La Medicina y el Arte

 
 
La Dermatología.

Por Osvaldo Pamparana (*)

 
 

 

 
 
 

En esta oportunidad, daré comienzo al capítulo que en el libro La Medicina y el Arte se refiere a la dermatología.
La piel es, por su sensibilidad, la parte del cuerpo humano donde más se exteriorizan las manifestaciones de distintas patologías sistémicas. Una de ellas, tal vez la más dramática en el pasado es, como ya hemos visto, la lepra. En este capítulo, consideraremos otras enfermedades, pero previamente recordemos lo que expresara Alfonso Reyes, escritor mexicano contemporáneo (1889 -1959), en referencia a la piel: 

Nada más misterioso que la piel. Es estuche que nos arropa y resguarda. Es tela vibrátil que nos comunica con el exterior. Es superficie, pero expresión de profundidad. Es un aislador permeable. Es sensible y es sufrida, es aguerrida y melindrosa. Imagen del misticismo militante, plumaje indemne entre pantanos, se conserva y se entrega, vive entre tentaciones y las reduce a su dominio. Es virginidad renaciente como en las huríes orientales (Anexo 1). Está en la zona tempestuosa donde chocan las corrientes del yo y del no yo, y es al mismo tiempo accesible y resistente”.

Por su parte, Carmen Ramírez, actual artista plástica mendocina, al ser consultada por la expresión de la piel en el Arte escribió:

Hablamos de ese extenso manto orgánico que nos recubre de alguna manera, sometido a leyes físicas y genéticas, sin apellido, que no avala otra cosa que la categoría del ser humano o sólo ser.
Esa piel, manto o delicado aliento de gasa doliente que nos recubre y descubre desde el principio y hasta cuando ya no somos. Hablamos de esa envoltura que se formaliza perfecta o imperfecta en el vano exterior, pero también de coraza, protección y dureza, pieles que rechazan, aceptan, que tienen ojos o ciegas, pieles con lengua y grito, mudas, indiferentes, transformistas, secas o muertas. Pieles simbólicas, que hemos heredado por maldición o bendición. Pieles viscerales que las dotamos de atribuciones especiales y eternas, pero que finalmente se determinan como humanas. Son ellas que envuelven en un hatillo nuestra sangre, carne, venas, músculos y nervios; esa masa rojiza que, en un manojo parecido al hombre, nos contiene y nos viste de gala, de la única gala que nos determina y nos es dada, imagen de espejo, con pensamiento, ciencia y creencia precaria necesaria, que nos acompaña como única realidad desde y hasta, una y otra nos lleva de la mano infantil, adolescente y la última que a disgusto miramos y sin duda ya cansados le sonreímos. Todo tiene sentido en ese trascender, en términos menos pretenciosos vida, todo, nada.

Otra patología que deja marcas bien características en la piel, es la  rinofima.  Doménico Bigordi o Doménico Curradi, que nació y murió en Florencia (1449-1494), más conocido por el apodo de Ghirlandaio, fue un pintor del Renacimiento italiano. Autor de numerosas obras, rescatamos, para nuestros propósitos, la pintura El Viejo y el niño” o  Retrato de un viejo (el Conde Sasseti) con un niño. Resulta curioso ver cómo la figura infantil, el nieto del Conde, imprime al cuadro un cierto aire de ternura que disminuye el aspecto desagradable del conjunto plástico creado por el pintor florentino.

La rinofima, del griego phymas = excrescencia, es una hipertrofia  glandulosebácea de la nariz que si bien no reviste gravedad, es bastante penosa para el paciente por el aspecto llamativo que da el aumento de volumen, deformación y color violáceo, surcada de venosidades. El término se utiliza, precedido por una designación topográfica, para categorizar a las variantes clínicas de la rosácea (gnatophyma, cuando asienta en el mentón, metophyma en la frente, otophyma en las orejas). Esta dermatosis ha sido representada, en otras ocasiones, junto a un vaso de vino, siguiendo la creencia, desechada en la actualidad, de la influencia de las bebidas alcohólicas en su génesis.

Otro caso de rinofima es el debido al eximio retratista Hans Holbein el joven en su obra Retrato de Anciano. Como se puede observar, una de las características más notables de Holbein, es la captación de los sentimientos de sus retratados. Aquí, los ojos del personaje expresan una cierta melancolía y traslucen un alma bondadosa, pero reservada y temerosa de poner en descubierto su vida interior.
Estas dos obras plásticas son de una extraordinaria veracidad en el detalle de una afección médica y constituyen, entonces, un documento pictórico para la historia de las mismas.

ANEXO

1 En el Islam, una hurí es una de las jóvenes perpetuamente vírgenes que esperan a los creyentes en el Jana* el día del Yaum al-Qiyamah. Estas doncellas, que tienen el don de la eterna juventud, y están dotadas de toda suerte de encantos, simbolizan, para algunos musulmanes, la eterna bienaventuranza.

* La Jana es el paraíso islámico. La palabra árabe Janah significa simplemente jardín, y, según la etimología islámica, las almas residirán allí desde la resurrección que ocurrirá tras el Yaum al-Qiyamah (juicio final). Los musulmanes creen que el tratamiento que cada uno recibirá estará de acuerdo a sus hechos en la vida terrenal, por lo que el Janah equivale al concepto cristiano del Paraíso. Según la creencia musulmana, todo lo que uno puede desear se encontrará allí.
El Janah está descrito en el Corán: consta de siete niveles y el más alto es el séptimo: el Edén, donde morarán los profetas, los mártires y la gente más veraz y piadosa. En contraste con Jannah, las palabras Jahanam y Nār se utilizan para referirse al infierno.

 


 

 

 
 
 

(*) Osvaldo René Pamparana es Bioquímico procedente de la facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata. Es autor de numerosos artículos, ensayos, cuentos y novelas breves. Por su labor cultural recibió, entre otras distinciones el premio Santa Clara de Asís y fue nombrado Ciudadano ilustre de la ciudad de La Plata. Se presentarán los capítulos sucesivos de su libro La Medicina y el Arte Correspondencia a: opamparana@lpsat.com

 
 
 
   
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