Los diálogos imaginarios de Oscar Bottasso

 
 
Fantasías con el Cello

Por Oscar Bottasso (*)

 
 

 

 
 
 

FANTASÍAS CON EL CELLO
Historias ligadas por la incomprensión

–¡Acabamos de degustar una copa de virtuosismo como pocas, señor Cello!
–Ciertamente, desde el escenario uno percibía la euforia del público, no sólo por la calidad de la ejecución instrumental sino por las cualidades de la soprano.
–Adhiero, pero esa alegría también era perceptible en ustedes, y por eso decidí acercarme. Creo que la audiencia ya venía con el preconcepto de una noche realmente magnificiente.
–¡Desde el mismo arranque!; el Ombra mai fùcon que da inicio Xerxes es una de las piezas operísticas más bellas que escribió Händel, y da pie para que el artista se destaque. Habrá observado que, sobre el final, los instrumentos prácticamente se iban acallando, y el aria concluyó a capella.
–Perfectamente logrado; convengamos que la función estuvo a la altura de las circunstancias.
–Coincido plenamente… Para usted, gran adicto a revolver el trasto de datos históricos, le cuento que Xerxes se estrenó en abril de 1738, en el Haymarket Theater de Londres, y se sabe que el músico andaba con algunas nanas por aquel tiempo.
–Conozco algo al respecto. Un año antes del estreno había experimentado una parálisis de la mano derecha que lo volvió a afectar en 1743.
–¿A qué se debió?
–Se dijeron varias cosas, cuadro vascular, neuropatía periférica e incluso saturnismo.
–¿Y eso?
-Intoxicación por plomo: el oporto, al que el músico era muy afecto, contenía importantes cantidades de esa sustancia. Pero el hecho más triste, en la vida del músico, fue la pérdida de la visión a raíz de cataratas.
–¡Al igual que Bach!
–Sí, aunque a Händel se le efectuaron tres intervenciones, la primera, en 1751, la segunda, en 1752, ambas sin éxito. En 1758, fue atendido por Taylor…
–¿El mismo que había tratado al maestro de Leipzig?
–Así es, y tras ello vino el reino de la oscuridad plena. Falleció el Sábado Santo de 1759 y fue sepultado en la Abadía de Westminster como prueba del reconocimiento de la sociedad inglesa hacia su persona.
–Pero, también supo de muchos tragos amargos. Esta ópera, por ejemplo, no fue muy bien recibida en su momento.
–No tenía ese dato.
–Tuvo que ser retirada tras cinco representaciones.
–¡Un fiasco total!
–Desafortunadamente. Su rescate recién se produjo en los años 1980 y, de a poco, Xerxes ha ido escalando posiciones para formar parte del repertorio tradicional.
–Sin llegar a ser la regla, bien podría decirse que hechos como éste, no son la excepción.
–Por supuesto, la música es una senda empedrada de historias paradójicas.
–¿Como cuáles?
–La lista es bien larga, en este momento se me ocurre el caso de la sinfonía Patética de Tchaikovsky, la cual no fue entendida en todo su significado en sus inicios.
–Toscanini se refería a ella como “música decente”.
–Y estaba en lo cierto, digna de integrar el círculo más selecto de las piezas sinfónicas. El último movimiento es un “adagio lamentoso” al final del cual los violines, violonchelos y contrabajos, ejecutan un decrescendo como si fueran a simbolizar el cese del latido del corazón o la respiración.
–¡Un capo lavorode aquéllos!
–Desde mi punto de vista, una joya musical a todas luces.
–¿Por qué lo de patética?
–La existencia del músico estuvo en sintonía con esa calificación.
–¿Tan así?
–La obra fue compuesta durante sus últimos meses de vida. En 1893, había recibido el título de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Cambridge y, hacia fines de octubre, viajó a San Petersburgo para dirigir la primera ejecución de la sexta sinfonía, precisamente el día 28. Como le señalara, la misma no suscitó demasiado entusiasmo en el público.
–Algunos sostienen que constituyó una suerte de réquiem personal.
–A juzgar por los acontecimientos que se produjeron muy poco después, podría decirse que sí.
–Si mal no recuerdo, ¿el músico falleció ese mismo año?
–Precisamente, nueve días después de su estreno, el 6 de noviembre. Según lo que se comentó en los corrillos musicales, había comenzado a sentirse mal el 2 de noviembre: con dolor abdominal, vómitos y diarrea. La coincidencia entre una composición tan dramática y esa muerte inesperada, fue caldo de cultivo para una serie de especulaciones acerca de su suicidio.
–Desde el lado de la Medicina se cuenta que la muerte fue debida al cólera…
–Digamos que la explicación oficial fue ésa, pero, también, se sostuvieron otras hipótesis. Como comprenderá, mis conocimientos sobre ese mal, son más que fragmentarios.
–Es una enfermedad venida del Asia, denominada la muerte azul, la cual invadió Europa alrededor de 1830, causando terror en la población, miles de muertos y revueltas políticas. La muerte se produce por deshidratación y está causada por una bacteria, la cual puede sobrevivir durante mucho tiempo en el agua. La ingesta de agua contaminada es la vía de transmisión más frecuente.
–Haciendo memoria, la versión sostenía que la enfermedad había sido contraída tras beber agua en el restaurante Lejnerde San Petersburgo. A diferencia de su madre, también muerta de cólera 39 años antes, el padecimiento duró muy pocos días.
–Acaba de decir que no todos adherían a esta explicación.
–Puedo referirle algunos datos que llegaron hasta mí. Según las versiones que circulaban por aquellos años, no existía un brote epidémico de la enfermedad en San Petersburgo.
–Aun así no se la puede excluir.
–Quizás le sirva como dato adicional que la casa no quedó en cuarentena y el cuerpo fue expuesto sin reticencias.
–Eso sí le resta valía a la presunción del cólera.
–Las noticias de la prensa eran también contradictorias: se hablaba de tifus o cólera de evolución muy rápida. Otros apuntaban a un envenenamiento por arsénico.
–Si uno se atiene al cuadro clínico, la intoxicación arsenical podría presentarse de esa manera. Pero ¿por qué un suicidio?
–La salud psíquica del maestro era muy endeble.
–¡El desconocedor ahora soy yo!
–Si bien su inclinación y dotes musicales fueron visibles desde muy pequeño, para los diez años, Tchaikovsky ya comienza a experimentar inestabilidad emocional e insomnio.
–Apenas un niño…
–Tenía una personalidad muy introvertida y su mayor preocupación era la música, la que experimentaba en soledad. Lentamente, se fue instalando un tipo de fobia social, con períodos de depresión y somatizaciones de todo tipo.
–Voy entendiendo.
–Sentía una gran admiración por su madre Alexandra y su deceso, en 1852, lo sumió en una suerte de colapso.
–Muy joven aun para ese trance.
–Contaba con doce años y, según afirmaciones efectuadas con posterioridad, de no haber sido por la música habría perdido la cordura tras esa tragedia.
–El arte, siempre el arte.
–Este hecho, sumado a su homosexualidad, dio lugar a variadas interpretaciones desde el psicoanálisis.
–Puedo imaginármelo, pero también es sabido que contrajo matrimonio…
–Ciertamente, estuvo casado con Antonina Ivanovna Miliyukova, aunque la unión duró sólo tres meses y no habría llegado a consumarse.
–Quizás su homosexualidad le resultó intolerable y decidió poner fin a todo.
–En realidad, parece ser que dentro del drama subyacía una historia más truculenta.
–Tchaikovsky había sido alumno en la Escuela de Leyes de Moscú, y los compañeros de  estudios, que hiciera por aquellos años, estaban en conocimiento de una relación que mantenía con el sobrino del conde Stenbok-Fermor.
–¿Y con eso?
–-Al enterarse el conde, amenazó con revelar el tema al Zar Alejandro III y así provocar un escándalo.
–Suena ridículo.
–Sí pero hay que situarse en tiempo y espacio.
–Una suerte de pulcritud epidérmica, probablemente.
-Ha dado en la tecla. Incluso en aquellos años existía una ley por la cual los homosexuales debían exiliarse en Siberia.
–¡Qué pasión por el destierro siberiano la de esas latitudes!
–Como parte de una doble moralidad, en realidad, se hacía la vista gorda, ya que algunos familiares de la familia imperial, también, tenían inclinaciones homosexuales.
–Digamos que convenía desaparecer por un tiempo hasta que se disiparan los nubarrones.
–Exactamente.
Déjà vu.
–Lo lamentable del caso es que el asunto había caído en manos de Nicolai Jacobi, otrora compañero de estudios de Tchaikovsky. El susodicho lo inculpó, rigurosamente, no sólo por deshonrarse a sí mismo sino también a los demás compañeros del colegio.
–¡Como si Tchaikovsky ya de por sí no acarreara sentimientos culpógenos!
–Usted lo ha dicho.
–¿Y cómo prosiguió la historia?
–Temerosos por ellos mismos y por las consecuencias de ese escándalo, se dice que se conformó un “tribunal de honor”, en la casa de Nicolai.
–Una banda de alienados, desde mi punto de vista.
–Según los rumores, la sentencia (a fin de que la carta acusatoria no llegara a destino), fue el suicidio.
–¿Y el veneno, se lo propiciaron ellos?
–Al parecer.
–De haber sido realmente así, la pregunta que uno se formula es: ¿cómo fue posible que el maestro aceptara una decisión surgida de un puñado de insanos, ceñidos a estereotipos que hacían aguas por todos lados?
–Imposible saberlo; quizás, haya sido un arrebato dentro de su estado de desesperación.
–Más allá de los escrúpulos, vaya uno a saber qué tan amigos eran sus compañeros de la Escuela de Leyes.
–¿Le parece?
–No todos los que se acercan con sonrisas, abrazos y palmadas, lo hacen porque se sienten totalmente gustosos de hacerlo.
–¿Se refiere a otras razones?
–Conviene tenerlo presente a la hora de analizar la situación. Pensemos que ser incluido en la lista de los amigos personales de Tchaikovsky bien podría haber sido como una suerte de dulce agriado.
–¡Vino enredado hoy!
–Tanto reconocimiento, no sólo de los melómanos sino de instituciones de alto prestigio académico, debe de haber movilizado en sus compañeros una de las lacras más lamentables del hombre: la envidia.
–¡Cuántos vericuetos los del alma humana!
–Sentirse fastidiado por los logros de otra persona, es algo muy frecuente entre los mortales.
–¿Y eso puede tener alguna secuela?
–Lamentablemente, dicho malestar suele promover acciones destructoras sobre la integridad de la persona envidiada, mucho mejor si existen zonas de vulnerabilidad por donde entrarle.
–Entiendo: Tchaikovsky exhibía un costado muy frágil, y los infames se disfrazaron de temerosos.
–Cuánto mejor sería que hubiese muerto de cólera…
–Ya lo creo, sin embargo, en los años 20 del siglo pasado, el Dr. Bertenson, quien lo asistió en sus últimos momentos, sostuvo que el músico se había suicidado.
–Quizás el silencio le haya pesado en su conciencia.
–-Probablemente. El Dr. Sanders, quien también integraba ese grupo de médicos, poco después, confirmó dicha versión.
–Bastante después de que los protagonistas desaparecieran de la escena, como en los magnicidios…
–¿Puedo preguntarle algo surgido tras su elucubración?
–Por supuesto
–¿Qué placer hallan las personas en dañarse unas a otras?
–Es algo bastante complejo como para sintetizarlo en una respuesta. Lo que sí resulta cierto, y para nuestro pesar, es que se trata de un hecho casi inseparable de la condición humana. A modo de reflejo homeostático, a lo largo de la historia, la humanidad atestigua una gran variedad de actos “civilizadores” y recomendaciones ético-morales tendientes a sosegar esa bestialidad que habita en nuestro interior. El arte, en sus diversas formas, también es un elemento de contención mucho más acabado.
–¡Muchas gracias por la parte que me corresponde!
Pero discúlpeme por estar un tanto preguntón esta noche, ¿hay esperanzas para la criatura humana?
Heri, hodie et semper. Constantemente, el hombre busca superarse, y es muy probable que la dimensión ética haya surgido en el mismo momento en que se pudo percibir “al otro”.
–Voy entendiendo.
–A medida que fuimos ganando madurez, esa “ética natural” fue capaz de reunirse con una ética de la fe y así reconocer una suerte de “principios originarios”grabados en nuestro ser a modo de resguardo colectivo.
A nivel individual el hombre posee una fuerte impronta de egoísmo, pero, desde lo tribal, la especie no habría sido tan exitosa de no contar con este tipo de salvaguarda.
–Avances y retrocesos.
–Ciertamente, aunque la suma algebraica sigue resultando positiva. Creo que podría aplicarse lo planteado por el filósofo italiano Gramsci: el pesimismo es un asunto del razonamiento, el optimismo de la voluntad.
Por otro lado, aun cuando seamos capaces de cometer actos deleznables, tales hechos no llegan a constituir la regla. La mayor parte del tiempo, el hombre es un ser eminentemente social. Así las cosas, necesita (y a veces hasta mendiga) la aprobación, el amor, el respeto y la comprensión del otro.
–Y se lo procura de diversas formas.
–Superarse y mejorarse, yo diría que es la más legítima.
Pensemos por un momento en Tchaikovsky, quien, en medio de tanto dolor, llegó a concebir una obra excelsa.
–Pero no todos oscilan en esa frecuencia
–Acepto que se trataba de una persona de una sensibilidad extrema, pero la argamasa de la cual estamos constituidos, es similar.
–Déjeme recordarlo como más lo siento. ¿Sabía Ud. que la sola mención de Mozart, a quien admiraba en demasía, empapaba sus ojos de lágrimas?
–No me sorprende, puesto que los artistas de su talla están dotados con una capacidad de percepción distintiva.
–¿Comprende usted la real dimensión de Tchaikovsky?
–No soy músico, pero si recapacita sobre lo que hemos hablado, coincidirá en que ese comentario está de más. Prosiga, que lo perdono, y además me interesa.
–Según los relatos surgidos de sus conversaciones con colegas y amigos, el proceso de creación musical lo sumía en un estado de exaltación.
–¿Tan así?
–Sus experiencias señalan que, por momentos, dejaba de percibir sus extremidades, o bien le aparecían temblores generalizados, hasta quedar totalmente agotado.
–Muy cerca del colapso, diría yo.
–Asimismo, confesó haber tenido alucinaciones.
–En definitiva, era un alma extremadamente atormentada que la música llegó a apaciguar en parte.
–Es posible, pero, adhiriendo a su teoría, ese fuego abrasador también propulsó una fuerza creativa que lo llevó a escribir páginas de una belleza superlativa.
–Nos estamos entendiendo y a tiempo, puesto que empiezan a apagarse las luces.
–Uy, con lo atrapante del diálogo, no advertí que el teatro ha quedado completamente vacío.
–Tampoco yo me percaté, pero a no desesperar: seguramente proseguirán los encuentros.
–Por momentos consigue sacarme de las cajas, pero debo admitir que estaba extrañando sus preguntas inquisidoras.
–¡Cuidado con desencajarse, lo necesitamos bien sonoro y memorioso de tantas historias cautivantes!
–Felizmente, algunas son menos dolorosas.
-Qué buen aliciente para volver.
-¡Siempre a su disposición!
-¡Le tomo la palabra!
-A bientôt.

 


 

 

 
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(*) Oscar Bottasso es Investigador Principal Consejo de Investigaciones de la UNR, Investigador Principal de CONICET (Carrera del Inv. Clínico), Profesor Asociado del Área Instrumental Metodología de la Investigación Científica de la Carrera de Medicina y Director del Instituto de Inmunología Facultad de Ciencias Médicas, Universidad Nacional de Rosario.

 
 
 
   
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