Griffiths Wainewright

 

 
 

Primera parte

 

Pluma, lápiz y veneno (1)

 

No se trata de novelas ni de cuentos, como puede figurar en algún sitio de la red, ni siquiera de relatos policiales. Son dos ensayos de dos conspicuos escritores del siglo XIX. El primero, Pluma, lápiz y veneno (Estudio en verde) (2) es un ensayo breve, sobre un personaje de carne y huesos que Oscar Wilde publicó con este ingenioso título, en 1891. El otro, está integrado por dos artículos de Thomas De Quincey, uno de 1827 y el otro de 1829, más un Post Scriptum, de 1854, recogidos todos en un libro titulado Del asesinato como una de las Bellas Artes.

Si compartimos la teoría de que la escritura, aun siendo ficción, tiene algo de autobiográfico,  tendríamos que aceptar que en las obras mencionadas se juega el alma del escritor. Quizás sea más certero, en este caso, reconocer, junto con J. L. Borges, que Oscar Wilde fue el más Homo ludens de todos los escritores, puesto que jugó con todas las formas de la literatura y, al final, “jugó trágicamente con su destino”. En el juego, reside el encanto de Wilde del que habla Borges.

Más difícil resulta ejercer la defensa de De Quincey, quien tuvo que defenderse, en su momento, por su alabanza de la belleza de algunos asesinatos y, quizás, también, por el antecedente de Confesiones de un comedor de opio inglés. En ambos casos, retrocederíamos siglos si juzgáramos a los autores por sus libros. Ya lo padecieron. Baste recordar a Ch. Baudelaire por Las flores del mal, y a F. Flaubert por Madame Bovary.

 

En Pluma, lápiz y veneno, Wilde hace un análisis de la personalidad y la actuación de un artista: Thomas Griffiths Wainewright, un personaje extravagante que se distingue de otros artistas y escritores porque es, además, un hombre de acción. Wainewright es un dandy. Usa sortijas, un alfiler de corbata sobre el que asienta un camafeo antiguo, guantes amarillos y otros accesorios por el estilo que convierten a este hombre en un hombre especial, que sorprende y produce la admiración de sus conciudadanos por sus gustos sofisticados y su cultura general. Es joven, quizás bello, fino, de buenos modales; gran conocedor de la antigüedad griega, asiste a reuniones con otros escritores muy famosos, es amigo de Charles Lamb, el humorista y dramaturgo inglés, entre otras celebridades. Se dice que es una persona muy sensible, como se espera de un artista.

 

Pero, ¿a qué se dedica Wainewright? ¿Por qué dice Wilde que es un hombre de acción?.

Al parecer, estaba alistado en el ejército, pero un día decidió abandonarlo para dedicarse, en palabras de Wilde, a las cosas del intelecto. A la salida del ejército, padeció una enfermedad que no sabemos cuál es, pero sí que sufrió enormemente por ella y estuvo al borde de la muerte. Cabe aclarar que antes de dedicarse a la escritura – a la pluma – y de ingresar en el ejército, se sentía fascinado por la pintura y el dibujo, artes que luego abandonó soñando que su lugar estaba en el cuartel donde, rápidamente, se sintió, dada su exquisita sensibilidad, diferente a sus compañeros.

En su ensayo, en reiteradas oportunidades, Wilde introduce a De Quincey como para llamarnos la atención sobre algunas coincidencias entre el personaje en estudio y el autor de Del asesinato… En este sentido, es bueno saber que Wainewright y De Quincey fueron contemporáneos, con una diferencia de una década o algo menos a favor de De Quincey, y que esta situación les permitió conocerse y compartir alguna velada. Tanto es así que Wilde relata que el autor de Del asesinato… compartió con el dandy una cena en lo de Charles Lamb y, además, lo cita con un comentario sobre la cena: “Entre los invitados, literatos todos, tomó asiento un asesino”. Y agregó que, pesar de que ese día no se sentía bien de salud, el joven escritor había despertado en él un gran interés intelectual, quizás porque detrás de sus maneras afectadas se ocultaba una gran sensibilidad.  Con el ingenio que lo caracteriza, Wilde se burla y exclama: “¡Cuánto mayor hubiese sido su interés, aunque de otro género muy distinto, si hubiera conocido el  terrible crimen de que era culpable aquel amante invitado que tanto maravillaba a Lamb!” Sí, además de amor por la pintura y su hábito de escritura, Wainewright era “uno de los envenenadores más sutiles y misteriosos de su tiempo”. Un hombre de acción. Nunca hablaba sobre ello – dice Wilde; sin embargo, se sabe que el veneno que usaba era la estricnina y que lo llevaba en forma de polvo cristalino en el interior de una de las sortijas que adornaba “el grácil modelado de sus manos divinas”, adornos por los cuales el dueño sentía un profundo orgullo.

 

Wilde no se pierde la descripción de los asesinatos que, a pesar de que no todos fueron descubiertos por la justicia, fueron varios y, en su mayoría, de familiares o personas muy íntimas. Puro placer quizás el del pintor plumífero.

Wainewright quedó huérfano de ambos progenitores muy precozmente.  Su madre murió al darlo a luz y su padre la siguió al poco tiempo. En consecuencia, el niño quedó a cargo del tío George Edward Griffiths, dueño de Linden House, una mansión espectacular, en la que vivió Wainewright, y a la que siempre deseó poseer.  Así fue como el tío murió víctima de su veneno y lo heredó.

Se dice que, en complicidad con su mujer, envenenó a su suegra con mermelada mezclada con estricnina. No se sabe muy bien por qué lo hicieron, pero se cree que por una abultada suma de dinero en la que estaba asegurada la vida de la desdichada mujer.

De Quincey, siempre conocedor de los movimientos de Wainewright, afirma que su mujer ni siquiera se enteró de que la madre  había muerto envenenada por su marido pues “el pecado debe ser solitario y sin cómplices”, asegura Wilde. El asesinato no le reportó ningún beneficio ya que la compañía aseguradora se negó a pagar porque tenía sospechas. Muy por el contrario, había contraído deudas, razón por la cual fue detenido mientras le daba una serenata a una bella joven, hija de un amigo; sin embargo, salió pronto en libertad pero, con buen tino, para evitarse más problemas, decidió emigrar a Bolonia a casa del padre de la joven de la serenata, a quien convenció para que  asegurara su vida y, una vez que el hombre hubo firmado, lo envenenó echándole estricnina en el café.  No iba a cobrar el seguro pero le servía para vengarse de la compañía. Su amigo murió en su presencia. Después de cobrarse la nueva víctima, se trasladó a París donde vivió como un hombre de gran fortuna que seguía causando una gran admiración a algunos, pero temor en otros que conocían sus andanzas y sabían que siempre portaba su veneno. Un nuevo amor, lo obligó a volver a Londres,  aunque, esta vez  lo hizo en secreto porque tenía pendiente un juicio por falsificador.

A pesar de todos los recaudos, fue descubierto, al correr las cortinas de su despacho, por alguien que lo reconoció inmediatamente y a la distancia.

 

Al final, fue deportado para siempre. Fue a parar a la cárcel por una crónica fantástica que escribió en un periódico: el robo en el British Museum de uno de los Marco Antonio que faltaban en la colección. Fue visitado en la cárcel por varios escritores de la época; algunos  reconocieron que se había vuelto un cínico. Cuando un amigo le reprochó el asesinato de su suegra, Wainewright respondió, con total ironía que el acto había sido espantoso pero que no soportaba “sus gruesos tobillos”.

 Solía jactarse también de que aun preso no había perdido para nada su calidad de gentleman y que, mientras todos los reclusos debían de limpiarse la celda, a él jamás sus compañeros le “habían ofrecido la escoba”. Trasladado en un barco, junto con otros criminales (habitualmente mataban para comer), a Tasmania, Wainewright se sintió incómodo por la escasa penetración psicológica y lo poco interesante que eran sus compañeros de travesía.

En Tasmania comenzó a dibujar y a pintar nuevamente. Y, también, retomó la escritura. Intentó cosechar nuevas víctimas, pero su astucia flaqueaba para esas viejas lides. Pidió que lo excarcelaran porque el ámbito carcelario no le permitía desarrollar su inteligencia y acrecentar su cultura; la falta de libertad lo atormentaba. Por supuesto, su pedido le fue denegado.

Al final, su única compañía era un gato al que adoraba y el opio que consumía, como su amigo S. Coleridge. Murió de un accidente cerebral, en 1852, solo, con su gato.

 

Dice Wilde: “Que sentía un verdadero amor por el arte y la literatura es cosa que me parece indudable. No existe incompatibilidad alguna entre el crimen y la cultura intelectual. No se puede rehacer la Historia para halagar nuestro sentido moral”.

Y, más adelante:

 

Ya sé que muchos historiadores creen necesario aplicar juicios morales a la Historia y repartir sus reproches o sus alabanzas con la solemne satisfacción de un maestro de escuela floreciente. Esta necia costumbre demuestra que el instinto moral puede alcanzar una perfección tal, que aparece continuamente allí donde no tiene nada que hacer. […] (3)

 


 

(1) Oscar Wilde; Pluma, lápiz y veneno en Ensayos y Diálogos; Buenos Aires: Hyspamérica; Biblioteca personal de Jorge Luis Borges; 1985.

(2) Es probable que el subtítulo “Estudio en verde” se deba a que, según escribe Wilde, Wainewright  tenía una gran predilección por este color “señal siempre, entre los hombres, de un fino temperamento artístico”. Ibid.; p.: 148.

(3) Ibid., p. 167.

 

 

 
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  (*) Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras.
Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición.
Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto.
   
    Correspondencia a:
pastoritap@yahoo.com.ar
 
 

 

 
 
   
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