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Continuación de La Medicina y el Arte

Por Osvaldo Pamparana (*)

 
 

 

 
 
 

Continuando con la endocrinopatías reflejadas en la Historia del Arte por los más excelsos pintores de todos los tiempos, vemos en este número y en primer lugar el Bocio

 

El cuello ha sido la parte del cuerpo en la que los artistas han prestado mayor atención y donde muchos de ellos se han lucido especialmente, y fue a través de sus obras en los distintos tiempos en donde dejaron el claro testimonio  de la influencia de las modas que se sucedieron.

 Así podemos citar el cuello egipcio, rígido y más bien corto, el asirio más corto aún y más grueso, el griego armonioso y bello, cuellos monstruosos y descarnados, los del Renacimiento semejantes a los cisnes, los regordetes de las damas del siglo XVII.

Además de las variaciones del cuello en las personas sanas, las hay de orden patológico producido por inflamaciones o tumores, por lesiones o por hipertrofia de las glándulas tiroideas que se manifiesta en la protuberancia de la glándula tiroidea.

El bocio, del latín struma, es el aumento de tamaño de la glándula tiroides. Se traduce externamente por una tumoración en la parte antero-inferior del cuello justo debajo de la laringe. Existen varios tipos desde el punto de vista morfológico: bocio difuso, uninodular o multinodular. Según su tamaño se divide en los siguientes estadios:

 

Estadio 1: detectable a la palpación.

Estadio 2: bocio palpable y visible con el cuello en hipertextensión.

Estadio 3: visible con el cuello en posición normal.

Estadio 4: bocio visible a distancia.

 

El bocio puede asociarse a una función tiroidea anormal (bocio normofuncionante), hipofunción, hiperfunción.

La causa más común de bocio en el mundo es idiopática. La segunda causa es la deficiencia de yodo. Este estado se conoce habitualmente como bocio endémico. El tratamiento y curación consiste en un suplemento en la alimentación con yodo (en forma de yoduro o yodato). Hoy en día constituye un problema únicamente en los países más pobres que carecen de recursos económicos para reforzar los alimentos con esta sustancia, como parte del programa de alimentación pública. En la actualidad el bocio se debe fundamentalmente a un factor hereditario o a un factor fisiológico (en la pubertad). Generalmente no da sintomatología y cuando se presenta, lo más frecuente es que sea consecuencia de la compresión de la tráquea y de la ronquera.

Estas anomalías del cuello originadas en la función tiroidea, constituyen, además de su valor artístico, un extraordinario documento para la Historia de la Medicina.

Sin embargo, de las deformaciones corporales que los artistas han reproducido en sus telas, el bocio no ocupa un lugar destacado. Esta situación tal vez pueda deberse a que esta deformación no inspira la misma compasión que inspiraría un leproso, por ejemplo, con sus mutilaciones o sus úlceras sangrantes o la que inspiraría un ciego que deambula en la oscuridad más acuciante o un paralítico impedido de movilizarse.

En síntesis, el bocio más bien produce curiosidad que piedad o misericordia.

Comenzamos nuestro análisis con el “Retrato de Paracelso”  realizado por Rubens, en donde claramente se advierte lo que en medicina se conoce como bocio exoftálmico.

 

Leonardo da Vinci en uno de sus “dibujos grotescos” ha pintado un bocioso. Se trata de un croquis hecho sobre el natural de un cretino bocioso, casi dolicocéfalo. Como casi todos los grotescos dibujados por Leonardo, éste tambien parece inspirado en las deformaciones naturales que él se esfuerza en reproducir con exactitud y realismo, acentuando las líneas que le parecen poco expresivas.

La cabeza de este bocioso es de un extremado realismo y su cuello está atacado de exuberantes tumores.

 

En el cuadro del gran maestro alemán Alberto  Durero “Jesús entre los Doctores” se advierte bien claramente la redondeada prominencia de las glándulas tiroideas en la figura graciosa y hasta afeminada de Jesús.

La llamativa camptodactilia que nos muestra la mano la veremos mas adelante

Durero (1471-1528). Su padre, Alberto Durero el Viejo, era orfebre y fue el primer maestro de su hijo. De su primera formación, el joven Durero heredó el legado del arte alemán del siglo XV, en el que estaba muy presente la pintura flamenca del gótico tardío.

Después de estudiar con su padre, Durero entró con 15 años como aprendiz del pintor y grabador Michael Wolgemut, taller que se dedicó a la considerable tarea de realizar numerosas xilografías para ilustrar la Crónica de Núremberg.

Como era costumbre entre los jóvenes que habían acabado su período de aprendizaje, Durero emprendió un viaje de estudios en 1490.  Visitó Italia en donde realizó acuarelas de paisajes con gran minuciosidad de detalle. Durante los diez años siguientes en Núremberg, desde 1495 a 1505, produjo un gran número de grabados que le ayudaron a asentar su fama. Entre ellos destaca la serie del “Apocalipsis”, “Baño de hombres”, “Sansón con el león”, “La gran fortuna” y “La caída del hombre”. Éstas y otras obras de este período muestran, en su conjunto, una maestría técnica cada vez mayor en el arte de la xilografía y el grabado, un manejo de las proporciones humanas basado en los textos del tratadista romano Vitrubio y una brillante capacidad para incorporar detalles de la naturaleza en obras que reflejan el entorno con gran realismo.

En 1498 pintó su “Autorretrato” (Museo del Prado, Madrid) con la camptodactilia que lo aquejaba y que también veremos en otro capitulo.

En su segundo viaje a Italia, Durero llegó a Venecia donde  conoció al gran maestro Giovanni Bellini y a otros artistas, y la Fundación de Comerciantes Alemanes (Fondaco dei Tedeschi) le encargó una obra importante.

En 1507 regresó a Núremberg, donde comenzó un segundo período de una ingente producción artística con obras como el “retablo para la iglesia de los Dominicos”, “La tabla de la Adoración de la Trinidad” “Las tablas de Adán y Eva”; y numerosos grabados, entre los que se encuentran dos series de la Pasión (la “Gran Pasión” y la “Pequeña Pasión”), otra sobre “La Vida de la Virgen”, un “Arco del Triunfo” grabado en varias planchas de madera, encargo del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Maximiliano I, y tres imágenes magistrales: “El caballero, la Muerte y el Diablo”, “San Jerónimo en su celda” y “La melancolía”. Sobre esta última trataremos en un capitulo mas adelante. Mediante el grabado de línea, Durero consiguió crear diferentes gamas de sombreado y texturas, con las que logró plasmar formas tridimensionales con una maestría nunca antes superada.

La calidad de la obra de Durero, la cantidad prodigiosa de su producción artística y la influencia que ejerció sobre sus contemporáneos fueron de una importancia enorme para la historia del arte. En un contexto más amplio, su interés por la geometría y las proporciones matemáticas, su profundo sentido de la historia, sus observaciones de la naturaleza y la conciencia que tenía de su propio potencial creativo son una demostración del espíritu de constante curiosidad intelectual del Renacimiento.

 

Con respecto al tema de este capitulo, la deformación del cuello acompañada de exoftalmia se presenta en forma por demás evidente en la Madona de Durero, llamada “La Madona con el clavel”. La figura de la virgen tiene una tumefacción de tipo bocioso y los ojos son grandes, de tipo basedowniano, lo que pone en evidencia que el Basedow no es una enfermedad reciente sino que existía ya en la época de Durero.

 

Peter Paul Rubens nos presenta otro bocio característico en el cuadro de “Maria de Medici - Reina de Francia” (Museo del Prado) y en el “Retrato de Isabel Brandt” (Florencia, Uffizi). Aquí la incipiente exoftalmia y retracción palpebral contribuye a la fuerza expresiva que transmite el rostro de la mujer. En el capítulo 8 (dermatología)  veremos nuevamente esta pintura como representativa de la denominada alopecia frontal fibrosante.

 

 

Otro ejemplo de esta enfermedad (Graves-Basedow) se presenta en un grabado que muestra al excelso músico Wolfgang Amadeus Mozart poco antes de su muerte, con una llamativa exoftalmia y aumento de las comisuras palpebrales. Signos que no presentaba en retratos anteriores y que coinciden con las descripciones de contemporáneos en el sentido de su nerviosismo, su intranquilidad e inquietud permanente, apresuramiento, irritabilidad y temblor de las manos, que lo llevaron a escribir en su última carta:

 

“Pronto no necesitaré ya temblar. En todo lo que tengo que padecer presiento que mi última nota ha sonado”.

 

Durante mucho tiempo se formularon variadas hipótesis como la causa de la muerte de Mozart por supuesto entre ellas el envenenamiento, y un lugar importante ocupó la teoría de una afección no conocida. Con los signos descritos y los datos semiológicos aportados no se descartó tampoco que la causa de su muerte haya sido una enfermedad de Basedow precisamente, aún no descubierta  hacia 1791.

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 
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  (*) Osvaldo René Pamparana es Bioquímico procedente de la facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata.
Es autor de numerosos artículos, ensayos, cuentos y novelas breves. Por su labor cultural recibió, entre otras distinciones el premio Santa Clara de Asís y fue nombrado Ciudadano ilustre de la ciudad de La Plata.
Se presentarán los capítulos sucesivos de su libro La Medicina y el Arte
 
   
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