Una vida de novela. Primera parte  
 
Marie Curie, la dama y el Nobel -  Sancellemoz,  Francia, 3 de julio 1934

Por Luis F. Sala (*)

 
 

 

 

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El radio había dejado de presentar un simple interés experimental. Había entrado en las necesidades de la revolución industrial. Nacía la Industria del radio. En varios países se habían hecho ya planes para la explotación de minerales radiactivos, principalmente en Bélgica y en los Estados Unidos. Sin embargo, Pierre y yo sabíamos que los ingenieros solamente podrían producir el “fabuloso metal” si dominaban el secreto de las delicadas operaciones a que habíamos sometido la materia prima. Un día domingo, antes del almuerzo, Pierre se acercó a mí,  llevaba en sus manos una carta que le habían dirigido varios ingenieros americanos, que querían utilizar el radio en Norteamérica. Pierre me planteó: Maríe tenemos dos caminos, o describimos los resultados de nuestra investigación, sin reserva alguna, incluyendo la purificación, o bien nos podríamos considerar propietarios e “inventores del radio”, patentar la técnica del tratamiento de la pechblenda y, de ese modo, asegurarnos los derechos de la fabricación del radio en todo el mundo. ¿Qué opinas, Marie? Por mi mente pasaron, en un instante, todos los acontecimientos de mi vida, las necesidades pasadas y las futuras, el futuro de mis hijas, pero también una voz crecía y crecía a partir de mis entrañas, que me llevó a responderle:

-        

-Debemos publicar toda nuestra investigación sin reservas. De lo contrario, estaríamos obrando en contra del espíritu científico.

 

Marie, Marie, te has arrepentido de tu contestación a Pierre, contesta, contesta… ¿Quién pronuncia estas palabras? Tu, Éve, no tu no eres…no es tu voz….un ángel….no, no puede ser, recuerda Marie eres agnóstica.

 

Recuerdo como Pierre sonrió con satisfacción y, antes que pudiera decir nada, agregué: -Los físicos siempre publican el resultado completo de sus investigaciones. Si nuestro descubrimiento tiene posibilidades comerciales, será una circunstancia de la cual no debemos sacar partido; y estoy segura que el radio será utilizado en medicina para curar enfermedades, no podemos aprovecharnos de eso…..

Esta misma noche le escribiré a los ingenieros norteamericanos para darles toda la información que nos piden…terminó diciéndome Pierre. Corrí y lo rodee con mis brazos y, muy cerca del oído, le sugerí: -recuerdas cuando nos casamos, nuestro viaje en bicicleta….Sonrió y, un cuarto de hora después, estábamos sobre nuestras bicicletas en dirección al bosque cercano. Queríamos estar con la naturaleza, era todo lo que teníamos, al fin y al cabo habíamos elegido entre la pobreza y la riqueza….nos quedamos con la primera, había que festejarlo con hoja y flores silvestres, el bosque nos podía proveer de ese material que la naturaleza regala a ricos y pobres.

 

Marie, Marie, la fama te ha abrumado….. ¿Es así, Marie?

 

En junio de 1903, el Real Instituto de Inglaterra invitó oficialmente a Pierre a dar, en Londres, una serie de conferencias sobre el elemento radio, evento que dio lugar a  un alud de invitaciones a comidas y banquetes. Éramos solicitados por todo Londres, querían conocer a los padres del nuevo elemento. Estábamos agotados, pero no podíamos negar el orgullo que sentíamos cuando el Real Instituto de Inglaterra nos confirió, en noviembre de ese mismo año, una de sus más distinguidas condecoraciones: la Medalla de Davy. No nos habíamos repuesto aún de todos estos agasajos, cuando, el día 10 de diciembre de 1903, la Real Academia de Estocolmo, anunció que nos habían conferido, junto al Profesor Becquerel, el Premio Nobel de Física, debido a nuestros descubrimientos sobre la radiactividad.  Este premio era una suma equivalente a 15.000 dólares y aceptarlo no nos pareció “contrario al espíritu científico”; con ese dinero, Pierre pudo dejar la pesada carga de sus muchas horas de clase y salvar así su salud. Pudimos hacer regalos a todos, a Jackes, a mis hermanas, donar dinero para varias sociedades científicas, becar a estudiantes polacos y ayudar económicamente a una amiga de mi infancia. Eso nos llenó el corazón de felicidad y, también, me di los dos primeros lujos de mi vida: un baño moderno en nuestra casa, con bañera incluida, y renovar el papel de una habitación. Mis amigas me instaban a comprarme un sombrero y ropas nuevas. Me negué rotundamente. No sabíamos cuánto nos podía durar esa bonanza porque por sobre todo quería que Pierre dejara su trabajo en la Escuela de Física. Continué con mis clases en el Instituto para señoritas, en Versalles. Debíamos seguir trabajando, no importaba el cuantioso número de telegramas de felicitaciones que recibíamos a diario. Los apilábamos en nuestra mesa de trabajo y apenas prestábamos atención a los miles de artículos que publicaban los diarios, ni mucho menos a los pedidos de autógrafos y fotografías. Recuerdo haber escrito en mi diario, en la primavera de 1904: “¡Siempre hay ruido a nuestro alrededor! La gente nos distrae de nuestro trabajo. He decidido no recibir más visitas pero, de todos modos, se me importuna. Los honores y la fama han estropeado nuestra vida. La existencia pacífica y laboriosa que llevábamos, ha sido completamente desorganizada”

 

Marie, eres injusta, no recuerdas las palabras dichas sobre tu persona por Einstein: ….¿Quién eres? ¿Por qué me importunas?

 

Claro, que recuerdo las palabras de Albert, simpático y oportuno en sus comentarios: “Madame Curie es, de todos los personajes célebres, el único al que la gloria no ha corrompido”.

El año 1903 y 1904 fueron intensos, considerando que, el 6 de diciembre de 1904, nació nuestra hija Eve, embarazo que esperé con ansiedad que llegara a su término, ya que anteriormente había sufrido un aborto. Tenía dos niñas que cuidar y, a pesar de sentirme agotada al término de mi segundo embarazo, volví a la rutina de la escuela y el laboratorio. Para nosotros, no existían ni las fiestas ni las reuniones sociales, aunque no podíamos evitar los banquetes oficiales en honor de sabios extranjeros, lo que obligaba a Pierre a vestir su frac brillante y a mí, un traje de noche que se destacaba por no ser recargado.

Al fin, el 3 de julio de 1905, Pierre pudo entrar en la Academia de Ciencias. La Sorbona había creado para él una cátedra de Física sin un laboratorio adecuado para los estudios que realizaba.

 

      Irene, Éve, ¿está lloviendo? Las lluvias me deprimen como los días grises….

 

-Un día de junio de 1905, precisamente el día 3, opaco y lluvioso, Pierre había almorzado con los profesores de la Facultad de Ciencias, y salió bajo una densa lluvia. Al atravesar la calle Dauphine, pasó distraído detrás de un coche de caballos y se interpuso en el camino de un pesado carro que, tirado por un caballo, avanzaba con rapidez. Sorprendido, trató de asirse al arnés del animal que se encabritó. Los pies de Pierre resbalaron sobre el pavimento húmedo. En vano, trató el conductor de detener el vehículo tirando fuertemente de las riendas: el carro, con todo el peso de sus seis toneladas, siguió rodando varios metros más. La rueda izquierda trasera pasó por encima de Pierre. La policía y nuestros amigos, cuando tuvieron que darme tan amarga noticia, me dijeron que recogieron su cuerpo aún cálido del cuál acababa de escaparse su vida.

 

Pierre, Pierre!!  Has muerto. No, no has muerto, estás con vida. Me resisto a aceptar tu muerte……

 

-Mi dolor fue tan profundo que sólo mi trabajo podía permitirme seguir adelante.  El gobierno francés propuso que se me concediera a mis hijos y a mí, una pensión nacional, que rechacé. Éve apenas conoció a su padre. Tenía dos años cuando ocurrió la tragedia. Huyendo de mi dolor, me encerré aún más en mis investigaciones científicas, por lo que la pequeña Éve apenas se pudo relacionar conmigo en sus primeros años de vida. Fue más tarde, durante la adolescencia, cuando se forjaría el fuerte vínculo que nos unió.

 

Marie, Marie, has logrado lo que ninguna mujer podía imaginar, dar cátedra en la Sorbona……

 

-El 13 de mayo de 1906, el Consejo de la Facultad de Ciencias, por decisión unánime, me otorgó la cátedra que había desempeñado mi esposo en la Sorbona. Era la primea vez que se concedía tan alta posición en la enseñanza universitaria de Francia a una mujer, después de transcurridos más de 600 años de su fundación. Llegó el día de la primera lección que había de dar en la Sorbona. El aula estaba completamente llena, así como también los pasillos y corredores a la clase. Creo que el público asistente no estaba constituido solamente por alumnos y profesores de la casa, sino por variado público. A la una y media de la tarde, con esfuerzo, logré abrirme paso a través del público y llegar hasta el sillón destinado a los profesores. Los aplausos me abrumaban. Solamente pude responder con una ligera inclinación de cabeza, a manera de saludo. ¿Cómo empezaría mi clase? ¿Empezaría expresando mi agradecimiento al Ministro y al Consejo Universitario? ¿Evocar la memoria de Pierre? Quizás esperaran esto último. La costumbre exigía que todo nuevo profesor elogiara la tarea de su predecesor…..  Yo misma me sorprendí escuchando mis propias palabras.: “Cuando consideramos los progresos logrados en los dominios de la Física durante los diez últimos años, nos sorprende el gran avance de nuestras ideas en lo concerniente a la electricidad y la materia”. Evidente, desde dentro de mi ser, había decidido reanudar el curso con la misma frase con que Pierre había terminado el suyo. Apenas terminada la lección, sin una vacilación, sin un titubeo, me retiré tan rápidamente como había entrado.

 

Fama Marie, fama. ¡Cuánta fama te otorgué!….. Pierre, eres tú, pero si siempre me decías que nuestro fin es investigar, descubrir, no buscar honores……

 

-Ya viuda, la fama de mi apellido subió de una forma vertiginosa, y se extendió por todo el mundo civilizado. Recibía diplomas y honores de distintas academias extranjeras. Sin embargo, en el año 1911 perdí por un voto ser admitida como miembro de la Academia Francesa de Ciencias, a pesar de que Suecia me concedió el Premio Nobel de Química. Los diarios comentaban que, durante más de cincuenta años, no hubo nadie, hombre o mujer, que mereciera esta recompensa por segunda vez.

 

Paul, Paul, ¿Dónde te encontrarás? ¿Qué habrá sido de ti?

 

-Sin embargo, a pesar de haber recibido mi segundo Premio Nobel en el año 1911, ése fue un año negro en mi vida. Mi segundo premio Nobel, otorgado  por  la Academia de Suecia, en el rubro Ciencias Químicas, por el descubrimiento realizado de los elementos radiactivos polonio y radio, influyó en que no fuera admitida como miembro de la Academia Francesa de Ciencias. Muchos de mis colegas cuestionaron este segundo premio Nobel, porque decían que había sido otorgado sobre la misma temática en la cual se había basado la selección del primero. Pero, aún, más influyó el escándalo periodístico generado por mi relación con el físico Paul Langevin. Paul había sido discípulo de Pierre y, uno años después de muerto Pierre, y en una tremenda soledad espiritual que me estaba llevando a una peligrosa melancolía, Paul me manifestó su admiración y cariño que no dudé en aceptar. Paul estaba casado, pero, su matrimonio en crisis lo había llevado a estar en una situación de separación  de hecho. Una vez que nuestra relación se hizo pública, los diarios olvidaron prontamente mi fama como científica para acusarme de ser “la polaca” destructora de hogares. El escándalo tomó tintes xenofóbicos, algo bastante común en la historia de Francia si consideramos los apodos de las grandes damas francesas, desde las “autríacas” María Antonieta y María Luisa de Austria hasta el de la “española” por la cual se la nombraba a la última emperatriz de Francia, Eugenia de Montijo. Mis amigas, intentaban consolarme diciendo que el sentimiento sexista, que predomina en nuestra época, no podía tolerar que una mujer se hubiera destacado del modo en que lo hice por sobre los hombres. De cualquier modo, todo este accionar destruyó nuestra relación de pareja.

 

¡Guerra mundial! ¡Guerra mundial! Esos tremendos gritos pronunciados por la gente en la calle, no puedo dejar de oírlos….no quiero oírlos……

 

Guerra mundial. El evento detonante del conflicto fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa, Sofía Chotek, en Sarajevo, el 28 de junio de 1914, a manos del joven estudiante nacionalista serbio Gavrilo Princip, miembro del grupo serbio "Joven Bosnia", ligado al grupo nacionalista Mano Negra, que apoyaba la unificación de Bosnia con Serbia. Francisco Fernando era el heredero de la corona austro-húngara después de la muerte de su primo, Rodolfo de Habsburgo (en 1889), y de su padre Carlos Luis de Austria (en 1896). Su asesinato precipitó la declaración de guerra de Austria contra Serbia que desencadenó la guerra mundial.  Más de diez millones de soldados murieron en dicha guerra que finalizó, el 11 de noviembre de 1918, con la derrota de Alemania y un vergonzoso tratado de paz, el Tratado de Versalles, que, me temo, no logró solucionar el conflicto por el cual tuvimos esa tremenda guerra.

Los soldados morían en el frente de batalla, la mayoría de las veces en el acto, como consecuencia de recibir heridas de bala, pero otros sobrevivían. Los médicos se sentían impotentes para ayudarlos porque no tenían la capacidad de predecir dónde se alojaban las balas o trozos de metralleta en el cuerpo de los heridos.

Por ello, decidí crear con la ayuda de donativos privados, un equipo de expertos en técnicas radiográficas y, con la colaboración de mi hija Irene, poner en funcionamiento más de doscientos vehículos radiológicos. Nos desplazamos hasta el frente para enseñar a los médicos los nuevos métodos y técnicas de la radiología. Cuando volvimos a París, ya no hablaban más de “la polaca”; en cambio, me denominaban la “suprema bienhechora de la humanidad”, pero, siempre procedí a rechazar estas manifestaciones que consideraba inmerecidas. Después de todo, ¿que soy yo, si no solamente una modesta y discreta mujer como cuando llegué a París como una joven estudiante polaca?

 

¿Cuántos institutos te dí?, ¿recuerdas Marie? ¿Eres tu Pierre…?

 

En la mayoría de los países europeos se empezaron a crear institutos del radio, ante su plausible utilidad en la curación del cáncer. Yo misma acepté la dirección honoraria del que se inauguró en Varsovia en 1913. En julio de 1914, se terminó de construir, en París, un laboratorio consagrado al estudio de la radiactividad, denominado el “Instituto del Radio”, por un acuerdo entre el Instituto Pasteur y la Sorbona, con una sección dedicada a la investigación médica y otra reservada a la física y la química, dirigida por mi persona. Mi corazón se encogía cuando pensaba que Pierre no pudo ver nada de esto.

 

¿Cuán costoso fui para ti, Marie? ¿Quién me habla…. Esa voz insistente?.....Éve que hora es, ¿medianoche? Esta fiebre que me agobia…..

 

En mayo de 1921, realicé, en compañía de mis dos hijas, una gira por Estados Unidos, que los periódicos la denominaron “gira triunfal”. La finalidad de esta gira, era poder adquirir un gramo de radio, valorado en cien mil dólares. Una periodista americana había promovido una suscripción popular. Cuando mis fuerzas me abandonaban, y cada vez era con más frecuencia, mis hijas tomaban mi lugar en los eventos oficiales a los que era invitada.

Cuando regresé, comenzaron a manifestarse en mí los primeros síntomas de cataratas. Los médicos empezaron a decirme que creían que de tanto exponerme al radio, éste había empezado a ejercer un efecto muy pernicioso en mi organismo. Quedar ciega…. No, no era posible. Los mismos médicos, e incluso yo misma, empezamos a sospechar que las emanaciones de radio podían producir algo más que quemaduras en los dedos. Hasta ese momento, todos pensábamos, con gran esperanza, que la radiación proveniente del radio tenían un efecto permanente sobre las células cancerosas. Lo más alarmante era que si una exposición prolongada podría perjudicar un organismo vivo, debía informarse urgentemente a los fabricantes de artículos de belleza para que dejaran de promocionar al radio como un artículo de lujo, que de noche podía tener un efecto elegante y glamoroso en la piel de hombres y mujeres….

 

Marie, ¿es posible que hayas liberado a un asesino? ¿Quién me habla? ¿Por qué me acusas de algo tan horrible?

 

-En 1922 fui invitada a formar parte de la Comisión para la Cooperación Intelectual, creada por la  Sociedad de Naciones, de la que ocupé la vicepresidencia. En 1925, mi hija Irene contrajo matrimonio con el físico francés Fréderic Joliot. Irene seguía los pasos de sus padres, en cambio, Eve, desde una edad muy temprana, había demostrado inclinaciones de tipo artístico. Evidentemente se manifestaba mi madre en ella. Se ha graduado en ciencia y filosofía, pero se encuentra permanentemente dando conciertos de piano por toda Europa. Eve es considerada como una mujer que encarnó, como pocas, el espíritu de los años veinte: brillante, aguda, inteligente y tan guapa que la prensa comenzó a llamarla “la mujer de los ojos de radio”. Eve ha abandonado sus conciertos para estar conmigo en estos momentos.

 

Madre, madre, Fréderic y yo hemos descubierto la radiactividad artificial….

 

-No me quejo, aún tengo fuerzas para poder tener conocimiento de que Irene y su esposo han podido lograr sintetizar material radiactivo, que ayudará y potenciará las virtudes curativas del radio.

 

¿Tú crees que tengo propiedades curativas? Acaso ¿no te estoy asesinando?

 

-Ya te he identificado, voz irreal, te identifiqué en el mismo momento en que mi salud sufrió un tremendo deterioro durante este año, cuando los mismos médicos aconsejaron a mis hijas traerme a este sanatorio de Sancellemoz, pensando que la declinación de mi salud se debía a una inflamación de antiguas lesiones producidas por la tuberculosis. Me dí cuenta de que tú estabas dentro mío, que no me curabas, me matabas. Los médicos han diagnosticado una anemia perniciosa…

 

¿Te arrepientes de haberme sacado de las entrañas de la Tierra Madre, de haberte  enfrentado a la Madre Naturaleza?

 

-Radio, me arrepentiría de haberte sacado de las entrañas si supiera que te utilizarían para hacer daño a la humanidad, pero, estoy segura que no será así. Pocas veces he dudado en mi vida y, ésta, no es una de ellas. Tú me quitas la vida, pero millones de personas salvarán las suyas……Tu luminosidad me abruma,

 

Marie, Marie, ven conmigo, déjate llevar, no tengas miedo, verás que si bien siempre te recordarán. En menos de cien años, volverás a ser famosa….

 

Marja Saloméa Slodowska Curie, conocida como Madam Curie, murió en Sancellemoz  el 4 de julio de 1934 a los 67 años de edad, sin discursos ni desfiles, sin que estuviera presente ningún político, ni un solo funcionario público. Marie Slodowska Curie fue enterrada en el cementerio de Sceaux, en una tumba inmediata a la de Pierre Curie. Sólo los parientes, los amigos y los colaboradores de su obra científica, que le profesaban entrañable afecto, asistieron a su entierro. En 1995 los restos del matrimonio Curie fueron trasladados al Panteón de París.

Su hija, Irene Curie Joliot fue galardonada, junto a su esposo, con un Premio Nobel de Química por el descubrimiento de  la radiactividad artificial. Irene Joliot falleció debido a anemia perniciosa, el 17 de marzo de 1956, víctima de las radiaciones recibidas en forma constante durante sus investigaciones científicas dedicadas al tema de la radiactividad.

Eve Curie Labouisse dedicó gran parte de su vida a escribir sobre su famosa madre. Su más notoria obra es Madame Curie, la que fue llevada al cine por el director americano Mervyn LeRoy, en 1943, siendo los esposos Curie protagonizados por la famosa pareja de artistas de cine americanos: Greer Garson y Walter Pidgeon. Eve murío a los ciento tres años, en Nueva York, el 22 de octubre de 2007.

Marie Curie fu la primera persona a la que se le concedieron dos Premios Nobel en dos diferentes campos (Física y Química). Otros investigadores reconocidos con dos Premios Nóbel han sido: Linus Pauling, John Bardeen y Frederick Sanger, estos dos últimos en el mismo campo, Física y Química respectivamente.

    

 

 

 

Bibliografía

 

Reid, Robert William, Marie Curie, Londres,  Editora  Collins (1974)

Curie Eve, La vida heroica de Marie Curie, descubridora del Radio., Colección Austral No 451, Espasa Calpe. Vigésima octava edición (2009).

 
 
 
  (*) Luis F. Sala es Doctor en Ciencias Químicas, Investigador Principal IQUIR- CONICET y Profesor Titular de la Facultad de Ciencias Bioquímicas y Farmacia de la Universidad Nacional de Rosario .
   
    Correspondencia a:
sala@iquir-conicet.gov.ar
 
 
 
   
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