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Especialidades anexas a La Medicina y el Arte

Por Osvaldo Pamparana (*)

 
 

 

 
 
 

En este número del suplemento, daré comienzo a especialidades “anexas” a  la medicina en donde el arte tampoco estuvo ausente. Todo lo contrario;  por ejemplo, en el tema de la Oftalmología, que es la materia que abordaré en primer lugar, son innumerables las obras de arte que dan verdadero testimonio y son documentos para la Historia de la Medicina.
Me interesa comenzar con el siguiente epígrafe y comentario:

“¿Quién compra la obra nueva, recién impresa y ya famosa?
¿Quién el papelito quiere comprar?
 para llorar un rato o reír según el caso
Duélanse señores de este pobre ciego
Y si no que el diablo lleve lo que leo”

Coplas cantadas por los ciegos en calles y mercados.

 

Desde siempre, la ceguera aparece íntimamente asociada con actividades poéticas y musicales, lo que demuestra que la sensibilidad  de lo seres privados de este sentido posee una sutilidad cristalina para los sonidos y las voces nobles
A su paso por las villas, villorrios, burgos y ciudades, el ciego juglar (rapsoda) dejaba la semilla de la poesía, en cantares, aleluyas, romances y coplas que el pueblo hacía suyas y luego transmitía oralmente a través de generaciones. Más tarde, el rapsoda ciego vende la mercancía impresa la que previamente era leída o recitada en voz alta ante la concurrencia de mesones, bodegones y mentideros. Llamada literatura de cordel debido a que para su venta se colgaba en pliegos en los mercados y en las plazas, el ciego de los romances fue una figura arquetípica de la España medieval
 
 
Luego de esta poética introducción, ingresamos de lleno al tema de la Oftalmología para comentar que el estudio de los ojos y sus vías visuales se remonta a miles de años y, actualmente, pero, antes de que la oftalmología surgiera como especialidad, era el médico general el que practicaba tratamientos para el cuidado o el buen funcionamiento de los órganos oculares.

Por su localización externa, y en el rostro, los ojos fueron objeto de atención tempranamente en el desarrollo de la humanidad. Ya en el códice Hammurabi (1800 a.C.)  y en el papiro de Ebers (1300 a.C.), (ver anexos mas abajo) se escribía sobre las enfermedades oculares. La Biblia también menciona a ciegos y su curación; es decir, que la historia de la oftalmología se confunde con la de la medicina misma.

La ceguera, la monoftalmia, el estrabismo, el epicanto, la catarata, son todas patologías en las cuales, naturalmente, el arte tampoco estuvo ausente, y éste es el tema que analizaremos en este capítulo. Sin embargo, antes veremos los problemas oculares desde otro punto de vista.

Sabemos que existieron pintores con defectos oculares probados y, en otros casos, supuestos, precisamente, porque lo manifiestan en sus obras. Por eso, es lícito considerar que no sólo el personaje objeto del retrato o del cuadro pueda haber presentado una patología expresada por el artista en su obra, sino también pensar que las obras de los pintores están marcadas por sus propios defectos físicos. Ellos plasman en sus cuadros lo que sienten y quieren expresar, pero cómo lo expresan está necesariamente condicionado por su físico. En otras palabras, ¿qué es lo que veía el artista al mirar lo que iba a pintar?
En síntesis, veremos cómo las enfermedades oftalmológicas, a través de los defectos visuales que originan, han condicionado determinadas obras e incluso estilos de algunos pintores famosos.

Conscientes o no de sus limitaciones, lo más importante es que los  artistas que se mencionarán, por supuesto, nos han deleitado con su producción.
En primer lugar, citamos, como uno de los casos más paradigmáticos de este tema, al extraordinario postimpresionista Amedeo Modigliani.
¿Nos muestra, el pintor, en sus obras un personalísimo  estilo?, ¿o estamos ante un astígmata  que refleja en sus pinturas el efecto en el alargamiento de las figuras producidas por la patología?
Aventuramos la segunda hipótesis, a la que se agrega, en su caso, cómo determinados fármacos o drogas pueden alterar, disminuyendo o  potenciando, la visión del color.

Doménikos Theotokópoulos -El Greco-, es otro artista que padeció astigmatismo y lo reflejó claramente en sus obras. Por ejemplo, en Cristo en La Cruz y en los evangelistas San Juan y San Francisco.

El genio Degas, célebre por sus pinturas de  bailarinas, sufrió una degeneración progresiva de su retina macular, que lo incapacitó hasta el final de sus días. Las primeras manifestaciones de esta enfermedad son: la visión borrosa y la metamorfopsia -distorsión perceptiva consistente en las alteraciones de la percepción de la forma de los objetos-, las cuales son consecuencia de una visión central deteriorada de manera crónica. Debido a que el maestro sí era capaz de caminar por las calles de su natal París, se asume que el defecto retiniano no se encontraba en la retina periférica. Existen referencias de la "falta de firmeza de la vista" que, a mediados de 1880, afectó a Degas. En este tiempo, aún era capaz de leer el periódico. Para estos años (1890-1900), enfocó las pinceladas en los detalles de sus bailarinas y en las toallas en sus torsos desnudos. Con el deterioro progresivo de su visión, estos detalles fueron cada vez menos cuidados, siendo evidente una modificación en la disminución para definir los contornos, las características particulares de los elementos que participaban en las obras, así como una franca modificación de la apreciación colorimétrica del ambiente.
El abandono de la técnica del óleo por el pastel, más diversos estudios que muestran el aumento del espaciado de sus líneas caligráficas, es proporcional al incremento de su deterioro visual por tres décadas. Después de 1900, estos efectos estaban realmente al extremo, y muchos cuadros parecen no más que sombras de su estilo de costumbre. Los cuerpos que pintaba tenían líneas irregulares, las imágenes se estropearon por extrañas y difusas manchas de color y desaparecieron los detalles de las caras o el vestido. La declinación de la vista de Degas hace que torne más imprecisos los detalles y más potente el cromatismo. Degas no gozó de gran reputación entre sus contemporáneos, y su auténtica dimensión artística no habría de valorarse hasta después de su muerte, acaecida, en París, a los ochenta y tres años, casi inválido y al borde de la ceguera, el 27 de septiembre de 1917.

Es llamativo el efecto que las cataratas y el resultado de su cirugía tienen en las obras de los pintores. Las cataratas, además de tornar borrosas las imágenes, no permiten que los azules alcancen la retina, por lo que ven todo en un tono amarillento. Después de la cirugía se recupera la visión del azul. Resulta chocante ver, cuando la operación  sólo ha tenido lugar en un ojo, cómo alguno de estos maestros ven un mismo paisaje u objeto con el ojo operado y el cataratoso.

De la misma manera, el daltonismo ha condicionado la paleta de algunos artistas. Para explicar qué es el daltonismo, hay que nombrar al químico Jonh Dalton (1766-1844), el primer daltónico registrado. Tras investigar la percepción de colores entre su hermano y él, descubrió que confundía el rojo y el verde, y el rosa y el azul.
El porqué del daltonismo, se debe a un problema en el ojo, y no en el cerebro. En nuestro ojo tenemos unas células receptivas del color, llamadas conos, y otras receptivas de la escala de grises, para cuando estamos a oscuras, llamadas bastones. Existen tres tipos de conos, destinados cada uno a recibir un color determinado, rojo, verde o azul. Gracias a la combinación de éstos, se pueden ver hasta veinte millones de colores. Los daltónicos, en cambio, tienen un fallo genético (que lo pasan las madres a los hijos, mientras que ellas casi nunca lo sufren…) que ciega de un color. Es decir, si hay X millones de conos por cada color, los daltónicos tienen algunos menos de ese color, lo que compensan los otros dos tipos de cono. Dependiendo de la cantidad que falte de un tipo de cono, se pueden dar diferentes casos de daltonismo.
La última y sonada incursión médica por los derroteros del arte, ha llegado hasta Rembrandt, para ver en sus ojos un posible estrabismo. Esta suerte de diagnóstico retrospectivo, se basa en el análisis de sus autorretratos. Los autores de la investigación, constataron que en treinta y cinco de los treinta y seis autorretratos analizados, los ojos no estaban correctamente alineados: en los óleos, mientras el ojo izquierdo mira de frente, el derecho lo hace hacia un lado; en cambio, en los grabados al aguafuerte se aprecia, como cabe esperar en las imágenes invertidas, el efecto contrario.

Los casos mencionados son sólo algunos ejemplos de cómo la condición física del artista condiciona el objeto a pintar. Veremos en el próximo número del suplemento, las patologías presentadas por los retratados.

Anexos:

El Código de Hammurabi, creado en el año 1760 a. C., es de los primeros conjuntos de leyes que se han encontrado, y uno de los ejemplos mejor conservado de este tipo de documento de la antigua Mesopotamia que, en breves términos, se refiere a la conocida frase «ojo por ojo, diente por diente». 
A menudo, se lo señala como el primer ejemplo del concepto jurídico de que algunas leyes son tan fundamentales que ni un rey tiene la capacidad de cambiarlas. Las leyes, escritas en piedra, eran inmutables. Este concepto pervive en la mayoría de los sistemas jurídicos modernos.
Estas leyes, al igual que sucede con casi todos los códigos en la Antigüedad, son consideradas de origen divino.  De hecho, anteriormente, la administración de justicia recaía en los sacerdotes que, a partir de Hammurabi, pierden este poder. Por otra parte, conseguían unificar criterios, evitando la excesiva subjetividad de cada juez.
El Papiro Ebers, escrito en hierático, es uno de los más antiguos tratados médicos conocidos. Consta de 110 páginas conteniendo algunas de las 700 fórmulas magistrales y remedios. Fue redactado, en el antiguo Egipto, cerca del año 1500 antes de nuestra era; está fechado en el año 8º del reinado de Amenhotep I, de la dinastía XVIII.
Descubierto entre los restos de una momia en la tumba de Assasif, en Luxor, por Edwin Smith, en 1862, fue comprado a continuación por el egiptólogo alemán Georg Ebers, al que debe su nombre y su traducción. Se conserva, actualmente, en la biblioteca universitaria de Leipzig.
Es, también, uno de los más largos documentos escritos encontrados proveniente del antiguo Egipto: mide más de veinte metros de longitud y unos treinta centímetros de alto, y contiene 877 apartados que describen numerosas enfermedades en varios campos de la medicina como: oftalmología, ginecología, gastroenterología, y las correspondientes prescripciones, así como un primer esbozo de depresión clínica respecto del campo de la psicología.
La farmacopea egipcia de la época, recurría a más de 700 sustancias, extraídas en su mayor parte del reino vegetal: azafrán, mirra, áloes, hojas de ricino, loto azul, extracto de lirio, jugo de amapola, resina, incienso, cáñamo, etc.
El papiro también incluye varios remedios obtenidos de insectos y arañas. Contiene también un "tratado del corazón", destacando que el corazón es el centro del sistema sanguíneo, con vasos unidos a cada parte del cuerpo. Los egipcios describieron el corazón como el punto de reunión de numerosos vasos que transportaban los distintos fluidos, tales como sangre, lágrimas, orina y  esperma.
Asimismo, tiene un capítulo para los desórdenes mentales, en el que se recogen trastornos tales como la depresión y la demencia.
Contiene capítulos de contracepción, diagnóstico de embarazo, así como otros trastornos ginecológicos, dermatológicos (manchas, eczemas, acné) enfermedades intestinales y parasitarias, urología; así como la observación médica de ambos órganos sexuales; enfermedades oftalmológicas, cutáneas y odontológicas; tratamientos quirúrgicos de los abscesos y tumores, trastornos óseos y de quemaduras, aparte de las recetas mágicas de los sacerdotes de la diosa Sekhmet, como el texto, un tanto extraño, que se refiere a la leche de una madre acabada de dar a luz, para curar las quemaduras.

 

 

 

 

 

 


 

 

 
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  (*) Osvaldo René Pamparana es Bioquímico procedente de la facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata.
Es autor de numerosos artículos, ensayos, cuentos y novelas breves. Por su labor cultural recibió, entre otras distinciones el premio Santa Clara de Asís y fue nombrado Ciudadano ilustre de la ciudad de La Plata.
Se presentarán los capítulos sucesivos de su libro La Medicina y el Arte
 
   
    Correspondencia a:
opamparana@lpsat.com
 
 
 
   
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